sábado, 20 de febrero de 2016

El candidato de los progres


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El país vuelve a ser víctima de una de sus peores flaquezas: la falta de institucionalidad. No solo porque la mayoría de los llamados "partidos políticos" en competencia son solo combis electorales, sino porque, además, las entidades creadas para velar por la institucionalidad de los partidos tampoco están a la altura de sus funciones. No tenemos autoridades capaces de tomar decisiones para hacer cumplir las leyes y asumir las consecuencias con hombría. Por eso no podemos retirar de las calles las combis de transporte público y tampoco las combis electorales que se arman en cada campaña. Nos llenamos alegremente de leyes y reglamentos pero carecemos de autoridades, instituciones e institucionalidad. Seguimos siendo un pobre país informal del tercer mundo.

Todo esto viene a colación por el sancochado jurídico generado por la resolución del Jurado Electoral Especial, que le ha perdonado las faltas al candidato de la improvisación, Julio Guzmán y su combi morada, dándole un nuevo plazo para subsanarlas, como si tuviera alguna corona. Más que corona es evidente que cuenta con un poderoso entorno de progresistas que ha presionado desde diferentes medios al JEE. Bastaría leer los artículos publicados en esta semana, patéticamente coronados por el sumo sacerdote del progresismo nacional, Gustavo Gorriti, quien se puso a llorar a moco tendido en su columna de Caretas, haciendo una pataleta de niño engreído porque no le gustan las normas. Como buen progre, afirma que la "voluntad popular" está por encima del Estado de derecho. Solo falta que salgan a tomar las carreteras y a encender llantas. Así es como el progresismo consigue imponer sus puntos de vista. Y lo han hecho una vez más.

lunes, 15 de febrero de 2016

Que se cumpla la ley


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El Jurado Nacional de Elecciones ha decidido jugar al suspenso con todo el país. Sin mayor razón, ha pateado hasta quién sabe cuándo, el asunto de la inscripción de la candidatura de Julio Guzmán, quien no ha tenido mejor idea que apelar al ridículo atrincherándose con sus huestes moradas aparecidas de la nada como bichos raros y apostados a las afueras del JNE, en acto por demás cursi o de intimidación inaceptable. Un poco de circo no podía faltar en este proceso repleto de saltimbanquis y aventureros jugando a "yo quiero ser presidente" y el clásico "todos son malos yo soy el bueno".

Francamente no sabemos a qué se debe la demora del JNE. ¿Estarán cocinando alguna interpretación auténtica en busca de los cinco pies del gato para pasar por agua tibia a Julio Guzmán? El asunto es muy simple. Se han hecho leyes para que el pueblo peruano ya no sea sorprendido por los clásicos aventureros electoreros que aparecen de la nada queriendo ser presidentes. Antiguamente los aventureros aparecían a caballo, dirigiendo una banda de rufianes uniformados que usualmente entraban por Barrios Altos para asaltar palacio de gobierno a balazos y apropiarse del poder. Así de simple era la cosa, hasta que el pueblo colgó a los hermanos Gutiérrez en la plaza de armas. Desde entonces se hicieron leyes para protegernos de esa clase de mequetrefes.

Pero los tiempos han cambiado. Hoy los aventureros no salen a caballo ni asaltan palacio a balazos, sino que montan sus partiduchos políticos o contratan vientres de alquiler, que al final solo son etiquetas y carteles en un local vacío donde cuatro gatos se eligen entre ellos mismos y acaban sorprendiendo al Jurado Nacional de Elecciones. Así fue elegido Ollanta Humala candidato de UPP en el 2006, pero luego olió el dinero fácil y montó su propia pyme familiar en el rubro político, para forrarse de dinero y tentar el poder ya que lo vio fácil. En efecto, el electarado cayó en el engaño y la plaga de enfermos mentales del antifujimorismo hizo el resto. Parece que el ejemplo de Ollanta ha animado a mucha gente y esta vez tenemos 19 aventureros.

Pero ahora las leyes son algo más estrictas. Ya no queremos esta clase de trepadores y saltimbanquis. No queremos más aventureros tentando el poder con su banda de cuatro gatos y rodeado por una jauría de arrimados que salen de todos lados como zombies resucitados sedientos de mamadera estatal. El Perú no puede caer dos veces en el mismo error. Y menos dos veces seguidas. Las leyes ya existen y solo es cuestión de hacerlas cumplir. Para eso necesitamos que las instituciones funcionen. Las leyes sin instituciones no sirven. El JNE debe demostrar que está a la altura de las circunstancias históricas que vive el país y dar el ejemplo. Pero no se trata solo de Julio Guzmán. La telaraña legal parece que ha capturado a varios infractores infraganti. A todos ellos debe caerles el peso de la ley sin miramientos. Es hora de que este país cambie, y cambiará por el imperio de la ley, no por los aventureros que capturan el poder con demagogia barata y astucia digna de mejores causas.

domingo, 14 de febrero de 2016

La izquierda de los papanatas


Por Andrés Calamaro
ABC - Madrid

No soy optimista con la izquierda de los papanatas, de los resentidos, los antisistema, los antisemitas, los animalistas y marginales culturales. No soy optimista con la izquierda de los narcisistas, charlatanes, inquisidores, puritanos y moralistas dueños de la verdad. No soy optimista con la izquierda de la prepotencia, con los "pactos sociales" que no responden ni reflejan a las mayores voluntades, ni con las prohibiciones en serie o la promesa de una brecha en donde con suerte quedamos algunos de un lado y enfrente amigos, familia y conocidos separados por esa falla (eso si no caemos en el abismo de la brecha misma).

No entiendo un sistema donde la voluntad de los más no representa nada en el sistema democrático, ni entiendo una democracia que desoye las minorías con la excusa de referéndum para todo. No entiendo un sistema donde se considera normal que aquellos que recibieron más votos, sea para sostenerse o para corregirse, no tengan opciones porque deciden los pactos y no las gentes. Hay una minoría que tiene beneficios hinchados por campañas sostenidas en cadenas de televisión cautivas o cautivadas por el negocio redondo. Una minoría con derecho a llevarse los derechos por delante, empoderados por la inexperiencia de la aldea digital: una ciudad sin esquinas donde curtirse el cuero, el terreno de los bobalicones llenos de razones, la cancha de las contradicciones en una entrecomillada superioridad moral que llega desde la orilla izquierda de un río que huele a podrido.

Se allana el territorio de las libertades todas. Las tradiciones no son buenas razones por el sencillo hecho de que sin abrir siquiera un libro cualquiera puede compararlas arbitrariamente con otras tradiciones, que sirven para ofrecer el concierto de falacias incompetentes, que tanto gustan en el patio de colegio de la ciénaga digital y la opinión serial sectaria. El concierto cultural, temeroso o equivocado, parece vivir una segunda adolescencia y responde a lo más encharcado de los tópicos populistas y progresistas entre comillas.

Aturde el silencio de los músicos más que un ciento de amplificadores a volumen once. Abochorna la blanda reacción de los actores de la cultura, otrora profesionales del pasotismo y la próxima cerveza, ahora reconvertidos en mercenarios chic de la indignación por el IVA cultural más alto de Europa. Cierto es que indigna.

El acoso y derribo de las libertades individuales (que nos disgustó cuando se estrenó la ley de mordazas) parece ir a más en el desdichado concierto de prohibicionismos de tonalidad populista: la persecución de la garrapiñada calórica, el acorralamiento de los nombres de las calles como maquillaje de solución a los problemas que importan realmente, el desenfocado enfoque en una corrupción que todos sospechamos o supimos en tanto hayamos leído los periódicos en algún momento de los últimos veinte años (conflicto improcedente pero bien solventado por un poder judicial que funciona, al punto de sentar en el banquillo a miembros de la Familia Real y la real aristocracia balompédica). Se desprecia la voluntad y la alegría de nosotros, la gente. Entre la gente me incluyo: mi tribuna no son los premios al cine y mi gremio es el más castigado por la indiferencia, las vueltas de la vida, la acción tributaria, las complicidades del sistema, el fluido digital que invita a vivir concentrado en una pantalla que nos hace esclavos de una realidad virtual en forma de embudo.

No soy optimista con la nueva realidad porque es virtualmente una bomba de tiempo para el individualismo y la variedad cultural.

No creo que sea tan importante vivir conectados a una incógnita y con una potencial cámara de fotos siempre lista para perpetuar un instante sin lecturas ni buenos discos. La pregunta que me hago con frecuencia tiene relación con el conjunto de debilidades que permite semejante concierto de desconciertos. Una opinión transgénica donde no importa la voluntad de la mayoría ni se respeta la libertad de las minorías, salvo si estas minorías son tres mosqueteros complutenses dispuestos a cualquier chicana para encontrar al pobre socialismo con los pantalones bajos y dispuestos a agachadas ya demostradas en las elecciones municipales. Los previstos resultados de un pacto que es una burla a un sistema democrático, y por tanto republicano, permiten atentados contra la libertad de los trabajadores, como la pinza de minorías intolerantes que acorralan todo lo litúrgico, folclórico, poético, bonito, libre y soberano, caso de la voluntad tauromáquica del pueblo balear.

Servidor coqueteaba con la izquierda revolucionaria hace cuarenta años, hasta que cierto nihilismo en clave de cine americano y cultura rock me re convirtió en un actor dudoso para la superioridad moral de la izquierda de los papanatas.

Hace treinta años, que son años, me encontraba en actitud lisérgica y en mi trinchera contracultural, en un mundo donde la crisis social y económica es unamaldición constante y sonante.

Hace veinte años, desde mi atalaya del barrio de Malasaña, era yo un francotirador oposicional, un confeso votante de una izquierda que se presentaba unida –aquella izquierda– como actor progresista incapaz de prohibir costumbres populares, porque costumbre es cultura y eso está fuera de discusión.

Me enfrentaba con normalidad a puritanos, moralistas y reaccionarios, por el sencillo hecho de ser yo mismo y a mi manera. Hace diez años celebraba mi regreso de los infiernos de la experiencia tóxica, una herramienta para apoderarse del tiempo y escribir cien canciones por semana o por día (según las palabras dichas por el eterno David Bowie en el año dos de la era milenaria), volvía con gloria a los escenarios de España y me dejaba conquistar por América. Nada me hacía suponer que los años digitales devendrían en inquisitoriales leches y Reich animalista respondiendo a estrategias de propaganda mercenaria desde una cadena de televisión acostumbrada a los billetes iraníes de a 500 y a una ideología poliédrica, en plena construcción de una realidad virtual que puede con todo, siempre que encuentre al resto con los pantalones por las rodillas.

¡Libertad, divino tesoro!

Andrés Calamaro, músico y escritor.