lunes, 26 de marzo de 2018

El otoño del patriarca japonés


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El lío desatado entre los hermanos Kenji y Keiko Fujimori, disputándose la herencia política de su padre, no solo trasciende a la familia Fujimori sino que incluso traspasa las fronteras del país. Ya son muchos los que desde afuera nos miran con compasión. El reality show que tiene al país en vilo ha entrado en una etapa crucial, en que el menor de los hermanos, Kenji, puede ser desaforado del Congreso y puesto en manos de la justicia.

El caso es bastante simple de entender. La heredera natural del legado de Alberto Fujimori era su hija mayor Keiko, quien además lo acompañó en la mayor parte de su gestión en el rol de primera dama, que asumió a los 19 años. Al colapsar el gobierno de Alberto Fujimori y mientras el ambiente se caldeaba con las hogueras encendidas por el antifujimorismo histérico desatado en las calles, Keiko fue la que se quedó hasta el final dando la cara, mientras los colaboradores de su padre eran encarcelados. Desde luego, también se irían luego contra Keiko acusándola de diversos delitos, y hasta la fecha Keiko nunca ha dejado de ser investigada por la Fiscalía. Toda la vesania del antifujimorismo patológico fue dirigida contra Keiko, mientras Kenji jugaba con muñecos.

El antifujimorismo se convirtió rápidamente en la ideología oficial del país, y en la pose correcta para los políticos y la prensa. Aun así, en las elecciones generales del 2006, el fujimorismo no se amilanó sino que presentó como candidata presidencial a la abogada Martha Chávez Cosío y a Keiko al Congreso. En pleno auge la furiosa campaña antifujimorista desatada por el gobierno de Alejandro Toledo y la Comisión de la Verdad, a los que se sumaron las ONG de izquierda y la mayoría de periodistas subidos al cargamontón del antifujimorismo para posar como decentes luchadores anticorrupción y defensores de la moral política y la democracia, Martha Chávez cosechó cerca de un millón de votos quedando en cuarto lugar, y Keiko salió elegida congresista con la más alta votación. Esos fueron los rostros que presentó el fujimorismo en sus horas más duras.

Por su parte, Kenji postuló sin éxito al gobierno regional de Lima en el 2006, pero luego fue elegido congresista en el 2011 con la votación más elevada. Desde entonces se mantuvo con un perfil bajo, siempre detrás de su hermana, sin tener una participación relevante en la escena política. Pero todo cambia en las elecciones del 2016, cuando Kenji da muestras de alejamiento. Ni siquiera fue a votar por su hermana, la candidata presidencial. Al parecer se cansó de vivir a la sombra de su hermana, le crecieron las ambiciones políticas y empezó a abrirse paso buscando construir su propio liderazgo, algo que pasaba necesariamente por quitar del trono a Keiko, y de cualquier manera.

No es pues ningún secreto que a Kenji lo picó el bichito del poder. El problema es que en lugar de mostrar claramente sus intenciones y crear su propio movimiento desde el principio, prefirió ser la oveja negra del partido Fuerza Popular. Sus ansias de poder y figuración lo llevaron a confrontarse públicamente con las posiciones del partido, incluso en cuestiones nimias. Sin embargo, era obvio que con solo malcriadez y rebeldía no iba a conseguir un papel relevante en la política. La prensa pronto lo perfiló como un sujeto díscolo y desorientado que solo buscaba cámaras. Por lo tanto, la estrategia que utilizó Kenji fue asumir la libertad de su padre como meta política.

Fue una buena estrategia, finalmente, porque consiguió jalar la simpatía de las bases fujimoristas que viven idolatrando a Alberto Fujimori como el caudillo mítico. Mientras que la estrategia de Keiko fue no politizar la libertad de su padre, la de Kenji fue exactamente lo contrario, por lo que no le importó meterse a palacio de gobierno a sacurdirle el polvo al saco del presidente Kuczynski. De pronto Kenji se volvió franelero presidencial y prácticamente se pasó a las filas del oficialismo. El punto crucial se presentó durante la vacancia del presidente en diciembre último, cuando Kenji no dudó en negociar la libertad de su padre a cambio de salvar a PPK. En la hora final, fueron los congresistas que Kenji pudo reclutar para su causa quienes salvaron temporalmente a PPK. Una semana después Alberto Fujimori era indultado por el presidente.

Desde luego que la libertad de Alberto Fujimori catapultó la fama de Kenji y este se convirtió en el nuevo líder de la facción albertista del partido. Para pulir más su estrella, Kenji no dudó en culpar a Keiko del encierro prolongado de su padre y de pretender desestabilizar al país con la vacancia. Las bases estaban enardecidas con la libertad del patriarca de los Fujimori y vitorearon a Kenji. 

Pero toda fama es temporal y tal vez la de Kenji sea la más temporal de todas, pues las revelaciones de los enjuagues a los que siguió recurriendo para volver a salvar al presidente de la siguiente vacancia, han puesto su cabeza en la picota. Tal parece que la única expertise política de Kenji es la maquinación y compra de lealtades a cambio de prebendas. El compromiso político adquirido con PPK al liberar a su padre a cambio de votos, lo mantuvo en la misma tarea de reclutamiento de congresistas para superar el segundo proceso de vacancia. Lo que Kenji nunca previó es que sería sorprendido por uno de estos congresistas convocados para vender su voto. 

Kenji nunca contó con la astucia de un tal Mamani. Un congresista puneño que no dudó en filmar los enjuagues sucios en los que andaba el menor de los Fujimori. El escándalo de los #KenjiVideos precipitó la renuncia de PPK y dejó a Kenji como palo de gallinero. Hoy que todo acabó para PPK y que Alberto Fujimori anda suelto, el pobre Kenji parece no tener mayor razón para seguir viviendo políticamente. Su pretendido partido propio "Cambio 2021" tendrá que esperar a que la Fiscalía acabe de investigarlo si es que antes el Congreso no lo desafora. 

El último video de Kenji lo pinta de cuerpo entero como el pobre diablo que es, y deja notar sus evidentes limitaciones mentales, que van más allá de andar identificándose con figuritas de anime. En su video de respuesta desesperada, Kenji no solo abandona a su más leal seguidor, el congresista Bienvenido Ramírez, de quien se desembaraza y marca distancias, lavándose las manos. Además acusa a su hermana de algo que él mismo está practicando: la lucha por el poder. En una evidente confesión de su propia conciencia, Kenji dice que acá no hay ninguna lucha contra la corrupción sino una guerra por el poder político. Habló su subconsciente. Es claramente lo que él ha venido haciendo al tratar de salvar a un presidente hundido hasta el cuello en la corrupción. 

El fujimorismo tiene solo dos opciones. Seguir a Kenji, un sujeto que ya demostró carecer de escrúpulos y valores, con claras limitaciones mentales, cuyo único logro político es haber negociado suciamente la libertad de su padre, y quien además pretende convertirse en abanderado del viejo fujimorismo noventero bajo la sombra de su padre, incluyendo las artimañas como metodología política, o, de otro lado, seguir apostando a Keiko con un partido ya institucionalizado que pretende renovar la política mirando al futuro. A decir verdad, sería muy tonto para las bases fujimoristas abandonar el barco de Fuerza Popular que marcha sólidamente hacia el futuro, para treparse a un bote flotador infantil que ya empezó a desinflarse en las aguas tempestuosas del desprestigio temprano. Pero todo puede suceder en la política peruana.

Tal vez estemos a poco del final de la telenovela, cuando Kenji acabe haciéndose el harakiri y Keiko termine en la soledad, abandonada por las bases que se irán a sahumar al patriarca japonés en su agonía final.

domingo, 25 de febrero de 2018

La estupidez caviar


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Empezar el lunes siempre es pesado. Pero lo es más cuando de arranque te chocas con algo nefasto, por ejemplo, un artículo en el diario que te deja la impresión de haber pisado alguna deyección canina. Es lo que me deja el artículo de la activista caviar Rocío Silva Santisteban, publicado en el pasquín rojo La República, con el corto pero significativo título: "Estúpidos". Por lo general es mejor ignorar los artículos de esta señora, incluso el diario entero, pero a veces es como dije: toparse inadvertidamente con una deyección en tu camino. Tomaré esto como pretexto para ocuparme de la fábrica mediática caviar destinada a la demolición de lo poco que queda de la derecha liberal.

La señorona en cuestión, esforzada defensora de los derechos de los terroristas, se ocupa del racismo que practican los jóvenes de ciertos colegios, expresado mediante publicaciones hechas en ese panel de idiotas que es mayormente el Facebook infantil. Lo que en realidad pretende esta activista, que hace tiempo abandonó cualquier perfil intelectual, es despotricar contra cierta "clase social" que ella identifica con la derecha. Son los colegios que cuestan 1,500 soles de pensión mensual, dice.

Textualmente escribe "lamentablemente luego estos jóvenes se convierten en la DBA y pasan a gerenciar alguna empresa de su padre o son ministros de algún presidente cholo". Está claro que sus palabras no están cargadas de amor sino de odio clasista y de prejuicios baratos, además de mucha ignorancia sobre la psicología infantil. Lo curioso de los caviares es que este odio clasista está dirigido a su propia clase. Eso es lo que identifica más a un caviar. Los caviares son los hijitos bien de papá que salieron con el cerebro retorcido y acabaron renegando de su propia esencia social, y añoran ser como los cholos que observan a través de las lunas polarizadas de sus camionetas 4X4. 

La señora Rocío Silva Santisteban, autora de este clasista artículo, se educó nada menos que en el pitucazo colegio Santa Úrsula. ¿Cuánto cuesta la pensión en ese colegio que exige alemán intermedio para recibir un alumno en secundaria? La clasista señora RSS que despotrica contra los colegios caros, figura en la promoción 79 junto a refinadas compañeras de clase social con apellidazos como Wiese, Rouillón, Gambirazio, Durant, Cisneros, Dibós, etc. Crema y nata de la sociedad limeña que seguramente no discriminaban a sus amas cuando las vestían y cuidaban en su juventud. Claro que en esos días ellas no tenían Facebook para hacer público sus pensamiento racista.

Pero aun queda más. Luego del Colegio Santa Úrsula nuestra combativa activista caviar se educó en la pitucaza Universidad de Lima. Y no solo eso, sino que luego se fue al imperialista país de los EEUU para estudiar en la pitucaza Universidad de Boston. Aunque después nuestra combativa caviar no haya pasado a gerenciar una empresa de su papi sino que acabó manejando una ONG roja, lo que sí ha hecho es aprovechar todas las puertas que su ilustre apellido le abre automáticamente en el círculo académico y mediático. Que es casi lo mismo.

Ahora, desde la cómoda posición que ha alcanzado gracias exclusivamente a su apellido y privilegiada posición de clase, se ha vuelto una caviar amargada que las emprende contra su propia clase social, contra su propio colegio y sus amistades de la DBA. Se da el lujo de insultar a todo un segmento político "la DBA" por las travesuras que unos infantes hacen en el Facebook, como si no supiera el grado mental que tienen los jóvenes que juegan en la web. Debería mejor ocuparse de los jóvenes progres que salen a armar alboroto en las calles ante cualquier convocatoria por Facebook.

Habría que pedirle a esta señora que controle sus odios de clase. Tómese un diazepam antes de escribir sus artículos y pídale disculpas a sus compañeros de promoción, por lo menos. Lo curioso es que quienes hablan de la DBA son los que más dan muestras de esas cualidades. ¿O acaso no existe una izquierda bruta y achorada? Más bien diría que esos tributos calzan mejor con la izquierda.

Nota: Este artículo se publicó originalmente en La Mula, el 20 de febrero del 2012. 

jueves, 15 de febrero de 2018

Defender al pueblo o al Estado


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Una de las confusiones más recurrentes de nuestros políticos es creer que los intereses del Estado son los mismos que los del pueblo. Veo en la televisión a combativas congresistas defendiendo con vigor lo que llaman “los intereses del Estado”. Pero no entiendo por qué se dedican a eso, pues a ellas no las eligieron para ese rol que es el de la Procuraduría. Nuestros congresistas deberían dedicarse a defender los intereses del pueblo, que no son los mismos que los del Estado.

Pongamos un ejemplo. Hay congresistas que están empeñados en cobrar la reparación civil de parte de lo que llaman “empresas corruptas”. Bajo esta misma lógica también deberían hablar del “Estado corrupto”. Pero como resulta que la gran mayoría de nuestros políticos son fervientes estatistas y enemigos de la empresa privada, sufren de esta miopía y solo ven la corrupción en las empresas, cuando es obvio que el Estado es el padre de toda la corrupción. Con igual rigor deberían pues hablar del Estado corrupto, del que son parte.

Estos congresistas combinan todos los defectos de la peor de las clases políticas: son populistas, demagogos, ignorantes, irresponsables y estatistas consumados. Algunos, como Yonhy Lescano  tienen el paquete completo. A ellos les importa poco o nada llevar a la quiebra a una gran empresa peruana como Graña y Montero solo por cobrarse la consabida reparación civil a favor del Estado. ¿Pero qué es lo que le conviene al pueblo peruano?

Evidentemente al pueblo peruano en nada le beneficia que el Estado corrupto se embolsique varios millones de dólares, dinero que se diluirá en la maraña anónima de la burocracia y acabará igual en bolsillos de otros corruptos amiguetes del Estado. Al pueblo no le llegará ni un sol de esas millonarias reparaciones civiles que están locos por cobrar. Y si encima eso significa la quiebra de grandes empresas peruanas que dan empleo a varios miles de peruanos y sus familias, es obvio que quienes llevarán las de perder al final de todo este circo histérico será el propio pueblo, como siempre.

Lo que al pueblo le conviene es que las grandes empresas peruanas que dan empleo a más de cincuenta mil peruanos, dinamizando con sus obras la economía de vastas regiones, sigan operando y dando empleos. 

De manera que harían bien los congresistas en dilucidar si lo que quieren es defender los intereses del Estado, es decir, a esa costra de burócratas que forman parte del Estado corrupto, o están allí para defender los intereses del pueblo que los eligió.

Es penoso ver políticos a quienes les parece correcto ponerse del lado del Estado y combatir a la empresa privada. Evidentemente estos señores están más confundidos que cuy en tómbola. Incluso el Defensor del Pueblo asume estas ridículas posturas. Y hay gente que anda tan extraviada en temas políticos que llega a rebuznar frases tan disparatadas como “el Estado somos todos”. 

No señores. El Estado no somos todos. El Estado es la costra de burócratas que se encarga de manejar la cosa pública en el enorme andamiaje de los tres poderes públicos y su interminable red de entidades afines, empezando por los políticos que hacen de congresistas y ministros. Nosotros, el pueblo, no somos parte del Estado; nosotros somos los que mantenemos a ese Estado corrupto e ineficiente con nuestros impuestos, es decir, con nuestro trabajo, tanto en la actividad personal profesional como desde empresas privadas de todo tamaño, empresas con las que resolvemos necesidades de la sociedad, damos empleo, pagamos impuestos, capacitamos, movemos la economía de varios sectores y hacemos grande este país. 

No nos confundan. El pueblo no es el Estado. Y todo político que está en contra de la actividad empresarial privada, en realidad está en contra del pueblo.