jueves, 19 de abril de 2018

El Estado y la corrupción


Por: Erick Yonatan Flores Serrano
Coordinador General Instituto Amagi - Huánuco

Odebrecht y el escándalo de corrupción más grande de América Latina en lo que va del siglo, nos ha permitido comprender que la corrupción es una enfermedad que no distingue derechas de izquierdas. En esta parte de la región, los abanderados de la lucha contra la corrupción, aquellos “indignados” que convocaban a movilizaciones y lavaban las banderas en las plazas, también han sido alcanzados por esta enfermedad; así que no se trata de un fenómeno exclusivo de un solo sector político, sino más bien de una práctica que se ha ido generalizando, al margen del espectro político que gobierne, en todo el sistema.

Como todos estaremos de acuerdo en que la corrupción es uno de los principales problemas que aqueja a nuestra región, creo que lo más importante es comprender cómo es que este tipo de males se desarrolla y cuál es la forma más efectiva para poder hacerle frente. Y lo primero que tenemos que entender sobre este tema, es que la corrupción no es otra cosa que el mal uso del poder político [Estado] para conseguir un beneficio particular, ya sea para uno mismo o para un tercero. De esta definición -que es clásica y compartida por la mayoría de entendidos en la materia- podemos inferir que el Estado termina siendo la condición de posibilidad para que la corrupción aflore en una sociedad; lo cual no es un detalle menor porque a partir de esta idea, es que podemos comenzar a pensar en las posibles soluciones que el problema requiere.

Lord Acton, famoso historiador y político inglés, decía que el poder tendía a corromper y que el poder absoluto corrompía absolutamente. Lo que nos trataba de advertir Acton era que a medida que el poder político -hoy materializado a través del Estado- crecía, las posibilidades de corrupción crecían también. Y en la sentencia no sólo encontramos una advertencia, sino que también el principio que debe regir la lucha contra la corrupción en cualquier parte del mundo. Cuando se tiene un Estado que concentra mucho poder político, los incentivos para la corrupción se incrementan en forma exponencial; por el contrario, si el Estado tiene un límite en su tamaño y en el poder que concentra, los incentivos para la corrupción disminuyen. No es una casualidad que Nueva Zelanda, un país con un Estado pequeño, lidere el ranking de países con menos percepción de la corrupción según el último informe de Transparencia Internacional; y Corea del Norte y Venezuela estén entre los últimos, sólo superando a los países de oriente medio donde las condiciones políticas son desastrosas.

Resulta evidente que el hilo conductor de la lucha contra la corrupción se encuentra en la disminución del tamaño del Estado, paradójicamente parece que en la región no existe claridad en este asunto porque todos los esfuerzos destinados para luchar contra la corrupción, están dedicados a fortalecer el aparato del Estado en todos los sentidos posibles. Todo esto puede reflejar dos cosas en nuestra sociedad: o no terminamos de entender la naturaleza del problema, o simplemente no tenemos la intención de solucionarlo. Y en cualquier caso, la sociedad civil es la que termina siendo la gran perjudicada en todo este asunto.

Mientras la clase política dirigente siga concentrando el poder que tiene para otorgar privilegios a sus amigos, la lucha contra la corrupción seguirá siendo sólo una bonita intención. El único horizonte posible en esta lucha es reducir el tamaño y el poder del Estado, mientras las reformas no apunten a esto, es difícil pensar en que nuestra sociedad pueda superar este problema. A final de cuentas, lo que todos debemos comprender es que el Estado no puede luchar contra la corrupción porque el Estado es la corrupción.

domingo, 8 de abril de 2018

Esa tierna debilidad por la violencia


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Una vez más nos toca ver el espectáculo patético de la violencia estudiantil en San Marcos. No me voy a detener a analizar las causas del vandalismo, ni las aparentes ni las verdaderas. Porque en todos estos casos siempre existen dos motivaciones: las que se presentan como excusa disfrazando las tropelías como defensa de "derechos", y las verdaderas razones de unos vándalos que defienden sus propios intereses gremiales. Ya han sido expuestas por docentes y conocedores del tema desde el interior de la universidad. Básicamente es gente que se resiste a perder el control y se opone a los cambios que la nueva ley universitaria exige. El resto es cuento para bobos.

No sé qué lado de toda esta situación es más patético: la violencia de unos salvajes que se creen con derecho a tomar una universidad para imponer sus puntos de vista, o los papanatas que desde los medios y redes sociales los apoyan para posar como padrinos de las causas justas. Es evidente que en este país existen demasiadas mentes confundidas, seres de pacotilla que prefieren guiarse por la pose correcta antes que por los principios que sustentan a cualquier sociedad civilizada. 

Para decirlo de forma clara, simple y directa: no hay manera de que podamos avanzar como país si no somos capaces de defender los principios de una sociedad civilizada que se sustenta en el respeto a la ley, el orden, la autoridad y la institucionalidad. Esto tiene que entrarles al cerebro a todos desde la escuela. Nadie puede arrogarse el "derecho" de pasar por encima de la ley y las autoridades para imponer sus puntos de vista por la violencia. Nadie. Y en esto no podemos claudicar.

De lo contrario no solo vamos a aplaudir tomas de locales universitarios sino cualquier acto de salvajismo, como las tomas de carreteras, que muchos defienden como "legitima protesta". De allí a justificar el terrorismo solo hay un paso. Y de hecho, la justificación del terrorismo ya es oficial, desde que la Comisión de la Verdad y Reconciliación planteó como explicación del "conflicto armado interno" la situación de pobreza y marginación de las zonas andinas. En buen romance, los terroristas eran luchadores sociales que buscaban un cambio a la situación de pobreza y que exageraron en su accionar llegando a niveles de terrorismo. Pero justificado está. 

Del mismo modo, la otra cara de esta estúpida postura es la crítica al accionar de las fuerzas del orden. Ahora resulta que pedir la intervención policial para recuperar el orden y la autoridad en la universidad es una "nefasta medida" que muchos han tenido el cuajo de criticar y condenar. ¿Pero dónde tienen el cerebro estos personajes de pacotilla que defienden a los vándalos y critican a los agentes del orden? ¿En qué sustentan su pobre raciocinio? ¿En qué mundo viven estos desubicados? 

En lugar de tantas boberías de género, en la escuela deberían enseñar los principios básicos que sustentan a una sociedad civilizada fundada en la ley, el orden y las instituciones. Deberían enseñarles a los niños que las ideas se discuten y se aceptan por consenso, no se imponen por la fuerza ni por las armas, como pretendían los criminales de la izquierda terrorista. Hay que enseñarles desde niños que el Estado tiene el deber de actuar en defensa del orden social y para imponer la ley mediante el uso legítimo de la fuerza pública, es decir, policías y fuerzas armadas si fuera el caso. Parece que todos estos papanatas no saben ni lo básico. ¿Qué podemos esperar de gente que ignora el ABC de la civilización? Siempre andan defendiendo las protestas como un "derecho", como si alguien tuviera el derecho de afectar a los demás por hacer prevalecer sus intereses. ¡Payasos!

Patético es leer a todos esos socialconfusos criticando el accionar policial en San Marcos y defendiendo las tropelías de los vándalos. ¿En qué país quieren vivir esos desadaptados? ¿En un país donde cada quien salga a imponer sus puntos de vista a balazos? ¿Donde los grupos políticos se declaren la guerra a ver quién queda vivo para establecer quién tiene la razón?  Qué patético realmente. Pero así estamos.

Y más allá de estas absurdas posturas a favor de la violencia y en contra de las fuerzas del orden, tan típicas de la izquierda pro terrorista, está la insufrible cháchara sobre los "derechos". Me canso de leer a larvas juveniles cacareando sobre sus supuestos "derechos" a reclamar educación gratuita, vivienda gratuita, comida gratuita y transporte gratuito. ¿Quién les ha enseñado a estos mamones que tienen el "derecho" a que la sociedad los mantenga? ¿De dónde sacan que tienen "derecho" a obtener una carrera gratis? Y encima el "derecho" a gestionar la universidad y opinar sobre el currículo. Ya es el colmo. Estos chicos necesitan una buena dosis de ubicaína.

Desgraciadamente en este país tenemos políticos ignorantes que apelan a la demagogia y al gasto público para ganar votos y permanecer en el poder. Todos estos supuestos "derechos" que reclaman a viva voz los pulpines les han sido prometidos por estos demagogos. Pero nunca es tarde para aclararle el cerebro a nuestra juventud extraviada en la politiquería de la izquierda parásita y chupasangre. Acá nadie tiene ningún derecho a nada, a menos que pague por ello. Los jóvenes que reciben educación gratuita del Estado, sin ningún tipo de filtro social para verificar sus necesidades económicas, ni compromiso de devolución futura del costo, no tienen ningún derecho a reclamarle nada a nadie. Como dice el dicho: a caballo regalado no se le mira el diente. Si no les gusta la educación que reciben pueden irse a otra universidad y dejar de sufrir. 

En todo caso, todos los reclamos se tramitan por la vía administrativa. Existen órganos de cogobierno donde los estudiantes están representados y es allí donde se escucha su voz. No hay pues ninguna forma racional de poder justificar el vandalismo estudiantil para reclamar un "derecho". Todos esos revoltosos que se atrevieron a saltarse la ley y violentar el orden tienen que ser expulsados sin miramientos y llevados ante la justicia. Se sabe que esos dirigentes estudiantiles que promovieron el vandalismo son típicos estudiantes eternos que llevan más de una década parasitando en la universidad y quitándole el puesto a un joven pobre, que puede aprovechar mejor la educación gratuita. Esos parásitos deben ser expulsados de la universidad sin más trámite. Es más, hace tiempo que deberían haber sido expulsados por incapaces. 

Para finalizar, es hora de hablar claro y sin miedo en este país. Es hora de poner la cara y decir las cosas como son, sin complejos ni poses. Ya tenemos bastante con los pobre diablos que prefieren la comodidad de la pose correcta y el disfraz de luchador social y defensor de causas justas. Al diablo con toda esa basura. Las cosas claras. Acá nadie tiene derecho a exigirle nada a la sociedad. Nadie tiene el derecho de violentar la ley y pasar por encima de las autoridades y las instituciones para imponer sus puntos de vista. Nadie. Si esto no está claro, pues entonces no lloremos cuando regrese el senderismo que ya está listo para volver a actuar. 

jueves, 5 de abril de 2018

Cayó el cabecilla de la izquierda corrupta


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

A Lula se le acabaron los recursos dilatorios. La Corte Suprema del Brasil rechazó su última triquiñuela legal. Ha corrido como rata asustada y ahora está al final del callejón, sin un agujero adónde escapar. Todo indica que pasará sus últimos años no en la gloria de un retiro digno sino en la soledad de una prisión. Pero sobre todo, quedará en la historia como el más grande mafioso de la política que se haya visto jamás.

El final de Lula es la consecuencia lógica de una ideología que antepone todo a su fin supremo que es la conquista del poder. Esa es la ideología que ha marcado a la izquierda continental desde mediados del siglo pasado, cuando, financiada por los comunistas de la URSS y de la China de Mao, se prepararon para asaltar el poder por las armas. Entonces nada les importó, mucho menos la vida de las personas. Cualquier precio era poco para alcanzar el poder. La metodología del terror y la lucha armada no dio resultados pero dejó un reguero de muertos en toda Latinoamérica, incluyendo unos 35 mil muertos en el Perú.

En el nuevo milenio, tras la caída de la URSS y Mao en la China, y el fracaso de las guerrillas en casi toda Latinoamérica, solo quedaron los narcoterroristas de las FARC y el ELN en Colombia sin mucho apoyo, pues Cuba estaba en la ruina tras perder el financiamiento de la URSS. Fue entonces cuando los comunistas de Latinoamérica se agruparon en el famoso Foro de Sao Paulo, donde planificaron su nueva estrategia para seguir en la lucha. Por suerte para ellos, ya Hugo Chávez había logrado ganar la presidencia de Venezuela por la vía electoral. Entonces se dieron cuenta que no hacía falta acudir a las armas cuando la verborrea era suficiente.

Para mayor suerte del comunismo latinoamericano, el precio de los minerales empezó a subir gracias al capitalismo implantado en China, convertida ya en la gran fábrica del mundo. El dinero empezó a fluir a todos los países exportadores de materias primas, y principalmente a Venezuela, cuya riqueza petrolera se multiplicó por diez. Hugo Chávez enloqueció con tanto poder y no tuvo mejor idea que crear su propio imperio socialista. Su mentor Fidel Castro no había podido lograrlo mediante la exportación de guerrillas durante los 60 y 70, sus años más fuertes. Pero Hugo Chávez no usaría guerrillas sino que tenía suficiente dinero para comprar países enteros. Así empezó a comprar políticos, manipular elecciones y colocar títeres en varios países de la región, incluyendo Brasil, donde Lula fue el gran beneficiario. 

Pero a Lula no le parecía bien ser el segundón de Chávez. La economía de Brasil era más fuerte que la de Venezuela, que solo dependía del petróleo y de la empresa estatal PDVSA, ya estatizada por Hugo Chávez para utilizarla como su caja chica. Así que Lula empezó a maquinar su propia estrategia para arrebatarle a Chávez la supremacía del poder continental. Fue una guerra de poder que los llevaría a convertirse en los más grandes corruptos y corruptores de la historia política latinoamericana. Chávez y Lula se arrebataban los países y subastaban las conciencias de los políticos y empresarios.

Tal como Hugo Chávez utilizó a la empresa petrolera PDVSA como su fuente de financiamiento personal, Lula da Silva hizo lo mismo con Petrobras, la empresa estatal petrolera que manejaba los recursos más grandes jamás habidos gracias al alza de los precios. En ambos casos fue la empresa estatal petrolera la caja chica de la corrupción. Es hora de reírnos de los economistas progres que siempre ponían esas empresas como ejemplo de buena gestión estatal. Ya es tiempo de que aprendan la lección: las empresas estatales no funcionan. Solo son antros de corrupción política y de ineficiencia a costa del pueblo. Chávez y Lula se encargaron de darnos esa lección.

La enfermedad de Hugo Chávez permitió a Lula tomar la delantera en la carrera de corrupción. En el Perú esto se pudo observar claramente cuando Ollanta Humala pasó de ser el candidato de Hugo Chávez en el 2006, a ser el candidato de Lula en el 2011. Ollanta Humala nunca pasó de ser un monigote al servicio de la megacorrupción del socialismo continental. Gracias a su gobierno, la corrupción brasilera liderada por Lula se estableció en el Perú legalmente y con gran descaro. Ni siquiera disimulaban la compra de periodistas. El apoyo a la campaña del NO para salvar a la alcaldesa de Lima, Susana Villarán, fue la cereza del pastel. Perú se convirtió en una provincia de Brasil donde reinaban los operadores de Lula mediante sus empresas OAS, Odebrecht, Camargo y Correa, etc. 

Mientras tanto, en Brasil, Lula aseguraba su poder turnándose con su socia Dilma Rousseff, ex guerrillera setentera y miembro del PT, y ampliando sus redes de corrupción a casi toda la clase política. La serie “El Mecanismo” difundida por Netflix narra con precisión el macabro entramado de corrupción que había tejido el socialismo brasileño durante 10 años de poder. Las 13 empresas más grandes del Brasil se sentaban con Lula y Dilma, como en un gabinete de la corrupción, para distribuirse las megaobras con sus respectivas comisiones. Hasta tenían un reglamento de adjudicaciones rotativas con porcentajes de coimas. Todo muy bien organizado. La podredumbre era tan grande que se sentían a salvo de cualquier sospecha.

El final de Lula deja mal parada a la izquierda que por tanto tiempo se ufanaba de ser la representación de la moral, pese a la mortandad que provocaron, con los cerros de cadáveres y los ríos de sangre que dejaron atrás. Siempre se lavaron las manos tomando distancia de esos hechos. Pero hoy no tienen excusa. Tanto Chávez como Lula son los líderes que todos ellos aplaudieron y sustentaron, con los modelos políticos que pusieron de ejemplo. Todo lo que queda detrás de las aventuras del socialismo del siglo XXI es una legión de políticos mediocres y corruptos pagando cárcel o fugitivos, sin contar con los adefesios que aun sobreviven en el poder de Venezuela y Bolivia.  Esperemos no volver a oír de socialismos por un buen tiempo.