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lunes, 2 de febrero de 2026

La justicia social y el dogma de Montaigne


Por: Erick Yonatan Flores Serrano*

Instituto Amagi - Huánuco


Hace ya algunas semanas, el señor López-Chau, candidato a la presidencia por el partido político Ahora Nación, de una tendencia contraria a la que nos ha dado años de estabilidad económica, ha manifestado su intención de disponer de los fondos que el Banco Central de Reserva custodia, gracias al desempeño excepcional de Julio Velarde al mando del directorio de esa entidad. A la par de López-Chau, el resto de candidatos de izquierda que también buscan fama como Ronald Atencio, Roberto Sánchez o Vladimir Cerrón, también ven con bastante apetito la posibilidad de meter las uñas en las reservas del país.

Si la tendencia que se viene dando termina por confirmarse, no deberíamos de preocuparnos porque ninguno de estos peligros para la vida económica, política y social del país, tiene opciones reales de pasar a segunda vuelta. Sin embargo, lo que nunca debemos de olvidar, es la naturaleza de este tipo de ideas porque durante muchísimo tiempo, tanto aquí como en todas partes en el mundo, la izquierda es la que se ha encargado de vendernos el cuento de que la riqueza es una especie de torta que hay que repartir entre todos para que nadie pase necesidad, esta es la famosa idea de la justicia social.

Esta idea suele tener popularidad porque apela a la moral, a los sentimientos. ¿Quién podría oponerse a que coman los pobres? Pero como en todo cuento, la realidad termina siendo muy diferente. A través de la retórica de la justicia social, lo único que se ha conseguido es multiplicar el número de pobres en cada nación donde se ha tratado de implementar. En Argentina, por ejemplo, el kirchnerismo gobernó 12 años bajo este credo y consiguió crear 5 millones de nuevos pobres. Y aquí no estamos hablando sólo de una política que no funciona, sino que tiene el mismo efecto de un medicamento adulterado porque termina generando mucho más daño que el que pretende solucionar.

Y como lo correcto cuando se evalúa alguna política pública, es juzgarla según sus resultados y no en base a sus intenciones, hay que decir que la única que ha mejorado ostentosamente su calidad de vida, ha sido la izquierda dirigente que ha pasado de tener una vida bastante normal a convertirse en los nuevos millonarios de la región. Las fortunas de las familias de Hugo Chavez, Nicolás Maduro, Evo Morales, Rafael Correa y de Fidel y Raúl Castro, demuestran que todo ese relato que se basaba en lo inmoral que era ser rico en medio de una sociedad pobre, no era más que hipocresía y falsa pose. Esa desconexión entre lo que se dice y lo que se hace, entre lo que se pretende y lo que se consigue, está presente en todos los líderes de izquierda. Por aquí tenemos a cierta candidata que postula a diputada por la alianza política Venceremos, que mientras le habla de redistribución, impuestos a los ricos y justicia social a sus votantes que no pueden comer tres veces al día, vacaciona en Miami todos los años, tiene departamento de lujo y promueve la revolución desde un iPhone.

Incluso en el supuesto negado de que la justicia social haya tenido esos resultados debido a la corrupción de sus administradores, tenemos también una imposibilidad teórica si queremos analizarla desde la academia. Darle a cada quien según su necesidad es imposible porque las necesidades son infinitas, peor todavía si trasladamos esa visión pobre de Marx a estos tiempos donde el positivismo legal nos plantea que cualquier deseo de la especie humana, puede ser un derecho que luego se le puede reclamar al Estado.

Y esta es la naturaleza de la propuesta que las izquierdas hoy nos quieren vender como solución a los múltiples problemas que tenemos en el Perú. A la luz de los hechos, lo que verdaderamente debemos entender sobre la justicia social, es que ni es justicia porque nada de justo hay en quitarle cien monedas a Pablo para darle diez a Pedro, ni es social porque es la inmensa mayoría la que termina pagando las gollerías de la clase dirigente. El famoso Dogma de Montaigne que falazmente se aplicó al comercio, tiene muchísimo sentido en el mercado político, donde vemos que toda la riqueza de la dirigencia de izquierda, sí está construida sobre un saco de pobres.

*Sociólogo sobreviviente a la sociología tradicional. Conservador entre libertarios y libertario entre conservadores. Políticamente incorrecto y de derecha mientras no haya mejor opción, jamás de izquierda




miércoles, 7 de enero de 2026

¿El petróleo de la discordia?

 


Erick Yonatan Flores Serrano*

Instituto Amagi - Huánuco


A través de una intervención militarmente impecable, el gobierno de Donald Trump ha conseguido aquello que se veía venir desde el año pasado. La captura del sátrapa Nicolás Maduro no sólo representa ese gran primer paso hacia la reconstrucción de una Venezuela destruida por el socialismo, sino que es un hecho trascendental en términos de política internacional porque la hegemonía de la que la izquierda ha gozado durante el último tiempo, parece tener un destino inexorable. Si a esto le sumamos el aplastante triunfo de Kast en Chile y el creciente apoyo que las derechas están teniendo en el resto de países de América Latina, no es muy difícil anticipar que el saqueo de la izquierda puede tener los días contados.

Al margen de las diversas reacciones que este hecho ha tenido, reacciones vergonzosas de figuras de relevancia internacional como Claudia Sheinbaum o Gustavo Petro, presidentes de México y Colombia respectivamente; ni mencionar a Miguel Diaz-Canel, actual representante de Cuba, la dictadura más longeva de América Latina; es imperativo no perder de vista algunos detalles importantes para entender la dinámica política que antecede a este hecho y el futuro no sólo de Venezuela sino del mundo.

La “indignación” de todos los líderes, académicos y demás personajes políticos de izquierda, se centra aspectos que ellos critican desde el manual. Acusan de acciones imperialistas al gobierno de los Estados Unidos cuando son ardorosos defensores de la Unión Soviética, quien heredó las prácticas imperialistas de la Rusia zarista y se convirtió en un verdadero imperio del que ya conocemos sus resultados. Dicen también, con “profundo” pesar, que la intervención de los Estados Unidos no tiene nada que ver con una preocupación por la vida y la libertad de los millones de venezolanos víctimas de la narco-dictadura socialista de Maduro y su pandilla, sino que realmente están detrás de su petróleo; termina siendo gracioso porque seguramente Rusia, China, Cuba y el resto de sus aliados, estuvieran ahí por las arepas o por las playas.

Claro que hay intereses geopolíticos de por medio, no hace falta ser un estudioso en la materia para comprender que ninguna intervención es gratuita. ¿El petróleo es importante en medio de este relato?, pues sí pero no por las razones que exponen las izquierdas de todos los colores. Estados Unidos, a día de hoy y en términos energéticos, es autosuficiente, encabeza el ranking de productores de petróleo y además exporta; mientras que las reservas más grandes del mundo están en Venezuela, pero paradójicamente se encuentra en el puesto 21 de esta lista. Pero qué pasa con países como Cuba y China, por poner ejemplos ilustrativos. No es una casualidad el “apoyo” de esos gobiernos. No debemos olvidar que la clase política que gobierna en Cuba está financiada por el petróleo venezolano y ahora veremos si son capaces de sobrevivir por sí solos; por otro lado, la deuda que Venezuela tiene con Pekín es la más grande de América Latina y desde que Venezuela ya no pudo cumplir con el acuerdo comercial en 2017, esta deuda viene creciendo al extremo de ser impagable a día de hoy.

Intereses existen en ambos lados, pero conociendo estos detalles, es normal que los líderes de izquierda que siempre han dependido del petróleo venezolano, estén tan nerviosos porque la captura de Maduro no sólo representa un problema económico, sino que las implicancias pueden ser mucho más graves todavía. Lo más probable es que Maduro quiera negociar su pellejo y con esto veremos cosas interesantes sobre Irán, Rusia, etc., y esto es lo que está en juego en términos de política internacional.

Seguramente la captura de Maduro no baste y tampoco se ajuste al proceso ideal que muchos quisiéramos, pero es lo que hay, lo que corresponde ahora es ver cuáles serán las siguientes acciones del gobierno de Trump porque si es coherente con lo que ha manifestado antes, el objetivo de garantizar la transición de poder lo antes posible sólo significa que Diosdado Cabello y Vladimir Padrino, son los próximos objetivos. Ahora bien, ¿la transición de poder a la oposición venezolana significa que su pueblo vivirá bien?, ¿podrán retornar a su país los miles y miles de venezolanos que huyeron del socialismo del siglo XXI?, lo más probable es que tome todavía un tiempo para que se acentúen cambios; no olvidemos que el problema de Venezuela no sólo ha sido Maduro y el séquito de parásitos con el que gobernaba, sino que lo era (y es) el socialismo y ese el cambio que esperamos.

*Sociólogo sobreviviente a la sociología tradicional. Conservador entre libertarios y libertario entre conservadores. Políticamente incorrecto y de derecha mientras no haya mejor opción, jamás de izquierda.


martes, 13 de octubre de 2020

El neocomunismo del siglo XXI

 


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Tal parece que la advertencia de Marx “un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, no solo no ha pedido vigencia luego de 170 años, sino que se ha extendido a Latinoamérica e incluso a los EEUU, donde la izquierda amenaza con tomar el poder, luego de haberse tomado ya las calles, en feroces y salvajes acciones de vandalismo y terrorismo urbano que van desde Seatle en los EEUU hasta Valdivia en Chile. Pero claro que ya no se trata del comunismo original promovido por Marx, sino de una versión intelectualmente más pobre pero de un accionar tan radical y letal como su versión primigenia.

Los promotores del comunismo se han extendido en el ambiente académico. Ya no profetizan la rebelión de las clases oprimidas para tomar el poder e imponer la dictadura del proletariado. Esa profecía fallida de Marx ya no vende en estos tiempos. Las “clases oprimidas” nunca les hicieron caso y jamás estuvieron más oprimidas que bajo el yugo del comunismo. Hoy los intelectuales de izquierda prefieren la versión del apocalipsis climático “a causa del capitalismo salvaje”, y ven como toda salvación el cambio del modelo económico. Se impone la tesis de un Nuevo Orden Mundial, defendida no solo por intelectuales de izquierda sino también por la burocracia internacional desde la ONU y sus agencias. Y como si eso fuera poco, también debemos incluir al Vaticano en su moderna versión progresista bajo el papado de Francisco. 

Las posturas del establishment y de la izquierda intelectual, apuntan ahora a desestabilizar y destruir el sistema capitalista mediante el repudio general hacia los valores socioculturales que le dieron sustento, tales como el cristianismo, la colonización civilizadora del Nuevo Mundo, los principios jurídicos que encendieron la chispa de la libertad y la tolerancia para formar una nación pujante, donde el progreso definió su curso histórico a pesar de los problemas sociales que siempre conviven con la especie humana. El activismo de esta izquierda ambientalista y snob se ha extendido como una epidemia cultural que atrae a los más connotados personajes del progresismo mundial, desde artistas de Hollywood hasta movimientos políticos que solo tienen el ambientalismo como bandera, y pasa por promover actos tan ridículos como cursis, desde la llamada “Hora del Planeta”, en la que se insta a apagar las luces, hasta los plantones de la adolescente sueca Greta Thunberg, convertida por los medios y las oenegés en heroína por su “lucha” contra el tenebroso “cambio climático”.

La prueba de que el ambientalismo es solo una fachada del comunismo mundial para combatir el capitalismo es que su principal exigencia es el cambio hacia un “nuevo modelo económico”, además de que las críticas del ambientalismo se centran en la actividad industrial, utilizando esto como fundamento para detener las actividades extractivas (mineras y petroleras) y dejar sin energía y materias primas a la industria. Esta actitud del ambientalismo actual es muy radical y extremista. Claramente están forzando las cosas. El activismo ambientalista se inicia originalmente en los años 60, como genuinos actos de defensa de la flora y fauna amenazada por la caza y pesca indiscriminadas, así como la actividad industrial irresponsable. Desde entonces existe abundante legislación para proteger el medio ambiente, así como organismos especializados en esta tarea. La EPA (Agencia de Protección Ambiental) del gobierno de los EEUU fue creada por Richard Nixon en 1970. Así que los esfuerzos del propio capitalismo en la defensa del medio ambiente preceden con mucho al progresismo socialista disfrazado de ambientalista, que solo busca detener la actividad industrial en seco.

Los gastos multimillonarios hechos por la ONU en el activismo ambiental sobrepasan de lejos la ayuda a los países más pobres en el último medio siglo. La conferencia anual sobre cambio climático que moviliza al mundo entero de país en país para oír tediosas conferencias sobre el apocalipsis climático, no han logrado consensos ni han resuelto nada, pero contribuye a mantener viva la flama del ambientalismo para que pueda ser usada por los ejércitos del progresismo mundial para incendiar la pradera con acciones vandálicas contra los proyectos mineros, petroleros, portuarios y hasta de carreteras, paralizando la inversión y el desarrollo. A ellos se suman los que protestan contra los valores occidentales y usan como pretexto el racismo y el colonialismo, mediante una revisión absurda de la historia.

De manera pues que hoy estamos frente a la segunda ola del comunismo, con una versión que trata de esconder su versión fracasada del siglo pasado. Desde la caída del muro de Berlín y el desplome del comunismo mundial, solo tardaron veinte años en recoger sus ladrillos y crear una versión moderna pero igual de peligrosa y letal. Debemos hacerles frente, pero -sobre todo- desenmascarar sus causas y responder sus falsos argumentos.

jueves, 5 de abril de 2018

Cayó el cabecilla de la izquierda corrupta


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

A Lula se le acabaron los recursos dilatorios. La Corte Suprema del Brasil rechazó su última triquiñuela legal. Ha corrido como rata asustada y ahora está al final del callejón, sin un agujero adónde escapar. Todo indica que pasará sus últimos años no en la gloria de un retiro digno sino en la soledad de una prisión. Pero sobre todo, quedará en la historia como el más grande mafioso de la política que se haya visto jamás.

El final de Lula es la consecuencia lógica de una ideología que antepone todo a su fin supremo que es la conquista del poder. Esa es la ideología que ha marcado a la izquierda continental desde mediados del siglo pasado, cuando, financiada por los comunistas de la URSS y de la China de Mao, se prepararon para asaltar el poder por las armas. Entonces nada les importó, mucho menos la vida de las personas. Cualquier precio era poco para alcanzar el poder. La metodología del terror y la lucha armada no dio resultados pero dejó un reguero de muertos en toda Latinoamérica, incluyendo unos 35 mil muertos en el Perú.

En el nuevo milenio, tras la caída de la URSS y Mao en la China, y el fracaso de las guerrillas en casi toda Latinoamérica, solo quedaron los narcoterroristas de las FARC y el ELN en Colombia sin mucho apoyo, pues Cuba estaba en la ruina tras perder el financiamiento de la URSS. Fue entonces cuando los comunistas de Latinoamérica se agruparon en el famoso Foro de Sao Paulo, donde planificaron su nueva estrategia para seguir en la lucha. Por suerte para ellos, ya Hugo Chávez había logrado ganar la presidencia de Venezuela por la vía electoral. Entonces se dieron cuenta que no hacía falta acudir a las armas cuando la verborrea era suficiente.

Para mayor suerte del comunismo latinoamericano, el precio de los minerales empezó a subir gracias al capitalismo implantado en China, convertida ya en la gran fábrica del mundo. El dinero empezó a fluir a todos los países exportadores de materias primas, y principalmente a Venezuela, cuya riqueza petrolera se multiplicó por diez. Hugo Chávez enloqueció con tanto poder y no tuvo mejor idea que crear su propio imperio socialista. Su mentor Fidel Castro no había podido lograrlo mediante la exportación de guerrillas durante los 60 y 70, sus años más fuertes. Pero Hugo Chávez no usaría guerrillas sino que tenía suficiente dinero para comprar países enteros. Así empezó a comprar políticos, manipular elecciones y colocar títeres en varios países de la región, incluyendo Brasil, donde Lula fue el gran beneficiario. 

Pero a Lula no le parecía bien ser el segundón de Chávez. La economía de Brasil era más fuerte que la de Venezuela, que solo dependía del petróleo y de la empresa estatal PDVSA, ya estatizada por Hugo Chávez para utilizarla como su caja chica. Así que Lula empezó a maquinar su propia estrategia para arrebatarle a Chávez la supremacía del poder continental. Fue una guerra de poder que los llevaría a convertirse en los más grandes corruptos y corruptores de la historia política latinoamericana. Chávez y Lula se arrebataban los países y subastaban las conciencias de los políticos y empresarios.

Tal como Hugo Chávez utilizó a la empresa petrolera PDVSA como su fuente de financiamiento personal, Lula da Silva hizo lo mismo con Petrobras, la empresa estatal petrolera que manejaba los recursos más grandes jamás habidos gracias al alza de los precios. En ambos casos fue la empresa estatal petrolera la caja chica de la corrupción. Es hora de reírnos de los economistas progres que siempre ponían esas empresas como ejemplo de buena gestión estatal. Ya es tiempo de que aprendan la lección: las empresas estatales no funcionan. Solo son antros de corrupción política y de ineficiencia a costa del pueblo. Chávez y Lula se encargaron de darnos esa lección.

La enfermedad de Hugo Chávez permitió a Lula tomar la delantera en la carrera de corrupción. En el Perú esto se pudo observar claramente cuando Ollanta Humala pasó de ser el candidato de Hugo Chávez en el 2006, a ser el candidato de Lula en el 2011. Ollanta Humala nunca pasó de ser un monigote al servicio de la megacorrupción del socialismo continental. Gracias a su gobierno, la corrupción brasilera liderada por Lula se estableció en el Perú legalmente y con gran descaro. Ni siquiera disimulaban la compra de periodistas. El apoyo a la campaña del NO para salvar a la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, fue la cereza del pastel. Perú se convirtió en una provincia de Brasil donde reinaban los operadores de Lula mediante sus empresas OAS, Odebrecht, Camargo y Correa, etc. 

Mientras tanto, en Brasil, Lula aseguraba su poder turnándose con su socia Dilma Rousseff, ex guerrillera setentera y miembro del PT, y ampliando sus redes de corrupción a casi toda la clase política. La serie “El Mecanismo” difundida por Netflix narra con precisión el macabro entramado de corrupción que había tejido el socialismo brasileño durante 10 años de poder. Las 13 empresas más grandes del Brasil se sentaban con Lula y Dilma, como en un gabinete de la corrupción, para distribuirse las megaobras con sus respectivas comisiones. Hasta tenían un reglamento de adjudicaciones rotativas con porcentajes de coimas. Todo muy bien organizado. La podredumbre era tan grande que se sentían a salvo de cualquier sospecha.

El final de Lula deja mal parada a la izquierda que por tanto tiempo se ufanaba de ser la representación de la moral, pese a la mortandad que provocaron, con los cerros de cadáveres y los ríos de sangre que dejaron atrás. Siempre se lavaron las manos tomando distancia de esos hechos. Pero hoy no tienen excusa. Tanto Chávez como Lula son los líderes que todos ellos aplaudieron y sustentaron, con los modelos políticos que pusieron de ejemplo. Todo lo que queda detrás de las aventuras del socialismo del siglo XXI es una legión de políticos mediocres y corruptos pagando cárcel o fugitivos, sin contar con los adefesios que aun sobreviven en el poder de Venezuela y Bolivia.  Esperemos no volver a oír de socialismos por un buen tiempo.

martes, 16 de agosto de 2016

Progresistas de todos los colores


Por Maria Marty

Si nos fijamos en la lista de países con mayor libertad económica, también se verá algunos de los más ricos. A menudo tienen el mayor poder adquisitivo per cápita, mientras que los países más pobres tienen menor libertad económica y de otra índole. Los Estados Unidos y Canadá son los más libres y los más ricos. Venezuela y Cuba son los menos libres y los más pobres. ¿Tiene esto alguna relación? Esta comparación básica entre los países hace que sea obvio ver un vínculo directo entre el respeto de los derechos individuales y el progreso de una nación. 

Pero parece que hay otro tipo de relación entre la pobreza y el colectivismo, en el que los individuos están subordinados a toda clase de colectivos reales y conceptuales: comunas, patria, raza, clase, proletarios, trabajadores, revolucionarios, compatriotas, etc.

Pero la pregunta clave aquí es: si la evidencia económica evidencia claramente la superioridad del capitalismo ¿por qué tantos países insisten en diferentes versiones del socialismo y el colectivismo fracasado? Obviamente, las razones por las cuales una persona prefiere ser (consciente o inconscientemente) un colectivista no son económicas sino filosóficas y, más bien, psicológicas. Revisemos brevemente los tipos de colectivistas.

En primer lugar, existe el colectivista ignorante. Entre ellos se encuentran muchos jóvenes que aman lo que consideran "un ideal". Sólo ven la superficie, sin entender lo que hay detrás de ese discurso. Los jóvenes necesitan sentirse parte de un grupo y por ello les atrae el colectivismo. Están llanos a formar parte de colectivos y de ir a la acción en masa guiados por consignas fáciles. No son capaces de relacionar causa y efecto, lo que no les permite ver, por ejemplo, que lo que provocó la riqueza de los Estados Unidos no se debe a la geografía o al destino o la explotación de los países pobres. Es debido a la Constitución y la Declaración de Derechos, y su estricto respeto, que se asegura a cada uno de los ciudadanos la total libertad para expresarse, producir y negociar. Este tipo de colectivistas puede llegar a superar su condición de tal con información y una buena formación.

Por otro lado, existe el colectivista envidioso que ve al colectivismo como la única solución a sus falencias psicológicas. Su frustración lo lleva a odiar todo lo bueno simplemente por ser bueno, y hasta llega a odiar a quienes disfrutan de riquezas y bienestar social, viéndolos como enemigos. Estos colectivistas frustrados quieren destruir el sistema que consideran "injusto", prefieren la pobreza general, la angustia y la muerte sobre la prosperidad, la riqueza y la felicidad. 

Luego tenemos al colectivista inseguro que no confía en su propia capacidad personal para vivir de forma independiente y prefiere la sensación de algún tipo de seguridad exterior. Internamente cree que su supervivencia depende de la capacidad o el poder de otros y por tanto está dispuesto a apoyar esta clase de proyectos colectivistas y autoritarios, y a obedecer sus órdenes y repetir sus consignas. 

También tenemos al colectivista hipócrita que no se opone a la libertad de mercado durante el proceso de creación de su propia riqueza, pero una vez que ha logrado su bienestar maldice al capitalismo y abraza al colectivismo. Le encanta ser admirado por los jóvenes colectivistas que lo ven como líder y guía. Ama a los productos generados por el capitalismo, pero prefiere a otros para producirlos.

El colectivista fashion es todo discurso y floro. Ha logrado vivir una buena vida, pero ahora todo su discurso contradice los valores que le han permitido progresar. Basta escuchar a los actores de Hollywood y a muchos artistas. Todos ellos son millonarios gracias al sistema capitalista, pero les encanta levantar la bandera del colectivismo socialista siempre que tengan una audiencia de jóvenes inconformes y confusos en busca de líder. 

El más peligroso de todos los colectivistas es el que no sabe que es un colectivista. Fue educado en el altruismo, pero vive de sus hermanos. Se siente culpable por su destino, clase y posición, y cree que otros han adquirido derechos sobre su existencia, ya que él mismo no hizo nada por lo que tiene. Nunca votaría a favor de Castro, Maduro ni Kirchner, pero apoya la intervención del Estado para implantar el bienestar común con impuestos, redistribución de la riqueza y planes sociales, al mismo tiempo que condena la moral y el egoísmo de Messi para ocultar su dinero en un paraíso fiscal.

Todos los colectivistas -consciente o inconscientemente- creen que el fin justifica los medios. Ya que los sacrificios rara vez son voluntarios, terminan justificando el uso de la fuerza como una herramienta para la obtención de las metas superiores que conciben.

Para acabar con el colectivismo, aquellos que no son ni ignorantes ni envidiosos, ni hipócritas, ni inseguros, deben revisar las normas por las que vivimos. Es importante poner al individuo por delante del colectivo, y colocar la razón antes que la fantasía.

martes, 6 de octubre de 2015

¿Por que defender el capitalismo?


Escrito por: Agustin Laje Arrigoni

Defender el capitalismo en un contexto caracterizado por la hegemonía populista no es cosa sencilla. En efecto, si algo han hecho los populismos regionales, además de degenerar el capitalismo competitivo hasta transfigurarlo en “capitalismo de amigos” o, en términos más precisos, en “socialismo del siglo XXI”, eso fue inyectar en la sociedad lo que el economista austriaco Ludwig von Mises llamara “la mentalidad anticapitalista”.

Simplifiquemos un poco los problemas de definición y llamemos “capitalismo” al modo de organizar el grueso de la actividad económica por medio de los privados operando en un mercado libre. La posibilidad de esta coordinación tiene su fundamento en el hecho de que, en una transacción económica, ambas partes, cuando son libres de intercambiar y están debidamente informadas, saldrán beneficiadas, pues de no haber previsto dicho beneficio no hubieran concretado dicha transacción.

Cuando Adam Smith usó la imagen de la “mano invisible” no estaba recurriendo a un argumento de tipo religioso, sino que trataba de describir precisamente la existencia y factibilidad de un orden que no es dirigido por nadie en particular, pero cuyo motor funciona permanentemente en cada intercambio voluntario que cada uno de nosotros realizamos con los otros.

En efecto, ese “monstruo” conocido como “mercado”, del cual populistas y socialistas nos llaman a temer, no es otra cosa que una abstracción de nosotros mismos y nuestras valoraciones; el mercado es simplemente el modo de denominar al momento y el lugar en el que nosotros, las personas de carne y hueso, podemos intercambiar libremente con otros para nuestro propio beneficio, quedando sujeto nuestro éxito en el intercambio a nuestra capacidad de beneficiar a los demás.

La propaganda anticapitalista nos ha hecho perder de vista esto último: el mercado es el conjunto de personas que compiten para cooperar. Y aquéllas lo hacen no porque sean necesariamente altruistas o porque el capitalismo traiga a nuestras tierras el ansiado “hombre nuevo” que variopintos dictadorzuelos totalitarios pretendieron crear a base de sangre y fuego, sino sencillamente porque el sistema basado en la libertad genera los incentivos para que nuestro éxito personal sea una función directamente proporcional a la cantidad de personas que servimos en sus múltiples y crecientes demandas.

De alguna manera, el capitalismo es la entronación de una meritocracia cuya definición de “mérito” no es estática ni está predefinida, sino que depende de lo que el grueso de nuestros semejantes valoren como meritorio en un momento dado, así es que en este demonizado sistema las personas sean impelidas a lograr sus propios objetivos indagando sobre lo que otros necesitan e intentando ofrecérselo. La alternativa a este modo de coordinación social es el uso de la coerción por una autoridad central que digite cómo, cuándo, cuánto, dónde y qué podemos o debemos intercambiar y producir. Un problema epistemológico –descrito con precisión por Friedrich Hayek− acecha a esta forma de coordinación: es imposible adquirir, procesar y manipular la cantidad de información necesaria para lograr eficiencia económica en un orden centralizado, como quedó comprobado, por lo demás, con el colapso del sistema soviético y, más acá en tiempo y espacio, con las penurias del sistema cubano y venezolano.

El extraordinario crecimiento económico que han experimentado los países de Occidente a partir del siglo XVIII (y muchos de los países asiáticos a partir de fines del siglo pasado) no por nada tiene su punto de arranque con la introducción del capitalismo en esas sociedades. Y no en vano, el capitalismo competitivo es hijo del movimiento intelectual que se desarrolló a finales del siglo XVIII y principios del XIX, que bajo el nombre de “liberalismo” –otra etiqueta demonizada hasta el hartazgo por la hegemonía populista− ponía la libertad como totalidad en el centro de los valores sociales, traducido en mercados libres, instituciones republicanas, federalismo político y democracia representativa.

La tragedia del capitalismo es que el hombre moderno ha naturalizado la abundancia que de aquél ha resultado y, por añadidura, ha creído que la riqueza es el estado natural del ser humano y la pobreza mera artificialidad creada por el sistema, cuando la verdad es exactamente la opuesta: el hombre nace pobre, y la evidencia empírica nos muestra que es a partir de la introducción del odioso capitalismo competitivo en el mundo cuando el PIB y la expectativa de vida (por nombrar sólo dos variables) comienzan a crecer de manera imparable en el mundo.

Difícil es imaginarnos que bienes y servicios que hoy están al alcance de todos, gracias a este sistema basado en la competencia para servir a las multitudes, hubieran sido la envidia de los más ricos de antaño. Más difícil todavía es imaginarnos el hecho de que la calidad de vida de los ciudadanos medios, e incluso de los más pobres de las sociedades capitalistas actuales, supera con creces la calidad de vida de reyes y príncipes que concentraron el poder de omnipotentes Estados hace apenas algunos siglos.

El Índice 2015 de Libertad Económica de la Heritage Foundation, que precisamente mide el capitalismo en el mundo (con base en indicadores como “Derechos de propiedad”, “Libertad fiscal”, “Gasto público”, “Libertad empresarial”, “Libertad laboral”, “Libertad monetaria”, “Libertad comercial”, entre otros), llega a una conclusión que debe ser difundida: los países con mayor libertad económica son los que registran mayor crecimiento económico, mayor reducción de la pobreza, mejor atención médica, mejores niveles educativos, mayor desarrollo democrático y mayor protección al medio ambiente.

Los primeros puestos se lo llevan países como Nueva Zelanda, Australia, Suiza, Canadá, Dinamarca, entre otros. Es decir, países en los que ninguno de nosotros padecería vivir. Al contrario, los últimos puestos son para países como Irán, Zimbabue, Venezuela, Cuba y Corea del Norte.

El capitalismo competitivo no es perfecto ni −a diferencia de muchas de las ideologías que se han puesto en sus antípodas− pretende serlo. Pero es, por qué no decirlo, la mejor opción que tenemos para volver a introducir a nuestra sociedad en la senda del desarrollo, el mérito y la libertad.

www.elvisocc.org

lunes, 5 de octubre de 2015

EL IDEAL SOCIALISTA


Escrito por: Axel Kaiser

Ninguna persona sensata podría negar que hay algo en el ideal socialista que apela a parte de los impulsos más nobles que es capaz de exhibir nuestra especie. Incluso, un demoledor de Marx como el filósofo liberal Karl Popper diría que el alemán estaba fundamentalmente preocupado por el bienestar moral y material de la humanidad. Y es que la ideología socialista moderna surge como respuesta a una de las más grandes angustias que pueda experimentar el ser humano: la pobreza material.

La Revolución francesa, la primera revolución socialista de los tiempos modernos, en un principio tuvo por objeto la defensa de los derechos del hombre, pero al poco andar derivó en un esfuerzo desquiciado por asegurar la igualdad material en una Francia en que parte de la población literalmente moría de hambre. Fue esa obsesión por resolver la cuestión social -explicó Hannah Arendt- lo que hizo que la Revolución fracasara en su intento por establecer libertades y degenerara en un cruento régimen del terror, cuestión que ocurrió luego con todas las revoluciones socialistas, sin excepción. Los americanos, en cambio, solo lucharon por preservar sus libertades en cuanto ingleses, y jamás hicieron de la igualdad material un motivo para su rebelión frente a Inglaterra. Por eso, la revolución americana fue un éxito en términos de libertad.

Marx, para gran pesar del mundo, extrajo la conclusión totalmente opuesta de su observación de la revolución francesa. Para él y para todos los socialistas que le siguieron, la libertad no tenía que ver primeramente con limitar el poder del gobernante como pensaban los americanos, sino con eliminar las necesidades materiales. El objetivo revolucionario socialista ha sido así, desde siempre: la liberación del hombre en un sentido material. Riqueza y libertad son para el socialista la misma cosa. En la fase superior de la sociedad comunista -prometió Marx en su Crítica al programa de Gotha- "correrán llenos los manantiales de la riqueza colectiva". De este modo, el marxismo como doctrina revolucionaria prometió no la igualdad a secas, sino la igualdad en la riqueza infinita.

¿Hay alguien que pueda sensiblemente oponerse a ese ideal tan cercano al paraíso? El problema es que toda la teoría económica marxista que explicaba el camino al paraíso estaba simplemente equivocada, al igual que su visión del hombre y de la historia, que no pasaban de ser fantasías. Por lo mismo, el socialismo, como predijeron los liberales, estaba condenado a producir miseria y tiranías. Pero en la fundamental no hay duda de que la discusión entre liberales y socialistas no habría existido ni existiría si la riqueza fuera ilimitada, objetivo compartido por ambos.

Los famosos derechos sociales que exigen los socialistas hoy prometiendo nuevamente el paraíso sobre la Tierra no tendrían sentido en un mundo de recursos infinitos, así como no tiene sentido consagrar un derecho a la cantidad de aire que respiramos. El aire -dejemos a un lado el tema de la calidad- no está sometido al principio de escasez, pero todo lo que se encuentra en el centro del debate actual sí. Y mientras el liberal se pregunta cómo multiplicarlo para todos, el socialista vulgar, como lo llamaría Marx, prefiere la igualdad distributiva nivelando hacia abajo, porque cree injusto que unos tengan más que otros. Esto es algo que Marx no habría aceptado. De hecho, su propuesta se basaba en la premisa de que el capitalismo era un sistema explotador donde unos ganaban lo que otros perdían, y era, por tanto, incapaz de mejorar a todos sostenidamente.

Si Marx hubiera pensado que el capitalismo, como ha ocurrido y reconoce cualquier persona razonable de izquierda, era el sistema que más nos permitiría acercarnos al ideal socialista de la abundancia para todos y hubiera dejado a un lado el odio que, en parte, también lo inspiró, sin duda se habría convertido al liberalismo, sumándose a legiones enteras de socialistas que abrazaron el realismo liberal. Lamentablemente, la mayoría de los socialistas olvidaron el ideal que Marx propuso. En su lugar se dejaron llevar por un igualitarismo primitivo -que el mismo Marx denunció- anclado en la rabia, el resentimiento y las ansias de concentrar el poder en sus manos. 

A ellos no les interesa mejorar la condición de todos, sino igualarlos mediante el control estatal. Por eso creen que es mejor que todos tengan una pensión baja, pero igualitaria, a que todos tengan mejores pensiones desiguales; una educación uniforme mediocre, a una diversa de calidad, etcétera. Los costos en términos humanos -y eso sí lo comparten con Marx, para quien no había crimen lo suficientemente grave si se trataba de construir la utopía- no les importan, pues de lo que se trata es de llevar a cabo una ideología, cualquiera sea el precio a pagar. Realismo sin renuncia no es el lema de estos socialistas. Ellos, en su dogmatismo irresponsable y su afán de poder, traicionan el ideal socialista original, que consistía en liberar al hombre de necesidades materiales y desprecian la lección histórica de que ese ideal, o paradoja, se logra de la mejor manera liberándolo primero de la opresión estatal que le impide crear riqueza.



lunes, 28 de septiembre de 2015

Maratón de pobretología en la ONU


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El ciclo de conferencias en la ONU ha desatado una verdadera competencia retórica en torno a la pobreza. Desde el papa Francisco hasta el presidente Obama, diversos líderes han posado como luchadores sociales instando al mundo a derrotar la pobreza, como si se tratara de algún transformer extraterrestre causando estragos en el planeta. En realidad se trata de una mera pose. Olvidan que la pobreza ha venido reduciéndose dramáticamente en el último siglo. Pero lo más grave es que al parecer ignoran cómo se logró tal hazaña; en consecuencia, lo que proponen es eliminar las condiciones que hicieron posible ese logro haciéndolas responsables por los pobres que aun quedan.

De acuerdo a los informes del Banco mundial, en 1980, en pleno auge del socialismo, poco más de la mitad de la gente en los países subdesarrollados vivía en extrema pobreza. Para el 2010, con el comunismo derrotado, esta cifra se redujo al 20%, pese a que la población aumentó en 60%. Esta tremenda reducción tiene su explicación básicamente en el cambio de giro global tras la caída del comunismo, y el ingreso de China en el concierto de la economía mundial, junto a otros países emergentes que se alinearon en la senda del libre mercado, y en particular los llamados "tigres del Asia".

Según el informe del BM titulado “The State of the Poor: Where are the Poor and Where are the Poorest?” entre la última década del siglo pasado y la primera del presente siglo se logró una reducción de 17% en África. "En la región de América Latina y el Caribe, después de permanecer estable en aproximadamente el 12% durante las dos últimas décadas del siglo XX, la pobreza extrema se redujo a la mitad entre 1999 y 2010 y ahora se sitúa en el 6%". Según este y todos los estudios la reducción de la pobreza ha sido una constante en todo el mundo, especialmente desde el inicio de la industrialización y el boom de la tecnología y la ciencia en el siglo XX.

Entre las causas que detuvieron el progreso de la humanidad y la reducción de la pobreza debemos mencionar al comunismo que, cual plaga bíblica, asoló gran parte del mundo durante el siglo pasado. Ninguna nación bajo la férula del comunismo logró desarrollarse ni reducir la pobreza; por el contrario, la incrementaron. En el otro extremo, países que se hundían en la miseria a mediados del siglo pasado, como Singapur, Taiwán, Corea del Sur y Hong Kong, lograron el milagro del desarrollo gracias a la fórmula de la libertad económica y su apertura a los mercados mundiales, manteniéndose al margen de los experimentos socialistas y lejos de la dominación ideológica de los gigantes del comunismo mundial como los fueron la URSS y China. 

De manera que la pobreza se puede derrotar y la receta no es un misterio. Sin embargo, quienes hoy van al foro de la ONU a posar como luchadores sociales llorando por la pobreza mundial, son los mismos que defienden el modelo del fracaso económico y condenan la fórmula del desarrollo. No nos dejemos engañar por los discursos a favor de la pobreza. Quienes se rasgan las vestiduras por la pobreza son los mismos que condenan la libertad económica, los mercados libres y la integración global, y por lo tanto están promoviendo la miseria. Quienes acusan al mundo libre de sostener un "orden injusto" son los mismos que defendían la injusticia del totalitarismo comunista que aplastaba seres humanos y que hoy siguen callando frente a Cuba, Corea del Norte y Venezuela, países donde la retórica de la pobretología y la dominación de los ideólogos del mundo justo, han generado miseria en un ambiente de restricción de la libertad.

En el Perú no somos ajenos a estas poses plañideras de la pobretología mundial. El presidente Ollanta Humala también es un digno representante de estos llorones por los pobres. También se ha parado en el podio de la ONU para recitar sus logros en la inclusión social, sin mencionar que gracias a su charlatanería de la inclusión ha logrado frenar el desarrollo económico del país, iniciando el retroceso. También el Perú logró despegar apenas tiramos a la basura el esquema socialista de Velasco Alvarado, con cientos de empresas públicas ineficientes y deficitarias, y con un Estado metido de cabeza en la economía como el gran regulador.

El despegue peruano que varios han llamado afuera "el milagro peruano" se dio cuando se redujo el Estado, se privatizaron los servicios públicos, se liberó la economía, se abrieron los mercados y permitimos que llegaran las inversiones sin ningún tipo de restricciones. En menos de 20 años logramos reducir la pobreza de casi la mitad al 23%. Pero la demagogia de los pobretólogos que en lugar de ocuparse del desarrollo solo se preocupan de los pobres, está cambiando las condiciones del desarrollo, tal como viene ocurriendo también en Chile, a cargo del comunismo instalado en el poder con Michelle Bachelet de aliada. 

La demagogia es un mal endémico en Latinoamérica. Los charlatanes de la izquierda fracasada no se cansan de condenar la libertad y el libre mercado porque los odian. En el colmo de la ignorancia, culpan al libre mercado de la pobreza y la exclusión. Pretenden un mundo regulado, una sociedad de ovejas dirigidas por un Estado poderoso donde una casta de burócratas iluminados planifica la vida de todos por igual, velando por nuestras necesidades luego de eliminar esa molesta libertad para decidir que tenemos los ciudadanos. Es el camino al fracaso y a la miseria que ya conocemos en el mundo socialista. Es lo que quieren los charlatanes luchadores contra la pobreza. No debemos permitir que los demagogos de la pobreza nos hagan retroceder eliminando las virtudes del libre mercado, la libertad y la integración. Hay que salirles al frente, darles cara y desenmascararlos como farsantes.

jueves, 20 de agosto de 2015

Las apropiaciones de la izquierda


Por: Dante Bobadilla Ramírez
Fuente: El Montonero

La principal característica de la Guerra Fría no fue solo la tensión por la amenaza nuclear, sino la incesante batalla ideológica entre los bandos de un mundo bipolar. Esta batalla la perdió el mundo libre. Si bien el muro de Berlín cayó por el desplome de la economía comunista, el mundo capitalista quedó infectado con el virus de las ideas que la URSS supo insuflarle pacientemente. La izquierda le arrebató sutilmente a la derecha liberal capitalista casi todas sus banderas, incluso el término liberal, por lo que los liberales tuvieron que inventarse el neologismo “libertario”. Al final, casi todas las causas del mundo libre acabaron en manos de la izquierda.

La guerra ideológica giró alrededor de los derechos humanos, un concepto que al comunismo le producía urticaria. La estrategia soviética para combatir los valores del mundo libre fue simple: redefinir los conceptos y contraponer nuevos valores. Crearon el relativismo como tendencia intelectual, lo que llevó a la confusión general; luego cuestionaron valores occidentales como la libertad mediante la oposición de otros valores considerados superiores, tales como la igualdad. A la democracia representativa le opusieron la democracia participativa. A los derechos individuales le opusieron los derechos sociales. Al final de esta guerra ideológica, EEUU, el principal promotor y representante del mundo libre y democrático, acabó siendo visto como el villano, mientras que el comunismo genocida quedó como el lado bueno de la historia.

La izquierda es además dueña del relato histórico a través de su industria narrativa, que empieza por los abundantes sociólogos y antropólogos financiados por ONGs convertidas en editoriales, y finaliza con el montaje de obras de arte de pintura, cine y teatro, expuestos en salas y museos construidos por la misma izquierda. La mayoría de los burócratas de organismos internacionales son de izquierda, responsables de las guías mundiales de políticas públicas destinadas a los países subdesarrollados, tan afectos a recibir estas directrices y ponerlas por encima de todo. Nosotros, especialmente.

El resultado de la debacle ideológica liberal es que hoy la izquierda es la dueña de casi todas las causas, incluyendo los DDHH. A su manera, claro está. Instituciones creadas para defender a las sociedades del comunismo genocida, hoy son usadas por la izquierda para juzgar a los gobiernos que combatieron al terrorismo de izquierdas. Y al amparo de este desquiciado escenario, algunos ex guerrilleros y terroristas han accedido al poder por las urnas, otros se pasean campantes posando como próceres, mientras los gobernantes que los combatieron pagan sus culpas en la cárcel o con su memoria desprestigiada. Genocidas como el Che Guevara son mostrados cual santones de la justicia. Las nuevas generaciones ignoran la verdad del comunismo y se rinden ante su discurso.

Los DDHH a cargo de la izquierda han perdido todo su sentido original. La charlatanería con que alimentan su activismo ha prostituido el concepto. El mensaje del pueblo al Estado no es más un “respétame y déjame ser” sino un simple “hazte cargo de mi”. Los “derechos sociales” son solo demagogia populachera irresponsable y delirante, forjadora de una sociedad parásita que exige prebendas, privilegios tan solo por su naturaleza social. Ya no se pide respeto y libertad sino dinero. Se exige igualdad sin hacer méritos ni competir en la vida. Y en medio de ello, la derecha ha abandonado la defensa de los derechos que deberían ser parte de la agenda liberal, dejando que la izquierda se apodere de todo. El derecho elemental a la libre autodeterminación de las personas es, al contrario, atacado para defender unos valores abstractos y difusos que más parecen pretextos ridículos mezclados con aroma de moral religiosa. Nos estamos derrotando solos.

sábado, 15 de agosto de 2015

QUITA Y PON


Escrito por: Elvis Occ

Alguna vez leí que el duro entrenamiento al que son sometidos los conscriptos de la Infantería de Marina de los EEUU (Marines) es a propósito brutal. Se trata de despojar al conscripto de todo lo que trae de afuera y una vez vacío meterle todo lo que es ser y comportarse como un Marine. Exactamente lo que buscan los progreCaviares y su camaradas. Despojar al peruano de su fe, sus tradiciones, sus usos y costumbres, tildándolos de arcaicos y anacrónicos. ¿Cómo? Sujetándolo a toda clase de chatos cuestionamientos revestidos de crítica intelectual, y premiando al más cretino y venenoso en sus acosos. Para tal deshonroso cometido manipulan y usan desvergonzadamente a los incautos y vehementes jóvenes, y si abrigan algún resentimiento, mejor aún. 

Si en caso lograran su objetivo, el siguiente paso es llenar al "nuevo peruano" de una pseudo filosofía relativista. Esa donde nada es absoluto (los matemáticos tiemblan) nada es verdad, ni mentira. La autoridad, los valores, las artes, la libertad, las leyes, la meritocracia, la movilidad social, el individualismo y más, se relativiza. Hoy es, hoy esta, mañana no. Lo único que si seguiría igual es la representación de la "reserva moral", o sea ellos. Ellos los progreCaviares seguirian como los Sumo Sacerdotes. ¿No les recuerda esto algo? ¡Así es! El partido comunista de la antigua URSS, de Corea del Norte o de Cuba, y sus métodos ¿no?

«El socialismo es precisamente la religión que debe abrumar al cristianismo. En el nuevo orden, el socialismo triunfará por la primera captura de la cultura a través de la infiltración de las escuelas, universidades, iglesias y medios de comunicación mediante la transformación de la conciencia de la sociedad». Esto decía Antonio Gramsci, filósofo y político socialista italiano, hace casi un siglo atras. Y lo arriba mencionado encaja perfectamente en parte de la estrategia gramsciana de toma del poder. No por las armas sino más bien por el copamiento desde arriba de los distintos entes del Estado, hasta las organizaciones vecinales. Los progreCaviares y sus camaradas lo saben. MOVADEF lo sabe. ¿Lo sabias tú? Ahora lo sabes, así que defiende el orgullo de ser peruano.

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miércoles, 15 de julio de 2015

El efecto civilizador del Capitalismo





Publicado por Osmel Brito Bigott


En un artículo publicado en este mismo blog, Nicolás Cachanosky describía las confusiones que existen en torno al término capitalismo. Un término acuñado por Marx para describir el proceso de cambio producto de la revolución industrial a fines del siglo XIX.  Ayn Rand lo llamaba (y da título a uno de sus libros) el ideal desconocido, y por sobre todo hacía referencia al capitalismo puro, de laissez faire. En mi caso, y tal como Nicolás, veo al capitalismo como la consecuencia económica de la aplicación general de los principios generales (éticos, legales y por supuesto económicos) del liberalism.


Tal como indica Ayn Rand en la cita con la que abro el artículo, la mayor virtud del capitalismo es que fundamenta la creación de riqueza sobre el comercio, sobre el libre intercambio contractual de valores entre hombres libres. Antes de la aparición del capitalismo, la poca riqueza que se producía era por el saqueo y la expoliación. Los bienes de riqueza que se producían era para el disfrute de unos pocos mientras la mayoría de la población permanecía en niveles de subsistencia.


Los procesos sociales son de larguísimo plazo. Por lo que el reconocimiento de los derechos individuales y los principios de la sociedad abierta (y del capitalismo) no han sido entendidos ni captados de forma integral. Tanto Karl Popper como Friedrich Hayek señalaban que el reiterado surgimiento del socialismo es producto de los vestigios de la sociedad tribal que aún persisten en nuestra psiquis. A pesar de esto, la extensión, en mayor o menor medida, de los principios del capitalismo ha permitido el avance de la civilización.


El comercio, por siglos fue despreciado por doctrinas políticas y religiosas. Fue sólo a partir del reconocimiento de los derechos individuales, en donde se reconocía al individuo como un fin en si mismo dentro de una sociedad que, como medio, permitiría la coexistencia pacífica y voluntaria, que el comercio se reconoció, de manera lenta y progresiva, como una forma de intercambio civilizada.

En la trilogía de películas “El Padrino”, se muestra el esfuerzo (casi siempre infructuoso) que hace Michael Corleone para hacer legítimo el negocio de su familia y sacarlos de la violencia. Todo acto violento, como el atentado que sufre Vito Corleone o la muerte de Sonny Corleone, ambos ocurridos en la primera parte de la trilogía, son justificados como acciones de negocios. Lo mismo ocurre en el negocio del narcotráfico, que por ser ilegal, los carteles realizan acciones violentas para poder captar clientes o retener mercados.


En la medida que el capitalismo de laissez faire se deja funcionar, los actores de cualquier sector económico deben modificar sus comportamientos y adaptarlos dentro del proceso de intercambios voluntarios, y por sobre todo, atender las necesidades de los otros. En el libre mercado son quienes mejor atienden las necesidades del público quienes se terminarán enriqueciendo. Y cualquier forma violenta de obtener ese resultado (vía engaño, fraude o malas condiciones) será penalizada. Para poder captar clientes o retener mercados tienen que recurrir a medios civilizados, a persuadir a los consumidores de las bondades de sus productos y servicios para que estos los adquieran.


Algo distinto sucede cuando el mercado no es libre o no hay respeto a los contratos implícitos y explícitos en las transacciones entre actores.  Cuando el gobierno interviene la economía, decidiendo de antemano quienes ganan, hace que las relaciones entre agentes económicas sean violentas y no voluntarias.  Al establecer barreras al comercio y dejar cautivos los mercados internos para pocos empresarios, en su mayor caso ineficientes, se violenta el derecho de cada individuo a utilizar su propiedad y decidir a quien comprar (o no comprar).  Lo mismo sucede al ilegalizar cualquier forma de comercio o establecer precios, los mercados negros afloran, y en esos escenarios cualquier negociación se vuelve incivilizada.


En la medida que se permita el desarrollo libre de los individuos, se incentivará el desarrollo de relaciones voluntarias y civilizadas.  Y de ello depende el crecimiento económico y por ende mayores niveles de bienestar para las sociedades.  Pero para lograr esto se requiere una constante batalla cultural y de ideas que diseminen los principios de la sociedad libre.  A la larga, y cito a mi amigo Guillermo Rodríguez, la humanidad tendrá un futuro de libertad, o simplemente no tendrá futuro.

viernes, 6 de marzo de 2015

Totalitarismo y libertad


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez
Fuente: El Montonero

Aunque suene absurdo, defender la libertad es una tarea difícil que pocos estamos dispuestos a realizar. A la mayoría de la gente no le gusta la libertad. En especial la libertad de los demás. Claman por leyes que prohíban toda clase de cosas, exigen la intervención del Estado, añoran un dictador que imponga lo que ellos consideran “justicia”, culpan a otros de su mala suerte y piden derechos a costa de otros. En el fondo les aterra la libertad de poder decidir y ser responsables de su propia existencia, porque la libertad implica responsabilidad. Uno debe responder por sus actos. Y esto es lo que intimida a la mayoría de la gente. Por eso prefieren no ser libres sino ser “liberados” de esa responsabilidad. Y allí es cuando nace la izquierda totalitaria.

En el siglo pasado, tras la terrible experiencia del comunismo, el nazismo y el fascismo algunos pensadores analizaron el problema del desprecio a la libertad y el amor a las tiranías. Erick Fromm expuso los fundamentos psicoanalíticos del miedo a la libertad. Años después el fenómeno se repitió en Latinoamérica y Jean-Francois Revel analizó la tentación totalitaria, incluyendo a la dictadura velasquista. Ahora el fenómeno se repite con una nueva versión de tiranuelos, disfrazados esta vez de demócratas, pero con el mismo libreto engañabobos alrededor de la dignidad, la justicia y la igualdad.

Curiosamente hay quienes justifican estas dictaduras de izquierda. No hablan de libertad sino de “liberación”. Bajo esta óptica el ser individual desaparece y se enfocan en “el pueblo”. No es el hombre individual quien merece ser libre por sí mismo sino los pueblos. Para que esta tesis funcione necesitan una grave amenaza mundial y utilizan a los EEUU. Proponen luchar por la “liberación del pueblo” y combatir al “imperialismo yanqui”. Se trata de un cuento para niños que funciona a la perfección. Todo buen tirano la utiliza, desde Mao hasta Maduro. No tiene pierde. El pueblo es la doncella prisionera en la torre a manos del malvado imperialista, el líder de izquierda es quien la libera tras una lucha heroica.

Esta historia gusta a la gente porque evoca sus emociones infantiles más profundas y porque los libera de su responsabilidad. No son responsables de su miseria ni de su progreso. No tienen que hacer nada sino esperar la acción magnánima del líder que los hará libres y les dará el sustento. El discurso de izquierda convierte al individuo en víctima para ofrecerle luego su liberación, aunque en realidad lo convierte en esclavo. Algo parecido a la religión que hace del hombre un pecador para luego ofrecerle la salvación a cambio de ser prisionero de la fe. El mecanismo es el mismo. Y por eso la izquierda está llena de profetas y mesías.

Ahora tenemos expresiones totalitarias menores como el fascismo pulpín de nuestros días. Jóvenes que culpan a la TV de su propia incultura, a las empresas de su falta de oportunidades laborales sin analizar su propia empleabilidad, que exigen derechos como si el mundo les debiera algo, y que salen a marchar exigiendo acatamiento a sus berrinches que alucinan como lucha social. Pretenden imponer su moral al mundo: censurar las corridas, programas de TV, prensa, etc. La propuesta simple de la libertad individual para decidir no les agrada. Prefieren sentirse víctimas de un “sistema” al que quieren derribar a pedradas. El viejo cuento de siempre. No son más que aprendices de dictadores con el mismo discurso liberador.

jueves, 1 de enero de 2015

Adiós a la izquierda fracasada


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Nunca recibimos un nuevo año con más optimismo que ahora sabiendo que al fin concluye la peor gestión municipal de la historia de Lima. Se ha hablado bastante de Susana Villarán señalando su clamorosa ineptitud, pero hace falta ir más allá de su persona para llegar al verdadero origen de su fracaso, pues no se trata de un fracaso aislado. Susana Villarán representa a la izquierda, un sector político e intelectual que se cree la mejor opción para el país, son seres especiales, se sienten la crema y nata de la sabiduría y de la ética, y que su misión divina es dirigir el país hacia el paraíso de la felicidad social. Ellos y solo ellos tienen la fórmula mágica para lograrlo.

Susana Villarán  y su "equipo técnico" de izquierda, junto a su ejército de trolls en las redes sociales, no pudieron engañar a la gente, ni aun con su millonario presupuesto de publicidad y el amplio apoyo de la prensa progre y los columnistas caviares, a los que cabe sumar a los oportunistas que prefieren la pose correcta a la consecuencia política y acabaron apoyando el desastre villaranista. No importa cuánta propaganda hayan hecho, cuántos artistas de ópera barata hayan salido a mostrar su apoyo a la gestión progresista de Villarán. La realidad siempre se impone y el ciudadano de a pie reconoció finalmente la distancia que hay entre el lindo floro del progresismo y el desastre de la realidad cotidiana. Es una vieja historia de la izquierda.

El fracaso de Susana Villarán es típico de la izquierda. Es más que una persona, se trata de una mentalidad del fracaso, de un estilo de hacer política y, como ella misma lo dijo al despedirse: "de su manera de ver y entender el mundo". Eso es el socialismo a fin de cuentas: un modo retorcido de entender la realidad, una claudicación de la razón para someterla a la emoción, al sueño y el delirio. La gestión de Susana Villarán -como de otros socialismos modernos- fue un comunismo light, asolapado, barnizado con un falso discurso de respeto a la democracia pero siempre con sus proyectos totalitarios bajo la manga, dispuestos a emprender el cambio radical de la sociedad a través de mecanismos de coacción estatal que, en casos extremos, han sabido llegar al genocidio.

En su manera de ver y entender el mundo la izquierda sufre de una penosa alienación mental que la lleva a diagnósticos disparatados. Entienden las cosas al revés. Acumulan pesados estudios para entender el origen de la pobreza cuando esta ha estado presente desde siempre sin que el hombre hiciera nada, en cambio la riqueza ha sido producto del trabajo, la creatividad y otros factores que si son importantes entender y defender. Se preocupan por meros espejismos conceptuales como "justicia social" y confunden la política con la beneficencia pública. Asumen que las características propias de la humanidad desde sus orígenes son consecuencia de un sistema económico aparecido hace 2 siglos, y entonces suponen que combatiendo el capitalismo desaparecerán el egoísmo, la avaricia, la ambición, la especulación la corrupción, la competitividad, la desigualdad, etc. Y creen que pueden hacer todo esto con leyes y coacción estatal, tal como lo hemos visto en Cuba hace más de medio siglo y en Venezuela hace ya década y media.

Por supuesto que el fracaso de Cuba, Venezuela y el de la Lima villaranista son muy parecidos. La suerte de la ciudad es que Villarán no ha tenido más tiempo ni más poder para destruirla. No es que ella tenga la intención de acabar con la ciudad sino que sus preocupaciones son de otra índole, a ella le preocupa más la desigualdad, por eso inició su gestión con un estrambótico proyecto llamado "Costa Verde Sur" que nadie necesitaba ni pidió pero que ella juzgaba indispensable para que el cono sur tuviera su propia Costa Verde, tan igual que Miraflores. También le preocupaba la discriminación de los gays y apoyó los besos gays frente a la Catedral con una ordenanza que obligaba a todos los establecimientos a lucir un cartel de bienvenida a los gays. 

Otra preocupación de Susana Villarán fue la cultura, tema central en el pensamiento progresista. La izquierda cree que la cultura popular debe ser apoyada, promocionada y financiada por el Estado, bajo los intereses del régimen, obviamente. Por ello la herencia de Villarán es una novedosa Gerencia de Cultura que se encargaba de trazar las "rutas de la memoria" y de celebrar puntualmente la fecha de entrega del informe de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), con las víctimas de las FFAA subidas en el estrado para contar, por cuchucienta vez, cómo fueron violadas por los soldados, mientras artistas del progresismo escenifican la lucha armada y la resistencia contra la reacción. 

La cultura progresista es simple y llanamente una manipulación mental de la gente desde el Estado. En el Perú la izquierda inició su penetración cultural con la famosa CVR, encargada de "explicar" al Perú por qué ocurrió lo que llaman "conflicto armado interno". A continuación montaron toda la parafernalia que les siguió como el monumento al "ojo que llora" y el "museo de la memoria", a lo que cabe añadir las infaltables celebraciones del día de entrega del informe de la CVR.  Con una Gerencia de Cultura en el Municipio y un Ministerio de Cultura en el Ejecutivo la izquierda cuenta ya con los mecanismos perfectos para dirigir el adoctrinamiento social a través del "arte popular" y del financiamiento de todo proyecto "cultural" que cuente con el aval progresista. 

Mientras la izquierda se pasa la vida ocupada en espejismos absurdos como la justicia social y quimeras estúpidas como luchar contra la desigualdad, la realidad se consume y degrada. Creen que luchar a favor de los pobres es lo mismo que combatir la riqueza y el afán de lucro. Odian al que tiene éxito y adoran al pobre que se quedó "marginado" y "excluido". Les preocupa tanto la exclusión que están dispuestos a cambiar el lenguaje para que "todos y todas" queden "incluidos e incluidas" en el habla popular. Hacen leyes, organizan eventos, programas y políticas públicas para fomentar la conciencia social, promover la ciudadanía, combatir la discriminación, empoderar a la mujer y apoyar a los sectores menos favorecidos. Y mientras andan ocupados en todo eso los problemas reales y mayores de la ciudad colapsan, las bases productivas del país se paralizan. 

A nadie debe sorprenderle el fracaso de Susana Villarán. No hace falta conocer su programa o plan de acción, escuchar su discurso y revisar su hoja de vida. Basta con saber que es una progresista, una representante de la izquierda lunática, alienada y fracasada para adivinar lo que será el resultado de su gestión porque a la izquierda no le interesan los problemas reales, están más interesados en cambiar la cultura, es decir, el espejismo de ideas, creencias y estructuras mentales que configuran las sociedades. Ese es su objetivo y para eso están dispuestos a sojuzgar la realidad. Por ello mismo, lo que tenemos hoy es una ciudad postergada, deteriorada y con sus principales problemas aumentados. Es la izquierda señores. Nada más. Esperemos que no regrese nunca más.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

POR UNA DERECHA POPULAR



Escrito por: Elvis Occ


En esta selva nuestra llamada politica peruana el peligro acecha a cada paso, cualquier desconocida alimaña ponzoñoza de cuello y corbata o algun otorongo desbocado te puede dejar malherido o con un jadeo mortal. De un lado tenemos a la izquierda, un pantano anegado de bichos rojos parasitarios y criaturas que harian las delicias de Charles Darwin por su aislamiento. Lo poco que podria discurrir en esos pantanales ideologicos, va perdiendo oxigeno pues hasta contienen deslaves anacronicos y dogmaticos que en lugar de dar vida o renovar infunden todo lo contrario. Nada nuevo pero empeorado porque para completar el rastrero ecosistema hay una pandemia de ONGes, que ni matando las vacas locas y rojas.


La derecha -lo que se cree tal- es mucho peor aun. Es una coleccion de especimenes que Noe hubiera puesto en la lista de los que se merecen el diluvio. Partidos que amen de estar minados por las pustulas del enriquecimiento propio a costa de lo que sea tambien se embarran de corrupcion si la ocasion lo requiere. Enconchabados como estan con la derecha fenicia, solo saben compartir el lobby con los mayordomos electos en provincia  que dizque son congresistas. Cansinos, arrogantes y anacronicos pero corneando lo que se mueva para evitar sorpresas, asi medran el poder politico. Asi eternizan su servil cosmovision estos meninos de la politica local.


No hay partidos de derecha en Peru y si los hay temen aceptarlo y si lo aceptaran ya nadie les creeria. No es posible tomarlos en serio. Tantas veces lo han negado. Tantas veces han cedido a pretensiones muy cuestionables. Tantas veces se han encamado con el contrario. Tantas veces han abortado entuertos politicos. Tantas y tantas veces, han sido tantas las veces que nos han decepcionado que se hace necesario un nuevo movimiento de derecha, uno popular y acholado. El recambio generacional en politica es impostergable, vital y obligatorio, cuando mas en el lado de la derecha o lo que deambula de ella. Si quieren tener la posibilidad de salvar lo hasta hoy obtenido vale mas que pongan las barbas en remojo o el 2016 sera el comienzo del fin, si no que ya.

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