jueves, 23 de agosto de 2018

Entre la mentira y el odio


Por: Erick Flores Serrano 
        Director del Instituto Amagi - Huánuco

Miles de inmigrantes venezolanos siguen pasando la frontera peruana y llegan a nuestro país para buscar una mejor vida, para buscar las oportunidades que en su tierra -gracias al socialismo- ya no existen. Este fenómeno, pese a la disposición peruana de exigir el pasaporte a los inmigrantes (medida que entrará en vigencia a partir del 25 del mes en curso), sigue generando controversia en la opinión pública. A favor o en contra, lo importante es hacer algunas aclaraciones sobre esta situación porque mucho se ha dicho hasta el momento y casi nada es cierto.

“Los venezolanos cobran un salario mínimo más elevado que cualquier peruano”. “Los venezolanos tienen acceso a educación gratuita y seguro de salud”. “Los venezolanos van a ejercer su derecho a sufragio en las próximas elecciones de octubre”. “Los venezolanos tienen una serie de beneficios estatales que no tiene ningún otro peruano”. Estas son algunas de las cosas que se han venido diciendo sobre la inmigración, generando un rechazo bastante marcado en la sociedad peruana, rechazo que está rozando la xenofobia.

La xenofobia es un mal muy triste, se trata de un rechazo irracional e injustificado frente a cualquier persona que sea extranjera. Este rechazo frente al extranjero (venezolano en este caso), por si no fuera poco que sea irracional e injustificado, tiene su base en todas las mentiras que se han venido diciendo desde que la ola migratoria comenzó a crecer. El venezolano que llega al Perú no cobra un salario mínimo más elevado, no tiene educación gratuita y seguro de salud, no votará en las elecciones de octubre y no tiene ningún beneficio de parte del Estado. Para que los venezolanos que llegan al Perú puedan acceder a todos estos “beneficios”, tendrían que tener la nacionalidad peruana, tener un DNI expedido por RENIEC y así obtener la condición de ciudadanos en el Perú, con lo que se les reconoce derechos y deberes ante las leyes peruanas. Sin la nacionalidad, nada de lo que se ha venido diciendo puede ser cierto. No son más que mentiras malintencionadas que exhiben con gracia los peores elementos de nuestra sociedad.

Que el ingreso de los venezolanos al Perú tendrá consecuencias en el mercado laboral y en la economía peruana, sí, es cierto; que todos los venezolanos que ingresan al Perú no son gente de bien, que algunos son gentuza que solo busca vivir de lo ajeno, ya sea a través del robo ilegal o del robo legal (Estado), sí, también es cierto; que nuestra sociedad tiene sus propios problemas y que debemos preocuparnos en ellos, antes que en los problemas de otros, quizá también sea cierto; y creo que nadie podría negar estos hechos pero lo que debe quedar claro para todos, es que nada puede justificar la xenofobia, absolutamente nada.

La mayoría de peruanos, en especial las personas mayores de 35 años, comprenden la situación de los venezolanos y se muestran compasivos, muy solidarios ante su desgracia. Quizá porque -en parte- ellos vivieron en carne propia la tragedia que hoy atraviesa el país petrolero. No olvidemos que la escasez, la hiperinflación, el desabastecimiento, las colas, la miseria, la muerte y el hambre, no son cosas extrañas en nuestra historia. No olvidemos que desde la dictadura de Velasco hasta el primer gobierno de Alan García, nuestro país sufrió todo lo que hoy sufren los venezolanos. La experiencia nos permite, como sociedad, justificar nuestra solidaridad y empatía frente al ser humano moralmente destruido por el socialismo.

Algunas personas dicen que nuestra sociedad debe brindar ayuda humanitaria a los venezolanos porque ellos, cuando los peruanos la pasaban mal por estos lares, también los recibieron y ayudaron. Tiene sentido pero incluso si esto no hubiera ocurrido jamás, la compasión y la ayuda por el prójimo nunca sobran. Lo cierto es que nadie está obligado a ayudar a un venezolano, ni siquiera estamos obligados a ayudar a nuestros compatriotas ante una desgracia pero lo hacemos. El ser solidario, así como pasa con todas las virtudes, no soporta el modo imperativo. No ayudar al caído en desgracia no nos hace malas personas pero el ayudarlo sí, es una cuestión moral.

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