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lunes, 30 de septiembre de 2013

La verdad sobre Salvador Allende


Por: José Barba Caballero

Los sucesos de Chile que culminaron con el derrocamiento y suicidio de Salvador Allende tienen una historia muy distinta de como la cuentan los marxistas criollos y nuestros intelectuales de opereta. Hasta 1970 Chile era un país que había conquistado logros notables: educación básica y media superior a la de cualquier país latinoamericano y un Parlamento que estaba entre los más antiguos del mundo. Por esta conciencia cívica de respeto y tolerancia a las ideas, los chilenos se sentían orgullosos de ser llamados “los ingleses de América Latina”. Pero todo esto terminó con Salvador Allende.

Para comenzar, no es cierto que Allende recibió una mayoría absoluta del voto popular. En las elecciones generales de 1970 sólo obtuvo el 36.2%, contra el 34.9% de Jorge Alesandri y el 27.8% de Rodomiro Tomic. Ante tales resultados (La Constitución chilena lo estipulaba así), correspondió al Congreso el derecho a elegir al nuevo Presidente de la República. Y entonces sucedió lo increíble; la Democracia Cristiana (en un error histórico que todavía lloran) optó por Allende, comenzando así la tragedia que traería un baño de sangre sobre Chile.

Lo primero que hizo Allende en su primer discurso como Presidente de Chile fue romper la tradición democrática de este país diciendo, para asombro de propios y extraños que él no sería el Presidente de todos los chileno, sino que inspiraría su actuación “en los conflictos de clase irreconciliables de la sociedad chilena”. En otras palabras, adelantó a todos su intención de convertir a Chile en un país comunista a partir de un triunfo electoral modesto y por demás precario.

De inmediato, el Partido Comunista, el Partido Socialista, el MIR y el MAPU, entre otros, comenzaron a preconizar abiertamente la inevitabilidad de una guerra civil. Con estos vientos cargados de caos e incertidumbre, a nadie le llamó la atención que la inversión privada y extranjera fuera cero y que a un año de gobierno allendista Chile tuviese que declararse insolvente y pedir una moratoria sobre su deuda externa. Y para que nadie tuviese dudas de hacia donde marchaba la Unidad Popular en el gobierno, el mismo Allende le declaró nada menos que a Regis Debray, que sus diferencias con el Ché Guevara eran sólo tácticas: “por requerir la situación chilena un respeto transitorio a la legalidad burguesa”. En 1971, Fidel Castro visitó el país y durante 30 días (como Pedro en su casa), lo recorrió de punta a punta arengando a las multitudes hacia la revolución.

En 1972, Chile se convirtió en la Meca de los Tupamarus y de todos los extremistas de América Latina, Ese mismo año comenzaron a instalarse las famosas escuelas de guerrilleros y se inició la importación clandestina de armas de todo tipo: desde ametralladoras y bombas de alto poder explosivo, hasta morteros y cañones antitanques de procedencia Checa y Soviética. Paralelamente la embajada de Cuba se transformó en un bunquer con más de trescientos diplomáticos acreditados. Así las cosas, ningún hombre de estado digno de ese nombre, puede sorprenderse de que sus enemigos se le opongan y se preparen para devolverle el golpe. Gritar, como lo hizo Allende, que aquellos a quienes se propuso destruir no lo apoyen, sólo revela infantilismo de izquierda.

A pesar de lo que digan los propagandistas marxistas y sus tontos útiles que pululan en nuestros medios periodísticos, la unidad popular de Allende, fue y permaneció en todo momento como minoría en el Parlamento, en los Municipios, en las Organizaciones Vecinales, Profesionales y Campesinas. Para 1973 perdieron el control en los principales sindicatos industriales y mineros. Aún así, plantearon la sustitución del Congreso por una asamblea popular y la creación de Tribunales del Pueblo (algunos de los cuales llegaron a funcionar). Así mismo, pretendieron transformar el sistema educativo para convertirlo en un instrumento de concientización marxista. La Tercera y el Mercurio, diarios democráticos, como opositores al gobierno marxista, fueron clausurados por el “demócrata” Allende.

Frente a tales hechos, la Iglesia abandonó su neutralidad y la Corte Suprema de Justicia, por unanimidad, censuró al gobierno por el atropello sistemático de la legalidad vigente. La Contraloría rechazó por ilegales innumerables actualizaciones y resoluciones del Ejecutivo. En un acto insólito, el Presidente Allende se negó a promulgar las reformas constitucionales del Congreso, y persistió en esta actitud a pesar de sucesivos mandatos judiciales. De aquí la opinión del ex presidente Frei: “el gobierno minoritario de Unidad Popular estaba resuelto a instaurar una dictadura totalitaria y estaba dando los pasos para llegar a esa situación”.

El 7 de agosto de 1973, la Marina de Guerra de Chile anunció haber frustrado un complot para sublevar la flota en Valparaíso y Concepción, y acusó del gravísimo hecho a Carlos Altamirano, secretario general del Partido Socialista y a otros líderes del MAPU y del MIR, exigiendo el levantamiento de la inmunidad parlamentaria. El 9 de setiembre, dos días antes del golpe, los acusados reconocieron su culpa… pero ya era demasiado tarde. La destrucción de la democracia, de la economía y la negativa de las FFAA de convertirse en víctimas del comunismo, terminó de prender la pradera y el rostro de la muerte se enseñoreó de Chile. Aunque cabe agregar que sin Salvador Allende y las monumentales torpezas políticas de la Unidad Popular, el mundo jamás hubiera escuchado hablar de Augusto Pinochet.

Por todas estas razones, me niego a rendirle homenaje a quien no fue un idealista sino un dogmático, a quien no fue un demócrata sino un marxista que intentó convertir a Chile en una tiranía inmunda como lo era Cuba. Si hoy recordamos a Allende, no debe ser para enaltecerlo sino para censurarlo, y recordar, por siempre, que la gran lección que Chile nos dejó no es otra que la evidencia incontrastable de que el marxismo – leninismo es incompatible con la democracia.

Publicado en La Razón el 16 de setiembre de 2013

sábado, 7 de septiembre de 2013

La izquierda se victimiza


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

A punto de cumplirse 40 años del golpe que derrocó a Salvador Allende cambiando la historia de Chile y Latinoamérica, vuelven a repetirse los encendidos artículos del progresismo regional llenos de condena a Augusto Pinochet y, como no, a la CIA y los EEUU. El tenor exclusivo de los artículos que ya han empezado a inundar los medios es el mismo: el quiebre de una larga tradición democrática en Chile, el inicio de la represión brutal con sus consecuencias ya conocidas de muertes y desapariciones, además de los muchos exiliados que salieron a refugiarse en países como Alemania del Este. Un infaltable ingrediente de esta narrativa es la participación de la CIA en el golpe de Pinochet señalada como el motivo principal. Todo lo que hace el progresismo es repetir su discurso de siempre: el imperialismo yanqui es la causa de todos los males y ellos, los de izquierda, son los buenos de la película.

Lo que el progresismo no quiere reconocer es el papel del comunismo internacional, comandado desde la URSS para convertir a Chile en la nueva plataforma continental de la agitación revolucionaria de izquierda, dando así el salto desde el Caribe hasta el extremo sur del continente. Una de las primeras cosas que hizo Allende, una vez encaramado en el poder gracias a un precario acuerdo del Congreso, fue correr a abrazarse con Leonid Brezhnev, secretario general del partido comunista de la URSS, y con Fidel Castro, monigote del imperialismo soviético, quien ya había convertido a Cuba en anexo de la URSS permitiendo no solo que los soviéticos instalen bases militares en la isla sino incluso misiles nucleares apuntando hacia EEUU. A ese nivel llegaba la dependencia y entrega de Castro a los soviéticos, además de su irresponsabilidad y desinterés por la suerte de los cubanos, al exponerlos a un seguro exterminio nuclear en una posible guerra entre las superpotencias, escenario en donde Cuba solo hacía el triste papel de lanzadera de misiles.

Pero no menos enfermiza era la mentalidad de Salvador Allende, comunista al fin. En una patética competencia con Fidel Castro, Allende también puso Chile al servicio y disposición de la URSS en el escenario bélico que planteaba en sus planes de dominación mundial y en la expansión del comunismo. Cuba ya era un apéndice de la URSS y había sido convertida en campo de entrenamiento de guerrilleros, listos para salir a participar en diversos países donde la penetración comunista se daba a través de varios partidos de izquierda financiados por la URSS y sus satélites. Los líderes de estos partidos viajaban a la URSS y Cuba a recibir adoctrinamiento y lineamientos de política mundial. 

En buena cuenta, los comunistas latinoamericanos hacían el papel de peones de los rusos en una lucha mundial que estos sostenían contra EEUU. Incluso Fidel Castro llegó al extremo de enviar tropas cubanas a luchar en las guerrillas de Angola. Más de medio millón de cubanos fueron enviados a luchar a otro continente durante 16 años, donde murieron al rededor de 25 mil cubanos para sostener el comunismo. Y todo eso financiado, desde luego, por la URSS. Ese era pues el nivel de sumisión y dependencia mental que la izquierda latinoamericana padecía ante la URSS, paralelamente a su odio fanático y mortal contra los EEUU y el "imperialismo yanki". Otro grupo del mismo grado de enajenación mental se arrodilló ante el comunismo Chino liderado por Mao Tse Tung, a quien veneraban cual dios. De ellos surgió Sendero Luminoso. 

Así que todo ese discursillo progre de la lucha por liberar a los pueblos oprimidos no pasa de ser una patética historieta infantil. El comunismo fue una verdadera enfermedad mental que ocasionó mucha muerte y miseria en el siglo pasado. Todo ese martirologio que el progresismo nos narra en estos días de conmemoración del golpe de Augusto Pinochet contra Salvador Allende, es una telenovela mal maquillada por la izquierda para venderla como tragedia de la democracia, una democracia que jamás les interesó y a la cual despreciaban. La meta de la izquierda era implantar una "dictadura del proletariado" a cargo de un partido único de los trabajadores, siguiendo el mismo modelo de todos los comunismos del mundo en esa época, y de la cual solo sobrevive Cuba como triste ejemplo. El golpe contra Salvador Allende no fue contra la democracia ni contra la Constitución, pues estas ya habían sido melladas, pisoteadas y ultrajadas por el comunismo chileno. Salvador Allende no tuvo límites en sus afanes reformistas y pasó por encima de la Constitución abandonando las formas mínimas de una democracia. La situación caótica a la que llevó a Chile es la misma que provocaron todos los comunismos y que hoy aun podemos apreciar en Cuba e incluso en Venezuela, que es una delirante muestra actualizada del neocomunismo o "socialismo del siglo XXI".

Quejarse por la intervención de la CIA y callarse en todos los idiomas la amplia y descarada intervención de la KGB y el Partido Comunista Soviético en Chile y Latinoamérica, es una nueva muestra de la típica miopía, hipocresía y doble moral progresista. La izquierda latinoamericana nunca ha asumido una sola culpa en las tragedias que vivieron muchos países de la región, asolados por guerrillas y terrorismo de izquierda. Y por supuesto, jamás pidieron perdón. Todo lo que siguen haciendo es victimizarse, asumir el ridículo papel de "luchadores sociales" perseguidos por malvadas tiranías. Esa es la mascarada que emplea la progresía para seguir ocultando su responsabilidad en el baño de sangre que vivió Latinoamérica. Chile (al igual que Argentina, Nicaragua y Cuba) fue un exportador de guerrilleros comunistas que sembraron el terror y la muerte en varias naciones. Algunos de ellos arribaron al Perú para sumarse al terrorismo del MRTA. (Ver nota aquí)

El aniversario del golpe de Augusto Pinochet debería servir para abrir el libro de la historia por completo y no seguir ocultando las verdades incómodas de la izquierda, si es que su nefasto pasado les incomoda. Lo que no vamos a acepar es que sigan victimizándose y pretendan hoy engañar a las presentes generaciones. El comunismo en el siglo pasado le costó a la humanidad más de cien millones de muertos, y en este siglo no permitiremos que vuelva a ocurrir.

jueves, 13 de septiembre de 2012

La opción por la violencia política

A continuación un breve extracto del ensayo de José Piñera sobre "Como Salvador Allende destruyó la democracia en Chile". En estas lineas se revela el clima de violencia política que vivía toda Latinoamérica debido a la influencia de la revolución cubana y el financiamiento de las grandes potencias comunistas. Todo ese clima perverso de odios enconados contra EEUU y occidente, desató una época de violencia que golpeó en mayor o menor medida a todos los países de la región; pero sin duda la más golpeada fue el Perú, y luego Chile. Pero la explicación de esa violencia se aprecia en esta narración, que es mucho mejor que la que nos puede exponer la CVR.

La opción por la violencia política

¿Cómo se explica que un presidente (Salvador Allende) que llegó al poder a través de una elección democrática ejercite después su poder en contra de la misma Constitución y las mismas leyes que le permitieron alcanzar el más alto cargo político de la República? ¿Por qué un Gobierno elegido democráticamente consideró necesario incurrir en veinte violaciones de la Constitución, es decir, al Estado de Derecho? 

La respuesta está en que una revolución comunista-socialista, que busca establecer lo que su misma doctrina ha denominado "la dictadura del proletariado", por definición no se puede hacer dentro de la Constitución y de la ley de una república democrática. 

Una cosa es para un dirigente marxista transformarse en presidente democrático de un país obteniendo el 36,2% de la votación, contando con la aceptación de un Congreso cuando a éste le corresponde la elección final, y otra muy distinta es adquirir la suma del poder necesaria para abolir la democracia y establecer un sistema totalitario. Para ello se requería una mayoría abrumadora como para realizar las modificaciones respectivas de la Carta Fundamental. Ello no ha ocurrido en la historia de la humanidad, pues todos esos regímenes han alcanzado el poder total a través de la violencia. 

Es un error atribuir la ruptura chilena a una tendencia más impaciente que otras al interior de uno de los partidos de izquierda marxista, o a una reunión sediciosa de diputados con marineros en un barco de la Armada, o incluso a un discurso delirante en un estadio llamando a la "insurrección de las masas". Estos hechos, que sí ocurrieron, pueden ser detonantes, pero la causa profunda fue una ideología y una praxis, tan sistemática como implacable, que concebía a la violencia como "la partera de la historia". 

Son claves para comprender el origen de la ruptura democrática los dos acuerdos oficiales del Partido Socialista de Chile adoptados, por unanimidad, en sus Congresos anuales de 1965 y 1967. 

Ya en su Congreso de Linares (julio, 1965), el Partido Socialista de Chile, que se definía como marxista-leninista, había sostenido lo siguiente: "Nuestra estrategia descarta de hecho la vía electoral como método para alcanzar nuestro objetivo de toma del poder... El partido tiene un objetivo: para alcanzarlo deberá usar los métodos y los medios que la lucha revolucionaria haga necesarios". 

Pero fue en su Congreso de Chillán cuando la postura sediciosa alcanzó su máxima expresión. Este tuvo lugar entre el 24 y el 26 de noviembre de 1967 y asistieron 115 delegados, y hubo además "delegados fraternales" de los Gobiernos comunistas de la URSS, Alemania Oriental, Rumania y Yugoslavia, del partido Baath socialista de Siria y del partido socialista de Uruguay. 

La resolución adoptada afirmaba que "la violencia revolucionaria es inevitable y legítima... Constituye la única vía que conduce a la toma del poder político y económico, y su ulterior defensa y fortalecimiento. Sólo destruyendo el aparato democrático-militar del Estado burgués puede consolidarse la revolución socialista... Las formas pacíficas o legales de lucha no conducen por sí mismas al poder. El Partido Socialista las considera como instrumentos limitados de acción incorporados al proceso político que nos lleva a la lucha armada. La política del frente de trabajadores se prolonga y se encuentra contenida en la política de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), la que refleja la nueva dimensión continental y armada que ha adquirido el proceso revolucionario latinoamericano" (Julio César Jobet, La Historia del Partido Socialista de Chile, 1997). 

El ideólogo del Partido Socialista, y futuro ministro de Relaciones Exteriores del presidente Allende, Clodomiro Almeyda, especuló sobre la forma en que terminaría este proceso: "La forma fundamental que en un país como Chile pueda asumir la fase superior de la lucha política, cuando el proceso vigente llegue a colocar a la orden del día el problema del poder, es impredecible en términos absolutos. Yo me inclino a creer que es más probable que tome la forma de una guerra civil revolucionaria, a la manera española, con intervención extranjera, pero de curso más rápido y agudo" (Revista Punto Final, 22 de noviembre de 1967). 

Cabe destacar que el Partido Socialista era el segundo de mayor tamaño del país, que sería el principal partido en la coalición, la Unidad Popular, que gobernó Chile entre 1970 y 1973, y que Salvador Allende era su más destacado militante. Su partido aliado, el Partido Comunista de Chile, era el mayor y mejor organizado de todos los Partidos Comunistas de América Latina, y el tercero en tamaño, después de aquellos de Francia e Italia, de todo el mundo occidental. 

Por cierto, todo esto ocurría en el contexto de la Guerra Fría, en la cual el Gobierno de la Unidad Popular se había aliado con la Unión Soviética en contra de Estados Unidos y la Europa democrática. 

Posiblemente sin haber leído jamás a George Orwell, Allende llamó a la superpotencia comunista el "hermano mayor" de Chile, en un discurso en el propio Kremlin el 7 de diciembre de 1972, en el cual agregó, tras reunirse con los máximos jerarcas soviéticos Leonid Brezhnev, Alexei Kosygin y Nikolai Podgorny, que había alcanzado una "completa identidad de puntos de vista" con los dirigentes comunistas. 

Esta adhesión a los regímenes comunistas venía de mucho antes. Desde ya, en el homenaje que se le hizo a Stalin en Santiago una semana después de su muerte en marzo de 1953, uno de los oradores principales fue el socialista Salvador Allende. 

Es ilustrativo recordar también el increíble homenaje a Stalin del importante dirigente comunista chileno Volodia Teitelboim: "Hoy ya duerme su gloria eterna en la cámara ardiente de la Sala de las Columnas de Moscú el camarada José Stalin. Hace apenas un día y algunas horas que murió el amado conductor de los trabajadores del mundo, el más grande, profundo y noble amigo de la humanidad... Ha muerto el padre y el jefe de toda la humanidad progresista. Ha muerto, como Mayakovsky decía de Lenin, el más humano de todos los hombres... Dio abundancia y existencia dichosa a su pueblo... Bajo la bandera de luto, pero siempre desplegada de Stalin, los pueblos marchan por el camino más corto hacia la segura victoria, hacia el mundo de la felicidad humana" (El Siglo, marzo de 1953). 

En la década del 60, Allende aceptó servir como presidente de la Organización Latinoamericana de Solidaridad (OLAS), un organismo castrista para exportar la revolución comunista al continente, la que había afirmado públicamente que "la revolución armada es la única solución para los males sociales y económicos de Latinoamérica". 

Claudio Véliz, historiador y amigo personal de Allende, sostiene que los viajes de Allende a Cuba tuvieron "una incidencia fundamental en el proyecto que pretendía aplicar en Chile. Tras ver Cuba, Allende pensó que podía acortar el camino. Pero la verdad es que se apartó de la tradición chilena... No cabe ninguna duda que el Gobierno de la Unidad Popular fue un desastre que nos llevó a la guerra civil" (El Mercurio, 28 de noviembre, 1999). 

Allende, siendo presidente del Senado, expresó en varias ocasiones su apoyo al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), grupo que inició la violencia guerrillera en Chile. Por cierto, la violencia había sido idealizada por los líderes de izquierda de Chile y el continente por un largo tiempo. 

En último término, los dirigentes marxistas chilenos no supieron resistir el embrujo de la Revolución comunista cubana. El tirano del Caribe, Fidel Castro, se transformó en el modelo y fueron intoxicados, como si fueran adolescentes, por la retórica y la acción revolucionaria del Che Guevara, quien llamaba a crear "múltiples Vietnam" en América Latina. 

Lo que es aberrante es que tantos dirigentes comunistas y socialistas chilenos, de quienes era esperable un mínimo de madurez y responsabilidad política, impulsaran, inicialmente con su retórica incendiaria, y más tarde con sus actos de Gobierno, a decenas de miles de jóvenes al abismo –y a las consecuencias– de la violencia política. 

En este contexto, es estremecedora la honesta confesión de un ex guerrillero argentino: "Hoy puedo afirmar que por suerte no obtuvimos la victoria, porque de haber sido así, teniendo en cuenta nuestra formación y el grado de dependencia con Cuba, hubiéramos ahogado el continente en una barbarie generalizada. Una de nuestras consignas era hacer de la cordillera de Los Andes la Sierra Maestra de América Latina, donde, primero hubiéramos fusilado a los militares, después a los opositores, y luego a los compañeros que se opusieran a nuestro autoritarismo" (Jorge Masetti, El Furor y el Delirio, 1999).