martes, 25 de junio de 2013

El verdadero garante de Ollanta


POR GONZALO ZEGARRA MULANOVICH

El verdadero garante de este gobierno es Luis Miguel Castilla, ministro de Economía y Finanzas, no Alejandro Toledo ni Mario Vargas Llosa. Si Toledo ya de por sí no podía garantizar ni su propia coherencia tras el agravamiento de sus escándalos inmobiliarios, su nombre se ha vuelto casi sinónimo de mendacidad. Vargas Llosa, por su parte, se moviliza en otra órbita. Castilla, en cambio, se yergue al pie del cañón, da la cara y se la juega –en sus propios y pragmáticos términos– por la continuidad de la sensatez económica. No dejó pasar la compra estatal de los activos peruanos de Repsol pero tuvo acaso que ceder con la ley chatarra de comida chatarra.

El problema es que la confianza empresarial peruana, volátil como es, parece depender en enorme medida de la permanencia de Castilla. Ante la turbulencia mundial de los mercados registrada la semana pasada, Castilla tuvo que declarar que no está pensando en renunciar para calmar las aguas, pues coincidentemente arreciaron otra vez fuertes rumores sobre su alejamiento. Pero las principales causas del remezón eran externas: el anuncio anticipado del fin de estímulo monetario en Estados Unidos a partir del próximo año, la desaceleración de China, el estancamiento de Europa, y los disturbios en Turquía y Brasil. Ante factores de tal naturaleza, la capacidad de maniobra del MEF es obviamente muy limitada.

Y en cambio los fundamentos económicos del país sí constituyen una artillería razonablemente robusta como para afrontar el temporal, sin caer desde luego en la ilusión del desacoplamiento. Para comenzar, tenemos US$67,000 millones de reservas internacionales netas… la economía peruana, pues, no va a sucumbir por este ruido. Además, la base estructural que la sustenta no es tan fácil de desmantelar: cualquier economía política tiende a institucionalizarse. Es decir, en el Perú no hay institucionalidad política pero sí cierta institucionalidad económica; de ahí que la economía resulte más confiable que la política.

Lo paradójico es que, políticamente, lo que se ha institucionalizado en el Perú es la falta de institucionalidad. Por eso el gobierno necesita garantes y por eso los garantes ilusionan en el Perú más que los fundamentos. En el BCR la sólida presidencia de Julio Velarde –que a diferencia de Castilla no puede ser removido– deja a todos tranquilos hasta el extremo de la despreocupación, pero lo cierto es que los directores sin nombrar por el Congreso apenas le permiten sesionar con quórum, y eso debilita la institucionalidad del ente emisor.

La sensatez fiscal y monetaria ganada hace veinte años es sin duda necesaria –pero no suficiente– para el crecimiento y el desarrollo del país. Que esa sensatez dependa de garantes sugiere que no se ha asentado todavía como para servir de base a reformas más ambiciosas. El riesgo de caer en la trampa de los ingresos medios genera un círculo vicioso, porque la confianza empresarial se alimenta a su vez de grandes expectativas. A falta de éstas, sólo podremos aspirar a la medianía económica.