domingo, 6 de mayo de 2018

Otra marcha por la iglesia


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Una vez más se desarrolló la llamada "Marcha por la vida", el corso organizado por el Episcopado de Lima, es decir, por el propio cardenal Juan Luis Cipriani, y cuenta con el apoyo de varias iglesias evangélicas o cristianas. En la marcha puede verse la experiencia y capacidad de organización que tienen las iglesias, además de fondos, y que involucra parroquias, conventos, colegios religiosos, etc. Gran parte de la marcha se compone de jóvenes y niños, además de activistas vinculados a la iglesia. Según informa el cardenal, la marcha de este año ascendió milagrosamente a 800,000 personas. No dudamos que el próximo año anunciarán un millón.

Pero hablemos de lo que significa esta marcha. En primer lugar es una manifestación religiosa. De eso no hay que dudar. Es una manifestación callejera que la derecha clerical lleva a cabo para hacer alarde de su número frente a las izquierdas, y mostrarse como una potencial fuerza electoral. Así es como lo plantean en sus anuncios de las redes sociales. Incluso ya han dado a conocer un manifiesto claramente político, donde advierten que no votarán por candidatos que no se declaren pro vida y pro familia. Así que estamos advertidos.

Leyendo con calma el histérico "Manifiesto por la vida, la familia y los valores del Perú", debemos preguntarnos si estas personas están cuerdas, porque eso de plantear que el Estado claudique ante la iglesia y adopte los fines y principios que dicta la religión, es como si volviéramos a la Edad Media. Aunque no dudo que toda esta gente aun permanece en esa época. He visto a varios alucinando ser cruzados en sus imágenes de perfil. 

Me parece bien que hagan alarde de su número en la marcha, pero tendrían que tomar en cuenta que más de la mitad son adolescentes y niños que no votan. El otro factor es que la iglesia en realidad carece de poder para inducir al voto. Eso ya está demostrado históricamente. Recordemos cuando el cardenal Vargas Alzamora sacó a pasear al Señor de los Milagros para que no voten por Fujimori. Al final, el candidato impulsado por un puñado de evangélicos salió elegido, pese a las invocaciones del cardenal y de la poderosa iglesia católica. Demás está mencionar las veces en que ganaron candidatos apoyados por la izquierda, pese a las misas y cadenas de oración del rebaño de la iglesia.

Son evidentes pues las intenciones políticas de la Iglesia Católica, o por lo menos del sector liderado por el cardenal Cipriani. El manifiesto pobremente redactado y publicitado por el Episcopado, es una clara declaración política de este sector que pretende imponernos su ideología de la vida y la familia, con sus consignas de fe basadas en la Biblia. 

Desde un punto de vista liberal, debemos considerar a estos sectores extremistas de derecha como  otra versión totalitaria y colectivista, que pretende controlar el Estado para imponer a toda la sociedad sus pautas de vida, de acuerdo a una moral social derivada de la religión. No hay pues en este sentido, diferencia alguna con la izquierda dogmática, totalitaria y colectivista. Ambos pretenden imponerle a la gente sus modos de vida y su moral social. A nadie le interesa un pepino la libertad de las personas y su libre albedrío para decidir por su propia cuenta y peculio acerca de su propia vida, cuerpo, salud y destino como seres humanos. 

No estamos interesados en apoyar a ninguna masa de histéricos que pretende decidir por nosotros. Sean de izquierda o de derecha. Menos aun si ambos sectores procuran pervertir la educación para introducir sus mitos, doctrinas y evangelios. Ya hemos visto cómo ambos manipulan a los niños, adolescentes y jóvenes, a quienes embaucan con dulces propuestas como "defendamos la vida". Un eslogan que es tan simplón como ridículo, pero sirve como anzuelo para pescar incautos, del mismo modo en que la izquierda utiliza lemas como "equidad de género". Ambos sectores se disputan a los pobres, a los que menos tienen, a los sin voz, a los más indefensos, a los inocentes, etc.

Para un liberal la única causa que importa es la libertad. Hay que respetar no solo la vida de las personas sino su libertad, y en particular, su libertad para decidir sobre si mismo y sobre su destino. No valen cuentos y excusas que invocan derechos y valores. A nadie le pueden obligar a ser o hacer lo que no quiere con su propia vida. El totalitarismo de izquierda y de derecha pretende decidir por todos, y quitarles a las personas la capacidad de decidir, apelando a subterfugios y supuestos valores superiores extraídos de una ideología colectivista o metafísica. Es decir, sacrificar al individuo en aras de un supuesto bien común o de un valor ideal exaltado desde la doctrina idolatrada.

La sociedad solo será mejor cuando cada persona tome las decisiones que más le convenga para sí misma. En cambio la sociedad empeora y se degrada cuando es el colectivo o la asamblea la que decide por todos, eliminando a las personas su carácter individual para convertirlos en simples piezas de una maquinaria social que funciona en masa. Este es el peligro al que nos llevan las posturas dogmáticas de la izquierda marxista y de la derecha cristiana. Unos veneran al Estado poderoso que rige la vida de la sociedad con fines altruistas para el bien común, y otros veneran a la Iglesia que es el otro Estado que rige la vida de la sociedad con fines altruistas para complacer a Dios. ¿Cuál es la diferencia? Desde el punto de vista de la libertad, ninguno.

sábado, 5 de mayo de 2018

Dictaduras buenas y malas


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Se ha vuelto viral la respuesta que Mario Vargas llosa le diera a Axel Kaiser sobre las dictaduras. En realidad ni siquiera fue una respuesta porque no le dejó formular la pregunta, lo interrumpió apenas acabado el planteamiento del punto, cuando Axel se refirió a "dictaduras menos malas". Fue entonces cuando el Nobel frunció el ceño para interrumpirlo señalando que no le aceptaba esa pregunta porque partía del supuesto de que puede haber dictaduras menos malas que otras, es decir, buenas y malas. Mario aseguró enfáticamente que "todas son malas sin distinción". El público aplaudió.

Hasta allí los hechos que se han viralizado, junto con toda clase de comentarios y artículos sobre el tema. Así que meteré mi cuchara porque no veo reflejado mi punto de vista en ninguna de esas posiciones. En primer lugar me gustaría establecer sobre qué supuestos se puede afirmar una cosa u otra. Es decir, que todas las dictaduras son malas por igual o que hay unas buenas y otras malas. A mi no me atarantan con poses moralistas, que es la que Mario Vargas Llosa acostumbra usar, más allá del frío razonamiento. De hecho estoy cansado de que muchos intelectuales se excusen de dar razones parapetándose tras una pose moralista. Eso me parece una farsa moral.

Apelar a la moral para justificar una posición política es justamente lo que ha hecho la izquierda a lo largo del último siglo. Todos los genocidios perpetrados por los movimientos de izquierda fueron justificados por el altruismo de sus intenciones. Lo hizo incluso la CVR en el Perú para justificar el terrorismo de Sendero Luminoso debido a las condiciones de pobreza de Ayacucho. Así que usar la pose moral para justificar una posición es algo que, por lo menos a mi, no me convence. Es más, me parece inmoral.

Y me sorprende que Mario Vargas Llosa haya hecho la curiosa distinción de que las dictaduras de derecha son brutales porque no persiguen ideales, pero que las dictaduras de izquierda "vienen acompañadas del mito". ¿Será que por eso ya no son brutales? Claro que reconoce que "muchas veces" han sido muy brutales. ¿Y cuándo es que no lo han sido?

Axel Kaiser tiene toda la razón al afirmar que hay dictaduras que pueden ser menos malas. Desde luego que sí es posible. Todo depende del cristal con que se le mire. Si uno solo apela al lente de la moral y la pose democrática, obviamente tachará a todas como malas. Pero Axel Kaiser trata de elaborar un argumento que Mario Vargas Llosa no tolera por principismo moral, y lo interrumpe. Se gana los aplausos de un público que adora las poses morales y la cucufatería democrática. Pero no porque tenga la razón sobre el incompleto planteamiento de Axel Kaiser, quien apela al juicio de la sociedad para determinar la bondad o maldad de las dictaduras. El ejemplo es claro y simple: "¿cuántos preferirían vivir en la dictadura de Maduro y cuántos en la de Pinochet?" La respuesta es bastante obvia, pero Mario Vargas Llosa no la permite. Se lanza sobre el adversario para taparle la boca con su postura moral: ¡No! ¡Todas son malas! ¡Igual de malas!

Evidentemente eso es falso. Axel Kaiser le demuestra con datos que la población prefiere regímenes autoritarios y hasta dictaduras, siempre que el régimen le garantice suficiente libertad, sus derechos, su propiedad, empleo y posibilidades reales de progreso. Nada más le interesa al pueblo. El resto es una mera discusión académica ociosa. En los hechos, si un régimen le proporciona bienestar a la sociedad puede ser calificado de bueno, sin importar su naturaleza jurídica o académica. El fin último de la política es gobernar un pueblo para llevarlo al progreso. Eso no significa que no existan algunas restricciones que a juicio del poder político vigente, resultan necesarias para garantizar precisamente las libertades y los derechos que amparan el progreso.

Los juicios de los intelectuales suelen estar, como en este caso, muy alejados del sentir popular. Tal como lo admite el propio Mario Vargas Llosa, quien parece lamentar esta preferencia de los pueblos. La gente común y corriente no tiene las inquietudes metafísicas y la cursilería moral de los intelectuales. Le importa poco si el régimen que lo gobierna califica como dictadura o democracia, todo lo que le importa es si puede encontrar empleo y progresar, si su dinero no se volatiliza sino que tiene capacidad de compra, si tiene seguridades garantizadas por el Estado, etc. Más allá de esas condiciones que son los fines últimos de la política, las discusiones académicas solo sirven para los foros. Y fue una lástima que Axel Kaiser no le diera la estocada final al Nobel, luego de que este reconociera que los pueblos prefieren regímenes con autoridad, si es que al final viven mejor.

Lo curioso es que quienes más afectos son a las poses moralistas en política, son los intelectuales de izquierda, que por décadas han dado soporte moral a la dictadura sangrienta y vergonzosa de Fidel Castro en Cuba, a la cual incluso tenían el cuajo de defender mostrando cifras estadísticas que nadie cree, porque las dictaduras comunistas son hábiles en ocultar y cambiar su información, tal como tantas veces ha sido denunciado por organismos internacionales. Incluso regímenes "democráticos" como el de Cristina Kirchner llegaron a la desfachatez de tratar de engañar al mundo con sus cifras de inflación. 

La defensa que los intelectuales de izquierda hacen de las dictaduras comunistas y los elogios que prodigan a los dictadores de izquierda, desde Stalin hasta Castro o Chávez, contrasta con su cucufatería moral para condenar dictaduras de derecha, que han sido mucho menos crueles que las de izquierda, y que han reportado beneficios reales a su población antes que miseria y pobreza. Para no hablar de las libertades que toda dictadura de izquierda conculca plenamente. Por lo tanto, no me parece que debamos caer en la tontería de concederle a la izquierda la gentileza de condenar todas las dictaduras por igual, cuando es obvio que nada es igual en este mundo. Yo prefiero mantenerme en la posición racional de utilizar criterios objetivos para juzgar las dictaduras, antes que asumir una pose moral para hacerle el juego a la izquierda, mientras estas siguen en su postura de defensa de sus dictaduras fracasadas, criminales y longevas. Desde cualquier punto de vista, las dictaduras comunistas han sido las peores de la historia. 

jueves, 3 de mayo de 2018

Vargas Llosa y las dictaduras


Por: Erick Yonatan Flores Serrano
       Coordinador General – Instituto Amagi

“Todas las dictaduras son inaceptables”. Es la sentencia de Vargas Llosa que despertó mucha admiración en la última conferencia que dio en Chile. Pone sobre la mesa una vieja discusión en las filas del liberalismo sobre el juicio que debe tener un liberal frente a los procesos políticos de corte dictatorial que han existido en la historia. ¿Todas las dictaduras son iguales?, es la pregunta de fondo en este asunto y responderla no es tan simple como hace parecer el ganador del premio Nobel de Literatura del año 2010.

Desde la filosofía moral, creo que todos estaremos de acuerdo en que una dictadura es algo deleznable. Aquí no puede haber medias tintas entre liberales y libertarios, una dictadura es una forma de gobierno donde el poder político se concentra en una persona y prácticamente no hay límites. Liberales y libertarios son enemigos de la concentración del poder sin que haya atenuante que valga. En este sentido, la superioridad moral frente a aquellos que reniegan de la dictadura de Pinochet pero callan con los más de cincuenta años que los Castro gobernaron en Cuba, es indiscutible.

Hasta aquí pareciera que la afirmación de Vargas Llosa es incuestionable y en términos morales lo es, pero esto no se resume sólo a la filosofía moral. Dentro de esta discusión, los resultados que se presentan en cada proceso político también son importantes para el análisis. Objetivamente hablando, la dictadura de Pinochet en Chile, generó las condiciones para que la sociedad chilena pueda iniciar un proceso político y económico que hoy lo presenta como el país más desarrollado y rico en la región; la dictadura de los Castro en Cuba, sin embargo, ha terminado de destruir los valores de la sociedad cubana y ha partido a la población en dos, por un lado está la gente oprimida que la dictadura ha condenado a vivir en la pobreza más abyecta; y por otro lado está la casta política que vive engolfada en los privilegios que otorga ser parte del poder político que gobierna la isla.

En un escenario mucho más cercano, los resultados de la dictadura de Velasco Alvarado son diametralmente distintos a los que se derivan de la dictadura de Alberto Fujimori. Mientras que en el primer proceso se inició con el crecimiento descomunal del aparato del Estado y una cruenta persecución contra la empresa privada, proceso que tuvo como corolario la crisis política y económica que estalló en el primer gobierno de Alan García; en el segundo, se pueden destacar aciertos en el terreno económico y político, ya que el Perú se recuperó de la inflación y escasez producida en periodos anteriores, y se pudo derrotar militarmente a las organizaciones terroristas que -en nombre del socialismo y el comunismo- nos dejaron un saldo de más de 30 mil personas muertas.

Afirmar que los resultados de algunas dictaduras son distintos en comparación de otras, no significa que caigamos en el juego de afirmar que existen dictaduras buenas y dictaduras malas, como erróneamente entiende Vargas Llosa. Quedarnos sólo con el juicio de condenar todas las dictaduras,  pese a que moralmente es lo correcto, nos priva de un análisis mucho más rico en términos políticos, económicos y sociales. No existe una dictadura buena en términos morales, lo que existen son dictaduras que -comparativamente- terminan por presentar mejores resultados que otras; y en los ejemplos citados los hechos así lo demuestran. A final de cuentas, llevar la discusión al terreno moral no sirve de nada porque cualquier persona decente tiene que rechazar la dictadura de los Castro de la misma forma en que rechaza la dictadura de Pinochet; pero si queremos ampliar el horizonte de nuestro pensamiento, debemos entender que las dictaduras tienen sus peculiaridades y -a la luz de la evidencia- no son todas iguales.