lunes, 6 de enero de 2014

La verdad detrás del cuento progre


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

En un negocio donde lo que se vende son noticias, estas deben elegirse de acuerdo al interés de las personas que constituyen el mercado de las noticias, o al menos el segmento del mercado al cual ese medio se dirige. El interés está puesto en vender tales noticias. Por eso es importante que las noticias sean lo que la gente quiere y espera. Quien antepone otra clase de criterios está destinado al fracaso. Hay algunos que prefieren adoctrinar o convertirse en una trinchera política para defender al gobierno o su líder o aniquilar adversarios. Estos no deberían quejarse si fracasan. Solo pueden subsistir si el gobierno o un partido los mantiene pero no compitiendo.

Por otro lado, en el mundo empresarial crecer es un imperativo. Las empresas deben crecer. Todas tienden a ello y es vital para competir y tener éxito. Eso no se puede condenar ni restringir por el hecho de que el negocio sea la venta de noticias. Eso sería estúpido. 

Estas cosas evidentes y propias del mercado y los negocios pueden llegar a afectar algunos valores, es cierto. Por ejemplo la clase de noticias puede no ir con mis gustos e intereses. Pero eso no le da derecho a nadie a levantar banderas de ética y moral para censurar medios. Otros piensan que sí, son los totalitarios que nunca faltan. Lo mismo pasa con las fusiones y ventas de las empresas de noticias. Una cosa son los negocios y otra los valores que maneja la gente y sus miedos y creencias. Lo mejor es que los valores, la ética y la moral sean manejados de manera directa. Lo hace cada persona al elegir qué comprar, qué ver, que oír. No lo debe hacer un gobierno ni el Estado. El manejo de los valores hay que dejárselo a las personas. Lo único que debe preocuparnos es que exista plena libertad para elegir y para publicar.

Mucha gente confunde las cosas, mezcla los criterios y cree que sus valores están por encima de todo, por consiguiente censura aquello que no juega con ellos. Ignora que no todo está regido desde su perspectiva de valores. Además hay valores y valores. A veces defender un valor implica aplastar otros. Lo realmente nefasto ocurre cuando alguien denuncia medios como si fueran una anomalía perversa, asumiendo así el rol de censor y director de los valores, usando un discurso cursi que causa confusión. La izquierda, por ejemplo, cuando está en el poder suele manipular los valores de la libertad de expresión y la democracia para satanizar a los medios críticos y censurarlos. Es fácil comprobar que donde la izquierda está en el poder son estos valores los que han sido fulminados.

Hace tiempo que vemos a Ricardo Belmont escupiendo su odio a los medios que tienen éxito, y lo hace desde su precario canal donde él sigue siendo la figura principal, un canal que sobrevive al borde del colapso. Algo similar ocurre en estos días con otros medios que no son tan exitosos. Uno de ellos está por ser rematado porque debe a la SUNAT una millonada. Estos, al igual que Belmont, reniegan de otros medios más exitosos pero lo hacen apelando a la farsa de la libertad de expresión, como si esta estuviese en peligro. Y lo curioso es que para "garantizar" la libertad solicitan que el Estado regule los medios. Algo insólito. Lo que evidencia su hipocresía y trasfondo político. En el fondo lo que quieren es sobrevivir a pesar de su fracaso. Así que La República y Belmont apelan a los valores para ocultar sus intenciones reales.

Ahora la diferencia es que ya no se trata del solitario loco Belmont defendiendo la moral en los medios y el complot contra su canal, sino de "La República", nido del rojerío nacional que ha montado todo un gran psicosocial bien orquestado, con simposios, conferencias, entrevistas y otras formas de difusión y bullying mediático para atacar a su competencia. De hecho son tan efectivos que hasta el mediocre presidente que tenemos ha caído en sus redes y levantado la voz para defenderlos. El drama que se ha montado tiene el nombrecito de "concentración de medios". A diferencia de la cantaleta de Belmont, esta vez el éxito del show de La República y sus mermeleros ha sido total.

Una vez más hay que advertirle a los incautos que cuando vean una campaña de causas nobles y justas lo primero que deben hacer es sospechar. Acá nadie está preocupado por la moral ni por la libertad ni por la democracia, y menos los rojos, progres y caviares que aplauden la dictadura cubana, chavista, los excesos de Cristina contra la prensa en Argentina y que aun viven soñando con Velasco. Detrás de toda la palabrería cursi de los valores siempre hay intereses, odios, revanchismo, envidia, rencor, etc. Así que detrás de toda esa ridícula cantaleta de la progresía solo hay miseria humana queriendo salir a flote. Es simple afán de sobrevivencia, y para ello no les importa mentir, exagerar, fingir y montar toda una farsa llamada "concentración de medios". Lo que en verdad buscan es sobrevivir sin tener que competir.

domingo, 5 de enero de 2014

El llanto progresista por la libertad de expresión


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Esta cantaleta de la "concentración de medios" es el cuento más burdo y ridículo que ha montado el progresismo en los últimos tiempos. Son campeones en montar psicosociales a partir de puras mentiras. De eso ya estamos curtidos. La estrategia es siempre la misma: mentir, mentir y mentir todos los días. En esta ocasión la modalidad elegida es una bien conocida: crear un monstruo (el grupo El Comercio), asustar con un supuesto peligro inminente (la libertad de expresión está en riesgo) y luego presentarse como los buenos y salvadores. ja ja ja En fin...

Así pues resulta que La República es el príncipe que rescatará a la doncella (el pueblo) de las garras del malvado Grupo, salvando su honor para que la libertad de expresión quede invicta. Se requiere una alta dosis de imbecilidad para creer en este cuento. La verdadera historia es muy diferente. 

El lio empieza cuando La República no puede comprar acciones de EPENSA y es El Comercio quien adquiere tales acciones. O sea, es una simple transacción comercial donde unas acciones cambian de mano. Todo lo demás quedó exactamente igual. Nada ha cambiado en el panorama. Salvo que La República se quedó con la pica porque EPENSA tiene muy buena facturación, bordeando el 27% del mercado. Eso es todo. O sea, es un lío de dinero. Allí empieza todo el cuento progre y la cantaleta con que aturden a diario.

El montaje de la mentira progre tuvo que apelar a los supuestos riesgos de la libertad de expresión. Han repetido al pie de la letra las mismas falacias que la progresía viene repitiendo desde hace un siglo y quizá más, es decir, que los grupos de poder controlan la prensa. Con esa cantaleta burda el chavismo persiguió periodistas y canceló la libertad de prensa y de expresión en Venezuela. Lo mismo ha hecho Rafael Correa en Ecuador pretendiendo que toda la prensa tenga su misma manera de entender la realidad. Lo mismo hizo Cristina Fernandez en Argentina yéndose contra el grupo Clarín por no apoyar sus políticas. El cuento es el mismo en todos lados. Y la razón es la misma que ha expresado el cada vez más progresista MVLL: una prensa que acosa con críticas al gobierno. 

El único riesgo que ha corrido la libertad de expresión en todos lados ha sido siempre de parte del gobierno controlado por el progresismo. La izquierda es totalitaria en todos lados. Su ideología, o sea, su manera de entender la realidad, los hace totalitarios. La izquierda progresista nunca ha sido democrática porque no cree en las virtudes de la libertad individual ni en el poder de los ciudadanos libres. El progresismo vive convencido de que el mundo es controlado por "grupos de poder" y que por tanto debe combatirlos y aniquilarlos utilizando el poder del Estado. Al hacerlo, inevitablemente destruyen los motores del progreso y de la economía que surgieron del trabajo, el esfuerzo y la inspiración de varias generaciones, a veces partiendo de la misma pobreza. Es por eso que la izquierda solo sabe crear miseria y crisis.

Lo concreto y real es que no existe ninguna concentración de medios en el Perú y mucho menos en la prensa escrita que no tiene límites mientras no se prohíba publicar. Pero si hay periodistas multimediáticos como Augusto Alvarez Rodrich, quien escribe en La República todos los benditos días, y además conduce no uno sino dos programas de TV y otro en la radio. Esa es la única y verdadera concentración de medios. Y este señor tiene el cuajo de quejarse. 

El único riesgo de la libertad de expresión proviene siempre del gobierno y del Estado. Hay riesgo cuando se pide una ley de medios y cuando se alienta a que el Congreso discuta asuntos de medios. Mientras haya libertad para publicar y libertad para comprar no existe riesgo alguno. Es el ciudadano libre el que decide qué comprar, que ver y oír. Lo que debería hacer La República es aprender a competir. Nadie le impide sacar un par de diarios más o una revista y sintonizar mejor con los gustos e intereses de la gente. Los progresistas deberían aprender a competir y ganarse su espacio con su propio esfuerzo, y no solo comprando acciones de empresas ya exitosas y menos pidiéndole ayuda al Estado. Por desgracia, el único talento que ha mostrado la izquierda es mentir y engañar.

viernes, 3 de enero de 2014

La ideología progresista y los medios


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El cerebro de todo progresista es bastante elemental. Su pensamiento gira siempre en torno al mismo monotema: "grupos de poder". Todo progresista vive convencido de que el mundo está acechado por grupos económicos, interesados en conquistar el poder para mantener a los pobres más pobres. Ellos serían los causantes de nuestra pobreza. Ese es el cuento que les contaron de niños y es en buena cuenta el fundamento del marxismo. Al rededor de esta lógica simplona (porque además de simple es burda) se estructura todo el pensamiento progresista. Cualquier tema será irremediablemente "analizado" mediante esa regla de tres simple progresista, desde la política económica hasta la minera, pasando por la educación y acabando en los medios. Siempre añadiéndole su clásica cháchara barata en torno a valores santificados como la dignidad y la justicia. Y listo. Así es como funciona todo cerebro progresista.

Debido a la precariedad de su pensamiento, los progresistas se ganaron el título de idiotas, apelativo que saltó a la fama cuando se publicó el "Manual del perfecto idiota latinoamericano", una obrita que en tono de sátira retrata exactamente cómo funciona el cerebro del típico idiota progresista latinoamericano que ve "grupos de poder" en todos lados, desde los EEUU y la CIA hasta las transnacionales o cualquier empresa importante. Siempre está condenando la acción de estos "grupos de poder" y culpándolos de todos los males. Y desde luego, se opone a todo lo que hagan. La única solución para enfrentar con éxito semejantes monstruos es convertir al Estado en otro monstruo. Solo el Estado poderoso podrá competir y derrotar a los grupos de poder. Más aun, en tanto que se trata de grupos de poder económico, solo el control de la economía por parte del Estado puede garantizar la derrota de tales grupos.

Demás está decir que la realización de los sueños progresistas provoca invariablemente desastres mayúsculos, muy semejantes al Apocalipsis. Los pueblos que tienen o han tenido la desdicha de ser gobernados por un delirante idiota progresista padecen los males, perversiones y miserias más dramáticas de la existencia humana. El mejor ejemplo de esto es sin duda la desdichada Venezuela chavista.

Para un progresista es imposible comprender cómo funciona realmente el mundo. Su incapacidad para entender la realidad lo lleva a creer en la estupidez de su ideología. Lo que vemos hoy en el debate en torno a la llamada "concentración de medios" es una grosera y viciosa repetición del mismo cuento progresista de toda la vida: grupos de poder que amenazan la libertad de expresión; ergo, el Estado como gran solución. No hay manera de hacerles entender que la única amenaza a la libertad proviene del Estado y que mientras haya libertad siempre se podrá publicar. Al final es el público el que, ejerciendo su libertad de elegir, decide qué periódico comprar, que canal ver, qué radio escuchar. Salvo el Estado, no existe otro poder que pueda impedir que la gente publique y compre los medios que quiera.

Lo curioso de todo esto es que Mario Vargas Llosa, otrora liberal y ex progresista converso, se ha sumado a la campaña de la "concentración de medios". No me cabe duda que sus odios mezquinos han eclipsado su inteligencia, no solo cuando prefirió apoyar al mamarracho de Ollanta Humala, secundado por toda la izquierda, sino cuando decidió renunciar a escribir en El Comercio porque este diario no apoyaba a su candidato. Haciendo todo un berrinche, MVLL se pasó a La República acusando al Comercio de ser parcializado, como si La República no lo fuera. Hoy es parte de la comparsa progresista que pide que el Estado meta la cuchara en los medios. Toda una hazaña de autodesprestigio intelectual.

En el 2007 MVLL elogió la aparición del libro "El regreso del idiota", el nuevo ensayo que analizaba a las nuevas generaciones de progresistas latinoamericanos. Entonces escribió: "Una década después, los tres autores vuelven ahora a sacar las espadas y a cargar contra los ejércitos de "idiotas" que ¡quién lo duda! en estos últimos tiempos, de un confín al otro del continente latinoamericano, en vez de disminuir parecen reproducirse a la velocidad de los conejos y cucarachas". Al parecer MVLL ya se ha sumado a ese ejército. Una lástima declarar oficialmente perdido a este escribidor que al final de sus días parece ser víctima de la idiotez progresista, quizá como efecto de algún mal degenerativo propio de la senilidad.