jueves, 20 de noviembre de 2014

La cloaca presidencial


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Ollanta Humala no pierde ocasión de sacarle brillo a su mediocridad. Ayer, frente a la prensa extranjera, no tuvo mejor idea que insultar al fujimorismo y al aprismo en el mismo estilo de matón de barrio que hizo famoso a Hugo Chávez y que también practica hoy el camionero de Caracas, Nicolás Maduro. Después de todo, tanto Chávez como Humala son asaltantes del poder salidos del cuartel militar con bajo rango, hartas ambiciones y pobre mentalidad. La única diferencia es que Ollanta ni siquiera sabe hablar.

Días atrás, luego de su debate con Reymond Manco, Humala tuvo la genial idea de rajar de la descentralización y de los presidentes regionales, pero lo hizo nada menos que en un foro de la APEC, en China, frente a potenciales inversionistas. Si eso no es ser un perfecto imbécil, por lo menos califica como desubicado. Y es que el nivel mental de Ollanta es francamente deplorable. Hacía bien al inicio de su gestión escondiéndose en palacio. Lástima que ahora salga a declarar, pues cada vez que lo hace avergüenza al país. Nunca la banda presidencial había caído tan bajo. Ni siquiera con Toledo.

Decir que el fujimorismo nació de la cloaca solo puede entenderse como aquella a la que nos llevó el delirio velasquista con la hiperinflación del aprocalipsis y el infierno atroz del terrorismo de izquierda. Es cierto que el Perú era una cloaca en 1990. Nadie tenía esperanzas. Sendero Luminoso estaba en Lima, los coches bomba explotaban cada semana matando e hiriendo personas, el país estaba quebrado, sin reservas ni crédito. Eramos parias en el mundo. Vivíamos con apagones de luz, con el agua potable racionada y haciendo colas para comprar productos básicos. Nadie sabía cuánto costarían las cosas al día siguiente. Ese fue el país cloaca que recibió Alberto Fujimori. Nadie en la historia ha recibido en peor situación el país.

En diez años Alberto Fujimori resolvió todos los problemas del Perú y lo colocó en la senda del progreso. Lo único que han hechos sus sucesores ha sido aprovechar la buena estructura macroeconómica diseñada por Alberto Fujimori. Resulta muy cómodo tomar el gobierno de un país que ya no tiene más problemas que seguir creciendo. Sin embargo, lo que ha hecho Ollanta Humala es frenar ese crecimiento con su demagogia de la inclusión social y sus programitas sociales. Nada de grandioso ha hecho por el Perú. Solo se ha limitado a inaugurar obras ajenas, enredarse en corrupción y criticar a los gobiernos pasados insultando al fujimorismo. Esa es toda su grandeza.

A la patética mediocridad personal de Ollanta habría que sumarle su insignificancia histórica. Algo que ha tratado de remediar ridículamente convirtiendo la payasada de Locumba en "gesta heroica". El nivel que le corresponde a Ollanta es el de una caricatura en el poder. Su origen está en un manicomio familiar. Su pyme familiar llamada "partido nacionalista" fue un verdadero camión de basura con el que recolectó la peor escoria que encontraba por todo el país, para luego llevar al Congreso la plaga de improvisados y trepadores más abyecta jamás vista.

Ollanta Humala quiere pasar piola desembarazándose de sus aliados del ayer, como las narcococaleras, los mineros ilegales, sus corruptos financistas y toda clase de arribistas y ayayeros de mala entraña que lo escoltaron a Palacio. Insultar a los demás no lo va a convertir en ángel ni va a cambiar su triste realidad de cachaco mediocre llevado al poder por las aguas pestilentes del odio al fujimorismo, que es donde quiere bañarse todos los días confiado en que la fórmula del antifujimorismo salvaje seguirá funcionando. Pero el idiota debería ver que cada día está más solo.


miércoles, 19 de noviembre de 2014

Donde esta la derecha?



Escrito por: Guillermo de Vivanco


Los partidos políticos se definen como de izquierdas y de derechas. En el Perú sin embargo todos los partidos se definen como de “centro izquierda” o “izquierda”, ya que ser de derecha les cuesta cargar con el estigma de la avaricia, la codicia y el egoísmo, una pesada herencia de la época colonial y de la república aristocrática, tiempos en los que las élites sociales debían su fortuna a la influencia política: subsidios, favores gubernamentales o privilegios especiales.


Hoy ha emergido un nuevo tipo de capitalistas. Mayormente son provincianos, inmigrantes, formados al margen del estado. Son hombres y mujeres de negocios que no se disculpan por su habilidad, que rechazan el viejo prejuicio que considera inmoral el éxito, que se sienten orgullosos de sus logros y que no sienten culpas por haber triunfado. Ejemplos de ello son: Pedro y Nemesio Guizado, Roberto Ardiles, Antonio Velásquez, Alcibíades Torrejón, José Santos Gallardo, Walter Serveleon, Lucio Morales, Pinglio Bendesu, Manuel Ito y tantos otros que empezaron de ambulantes y luego construyeron las galerías más exitosas de Gamarra. ¿Qué ideología los identifica? ¿Qué partido los representa?


Bien lo dice Ayn Rand: “El símbolo de todas las relaciones entre esos hombres, el símbolo moral del respeto por los seres humanos, es el comerciante. Nosotros, los que vivimos según valores, no saqueos, somos comerciantes, tanto en lo material como en lo espiritual. Un comerciante es alguien que gana lo que obtiene, y no da ni toma lo inmerecido. Un comerciante no pretende que se le pague por sus fracasos, ni que se lo ame por sus defectos”


Volviendo a nuestras izquierdas y derechas, no logro entender a los políticos de “centro izquierda” (APRA, PPK, Keiko). ¿Cómo mezclamos la izquierda y la derecha y le sacamos un promedio llamado “centro”? El centro es la ambivalencia con la que se coquetea con el comunismo. Dice Rand sobre la naturaleza del socialismo: “el negar los derechos de propiedad, equivale a convertir a los hombres en propiedad del Estado. Quien quiera que se arrogue el “derecho” de “redistribuir” la riqueza que otros producen está reclamando el “derecho” de tratar a los seres humanos como bienes de uso”.


Queda claro entonces que lo que caracteriza a la izquierda difiere notablemente de los postulados de la derecha: El modelo neoliberal comprende inversión, propiedad privada, esfuerzo individual, libre mercado, desrregulación burocrática, cumplimiento de la ley y respeto a los derechos humanos. Es arrogante la izquierda cuando se reclama defensora del medio ambiente y de los derechos humanos pero esconde la cabeza ante el crimen que significa la minería ilegal, y se empeña en juzgar a los soldados que rescataron a los rehenes de la embajada de Japón. Éstos sí estaban degradados en sus derechos humanos por la banda terrorista.


Pero, sobre todo, la derecha tiene “el orgullo que se obtiene por sus propios logros, lo que le da al hombre el ser dueño de su destino y un fin en si mismo.” Esta es la diferencia, la esencia del capitalismo popular, la idiosincrasia misteriosa del mundo emprendedor, la marca de las sociedades exitosas. Unos productores, otros saqueadores; unos orgullosos, otros culposos.
No conozco comunistas, socialistas, ni estatistas en Gamarra. Ahí todos somos capitalistas, queremos crecer, ahorrar, capitalizarnos. Al Estado lo queremos eficiente, un estado “chico”, colaborador antes que obstructor, que “deje hacer”, que no nos ahogue con la tramitología, que no sabotee la formalidad, que controle el mercantilismo, la discrecionalidad burocrática, la corrupción y la delincuencia. También queremos que las propuestas políticas propongan generar riqueza, den confianza a la inversión y produzcan liderazgos regionales competitivos.


Mientras tanto, sigo sin entender la terminología política y sus centros. Sigo sin escuchar ninguna defensa al capitalismo frente a la ofensiva del ecologismo radical marxista que ha logrado detener proyectos de inversión minera por más de 17,000 millones de dólares. ¿Centro Izquierda? ¿Media virgen? ¿Medio mentiroso? ¿Medio honrado? ¿Capitalistas o comunistas? ¿Libres o esclavos? Hablemos claro. Reconozcamos la pobreza y cómo salir de ella.

martes, 18 de noviembre de 2014

EL discurso encantador


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Alguien definió la estupidez como el hecho de repetir la misma acción una y otra vez esperando un resultado diferente. Esto es exactamente lo que ocurre en la política peruana. Vivimos repitiendo el mismo discurso para solucionar los mismos viejos problemas, muchos de los cuales fueron creados por ese discurso traducido en leyes. Por ejemplo, hoy nos dicen que llegó la fecha para que las empresas depositen la CTS, pero también se informa que solo el 30% de trabajadores está en la formalidad y un porcentaje mucho menor recibe CTS. Este es solo un caso. En general solo un porcentaje minoritario de trabajadores tiene los dichosos "beneficios laborales" que son parte vital del discurso político tradicional desde hace décadas. 

Ocurre que los dichosos "beneficios laborales" son parte de la demagogia de los políticos muy afectos a ofrecer gollerías a la gente, ya sea a costa del Estado o de las empresas privadas. Su demagogia e irresponsabilidad es encubierta con etiquetas tan nobles como falsas, por ejemplo "derechos sociales", "derechos laborales" y "conquistas sociales". Pura basura retórica. En concreto lo único que se ha conseguido con esa charlatanería barata es que el 70% de los trabajadores esté en la informalidad y que solo un 10% acceda a todas esas gollerías, incluyendo la CTS. ¿Pero alguien se atreve a blasfemar del santo grial de las conquistas sociales?

Hablemos por ejemplo de la CTS. Se llama "compensación por tiempos de servicios". EL nombrecito no me indica nada coherente. ¿Cómo es eso de "compensación"? ¿Acaso la empresa no le paga al trabajador por el tiempo trabajado cada mes? ¿Entonces qué hay que "compensar"? No se entiende. Lo cierto es que la CTS resulta ser una especie de seguro de desempleo. Aunque tantas modificaciones ha sufrido por la demagogia política que al final la CTS ha servido para todo. Pero la idea es que sea un seguro de desempleo. La pregunta es ¿por qué la empresa tendría que pagarle al trabajador un seguro de desempleo si justamente le está pagando el empleo? ¿No es problema del trabajador velar por su futuro? Claro que lo es.

Obviamente las empresas tratarán de no hacerse con ese sobrecosto laboral insulso. Como la ley exige pagar la CTS cuando se trabaja más de 4 horas diarias, entonces lo que hace la empresa es reducir las horas de trabajo a 4 y contratar más gente generando subempleo. Lo mismo pasa con los contratos. Todo el mundo sabe que al cuarto año será despedido porque si no la empresa tendría que meterlo en planilla asumiendo sobrecostos laborales, además de un empleado inamovible por la estabilidad laboral. Así que la gente pierde su empleo al cuarto año gracias a las fabulosas leyes que pregonan las conquistas laborales. Y es que hay una enorme distancia entre la estupidez política y la realidad laboral. Las empresas no están para solventar la demagogia de los políticos. Y lo peor de todo es que ni el propio Estado cumple las barbaridades que exigen sus leyes laborales.

Así es como todos vivimos hundidos en la informalidad y la precariedad laboral mientras los políticos siguen con sus discursos idiotas sobre derechos sociales y laborales. Nadie quiere pisar la realidad ni enfrentar los hechos. Creen que pueden obligar a las empresas a inflar sus costos laborales además de tener que pagar ya los elevados impuestos y tasas con que tienen que lidiar para mover la economía. Los políticos charlatanes creen que las empresas privadas pueden ser utilizadas como vacas a las que se succiona la leche sin darles ninguna ventaja. No solo piden leche sino también carne y cuero pero no les dan nada a cambio. Cualquiera que intente beneficiar a las empresas será estigmatizado y atacado como lobista, vendepatria, proempresa, mercantilista, etc.

Si viviéramos en un mundo sensato no existiría la CTS. El trabajador tendría que asumir libremente la decisión de contratar un seguro de desempleo, si lo juzga necesario. Lo haría por el plazo que le parezca conveniente para si, ya sea por tres, seis o más meses, con la tasa correspondiente. Todo eso dependería del propio trabajador quien es el único que sabe si, según sus calificaciones y tipo de profesión, es capaz de conseguir un empleo en tres o seis meses o más, o si es que no necesita ese seguro ya que tiene ahorros u otra actividad que lo solvente. ¿Por qué el Estado tiene que decidir por el trabajador? ¿Y por qué la empresa tiene que hacerse cargo de ese seguro y bajo una misma tasa para todos sus trabajadores? Todo eso es un absurdo total. Las buenas intenciones de los políticos no siempre funcionan y, peor aun, resultan contraproducentes. 

Ya es hora de cambiar el falso discurso político. No acabaremos con la informalidad ni el subempleo si seguimos engañándonos con el estúpido discurso de las "conquistas laborales" y los "derechos ganados". Esa palabrería solo les sirve a políticos y sindicalistas que lo usan para ganar apoyos populares y votos, sin importarles las consecuencias funestas de su demagogia. No podemos tener leyes laborales basadas en discursos de plazuela. Cuando al final todo es un desastre, los charlatanes se lavan las manos culpando a las empresas y exigiendo más derechos laborales. Así es como patinamos eternamente en el fango del subdesarrollo.