jueves, 14 de marzo de 2013

Una derecha desubicada


El final político de Lourdes Flores no ha podido ser más patético. Luego de perder todas sus últimas elecciones, con torpezas y escándalos de por medio, ha terminado llevando al PPC al rescate de la izquierda retrógrada. Nada menos. Es como ver al General Custer cabalgando con todo su regimiento al rescate de los pieles rojas. Hoy el PPC acaba como una lata de Baygón que no adormece ni a las polillas. Y desde luego, las cucarachas están de fiesta. Más aún: han invitado a Lourdes Flores al festejo. Pero hay todavía más: ella ha aceptado, ha acudido y ha ofrecido el baile.

Los tiempos pueden haber cambiado pero hay cosas que siguen igual. Las malas ideas siguen siendo malas. Lo preocupante es que quienes antes defendían las buenas ideas hoy prefieren el "gesto democrático". Así es como Lourdes Flores apoya a Susana Villarán, con todo lo que esta representa en tanto cabeza de un conglomerado de izquierdas que reúne lo más fétido del radicalismo rojo. No es, como ha dicho Lourdes, la representante de una izquierda moderna y moderada. En lo absoluto. Detrás de Susana Villarán están la CGTP, SUTEP, Patria Roja, Tierra y Libertad, Ciudadanos por el Cambio, etc. Casi no queda nadie afuera excepto MOVADEF. No hay pues ninguna izquierda moderna en el Perú. No nos engañemos.

Pero Lourdes ha escogido ir más allá. ¡Se ha metido a la misma boca del lobo para rendir homenaje a Javier Diez Canseco! ¡Ni más ni menos! ¿Era eso necesario? ¿Qué demuestran con esta clase de gestos? Algunos han dicho que Lourdes ha demostrado su calidad de "verdadera demócrata". Permítanme que me sonría.

Resulta que una "verdadera demócrata" rinde pleitesía a un agitador de la izquierda revoltosa de los 70, actor directo de esa época de turbulencia atizada desde la izquierda que durante 20 años significó sangre, muerte y miseria en el Perú. Durante los años en que los peruanos nos enfrentábamos al terrorismo de la izquierda, JDC se preocupó más de la actuación de las FFAA que de los subversivos, montaba comisiones investigadoras contra militares, cuestionaba sus planes y los denunciaba. Obstaculizó de todas las formas legales posibles la lucha contra la subversión. JDC es un admirador público y confeso de tiranías siniestras como las de Cuba y Venezuela, un defensor a ultranza del desastre del velasquismo. No hay pues razón alguna para que un líder de derecha rinda homenaje a semejante personaje. El cáncer será penoso pero no santifica ni transforma a un agitador en héroe. 

Los buenos modales políticos se demuestran debatiendo con altura y sin ataques personales al oponente. Basta combatir las ideas sin agravios. Más allá de eso no cabe nada. El congresista Luis Galarreta dio cátedra de consecuencia política al rechazar el minuto de silencio pedido por la muerte del tirano venezolano Hugo Chávez. Ese es el tipo de consecuencia que se espera de los líderes políticos. ¿Qué podemos esperar de quienes están dispuestos a rendirle pleitesía al enemigo por una foto o una lisonja?

La actuación del PPC frente a la actual revocatoria de la alcaldesa Susana Villarán es de antología. Pasará a la historia de la política peruana como el final de un partido que perdió la brújula y el sentido de orientación. Sostener que se defiende la institucionalidad es el colmo del ridículo. La institucionalidad ya fue mellada en el instante en que se introdujo la nefasta revocatoria en la Constitución. Es una figura que la izquierda impuso para tener un instrumento legal que le permitiera desestabilizar la gobernabilidad, como ha sido históricamente su principal ocupación. Pero hoy la historia nos permite aplicársela a ellos. ¿Seremos tan tontos para no usarla? Más aún, teniendo sólidos motivos para ello, como la incapacidad de la alcaldesa.

Hoy no es el momento para hablar de "salvar la institucionalidad". Esta ya fue mellada cuando la izquierda introdujo la revocatoria en nuestro sistema democrático. Hablar de "institucionalidad" ahora es como pretender defender el honor de la muchacha cuando ya tiene el test de embarazo positivo No se puede salvar la santidad del matrimonio cuando la infidelidad fue cometida y se tiene la demanda de divorcio en trámite. La revocatoria ya es una realidad. Está convocada. En este momento solo queda decidir si sacamos a la alcaldesa con toda su corte de izquierda radical, por su incompetencia y falta de visión realista. Alguien que pretende liderar a la derecha no puede abrazar al enemigo en este momento y con argumentos tan burdos.

El PPC solo aspira a conservar sus puestos en la MML. Tal vez los últimos que tengan. Han perdido hasta la dignidad al lucirse con personajes nefastos de la izquierda, en comerciales en que le dicen a la población "no importa tu opción política". La gente no es estúpida. La opción política sí importa. Esto no es un concurso de belleza. Por todo esto el PPC tendrá que saborear la amargura de haber sido derrotados por la izquierda y de haber sido luego revocados con la izquierda. Tal vez esto los haga más amigos. Lo único que le queda al PPC es el retiro definitivo.

El crecimiento peruano


Por Roberto Abusada

El notable desempeño económico del Perú en las últimas dos décadas ha descolocado por completo a la izquierda conservadora (la única que, desafortunadamente, existe en el país). Las predicciones apocalípticas acerca del estancamiento en el crecimiento y el empleo, la desindustrialización del Perú por la apertura, la hecatombe que sobrevendría a la firma de los TLC, el alza de los precios de los servicios básicos debido a su privatización, la pauperización del campesinado y las innumerables otras plagas que resultarían de la aplicación de lo que Cristina, Hugo y Evo gustan aludir como “el modelo neoliberal”, no se han materializado.

La creación de mitos por parte de la izquierda criolla se hace cada vez más difícil. Decir que el modelo peruano es “neoliberal” o primario exportador o concentrador del ingreso ya no convence, gracias también, entre otras cosas, a la ‘performance’ de la política económica que aplica la señora Cristina Fernández de Kirchner o la del socialismo del siglo XXI de Hugo Chávez, o de aquello que en su momento promovió Juan Velasco y bautizó como una “economía autogestionaria de participación plena” (¿?).

Los tres pilares que sustentaron la crítica en el Perú han caído por tierra, uno tras otro, demolidos por la realidad de las cifras. ¿Cuál ha sido la secuencia en que se criticó al modelo económico? Veamos:

1. La economía no crece. Pero resulta que el Perú crece a más del doble que el promedio mundial.

Habría entonces que apoyarse en el otro pilar.

2. La economía crece, pero el crecimiento solo beneficia a los ricos; no percola ni “chorrea” hacia los sectores pobres. Las cifras muestran otra cosa. El crecimiento ha favorecido a las provincias más que a Lima, el empleo formal ha crecido de manera descomunal y la pobreza se ha recortado a más de la mitad.

3. Los sectores medios y pobres pueden haberse beneficiado, pero se ha generado el peor de todos los males: la desigualdad. Ello tampoco ha sucedido. No solo el índice Gini (el más usado para medir desigualdad) ha mejorado, sino que hoy –según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal)– el Perú es menos desigual que Colombia, Chile, Brasil, Ecuador y Costa Rica, entre otros.

Para despejar dudas, enumeremos los elementos básicos del “modelo” que sirven para guiar a la economía del Perú y, dicho sea de paso, también a toda economía exitosa en el mundo.

En términos simples, el modelo aplicado en el Perú se basa en reconocer que: el mercado asigna mejor los recursos que un burócrata; que la riqueza la genera el sector privado, el cual debe ser regulado (cuando existen fallas de mercado); y que el Estado participa de esa riqueza a través de impuestos, para poder así cumplir las tareas fundamentales del contrato social: defensa, seguridad interior, promoción de la igualdad de las oportunidades para los ciudadanos a través de la administración de la justicia, educación y salud. Además de que el Estado debe proveer la infraestructura básica que el sector privado no puede construir en casos en que no es privadamente rentable. Finalmente, que el Estado debe garantizar la estabilidad monetaria con un banco central independiente, mientras que el Ejecutivo procura el equilibrio fiscal y formula un presupuesto público compatible con las funciones que se esperan de un Estado moderno.

No encuentro que algún individuo razonable discrepe de este modelo. Lo que sí debemos criticar es que el sector privado no cumpla con sus obligaciones o manipule a las autoridades. Más importante que todo, debemos criticar la pobre tarea que hoy realiza el Estado al administrar sus enormes recursos y su complacencia mientras no pone en marcha las urgentes reformas para la consecución de las tareas que le son propias. Es allí donde todos, incluidos los conservadores de izquierda, deberíamos dirigir nuestras críticas.

miércoles, 13 de marzo de 2013

La izquierda no puede gobernar


Por Felipe Cortijo Medina

En estos días volvía a leer a Ortega y Gasset, quien siempre tiene mucho qué decir para quien sabe leerlo. Hace casi 87 años que empezó a aparecer por vez primera uno de los libros guía del siglo, “La rebelión de las masas”, escrito en forma de artículos periodísticos en el diario “El sol” de España, su lectura actual aún me sorprende, allí dice: “En una buena ordenación de las cosas públicas, la masa es la que no actúa por sí misma. Tal es su misión. Ha venido al mundo para ser dirigida, influida, representada, organizada… Pero no ha venido al mundo para hacer todo eso por sí. Necesita referir su vida a la instancia superior, constituida por las minorías excelentes. Discútase cuanto se quiera quiénes son los hombres excelentes, pero que sin ellos –sean unos u otros- la humanidad no existiría en lo que tiene de más esencial. Eso es cosa sobre la cual conviene no haya duda alguna”. 

La lucha por el poder político de la derecha y la izquierda en el país es legítima, hay que comprenderlo así, el asunto hay que sincerarlo. Si hay una pelea franca y con las reglas claras de convivencia en nuestra sociedad, no tiene por qué temerse esa confrontación. En el caso actual de la Revocatoria a la alcaldesa Susana Villarán, se usaron y siguen usando hasta hoy todos los medios legítimos de defensa, e incluso se consideró ciertas acciones ilegítimas que pusieron en aprietos a los revocadores, como las injustificadas invalidaciones de firmas en la RENIEC por parte del inolvidable Carlo Magno Salcedo. El Jurado Nacional de Elecciones se pronunció al respecto, ya están claras las reglas de juego. 

En un último intento, la izquierda quiere invalidar todo el proceso de revocatoria con tinterilladas de último momento, argumentan que procedería por la misma cantidad de votos o más de los que la erigieron alcaldesa, no importa que la Constitución no refrende esta posición. Veamos, todo es discutible, incluso estos intentos de fraude. Lo que jamás se le aceptará a la izquierda peruana son sus recursos ilícitos para alcanzar el poder, sus fatales tácticas para conspirar, aprovechar, promover, impulsar y difundir las ideas radicales comunistas, las ideas violentistas, esa estrategia que aunque lo nieguen, subsiste como parte de su metodología en su doctrina. Los ejemplos abundan para graficar la íntima conexión entre ideologías que se dicen moderadas de izquierda y el feroz radicalismo marxista, uno sólo de esos ejemplos son las operaciones de las ONG en Lima, y otro, la tolerancia pusilánime con los movimientos regionales. 

El problema para la izquierda en el Perú es que si quiere tener carta de ciudadanía en la pugna por el poder, debería madurar. El primer paso sería abandonar las posiciones radicales, no ser cómplices nunca más, desterrar por siempre de su doctrina la idea de “lucha de clases”. Quizás sea pedirles demasiado, Chile y Brasil así lo entienden, ellos ya tienen sus “minorías excelentes”, aquellas de las que hablaba Ortega y Gasset. Nosotros todavía tenemos minorías inmaduras: Gregorio Santos, Wilfredo Saavedra, el cura Arana, Marisa Glave, Rocío Silva, Sinesio López, Julio Cotler, eso lo ameritan diariamente. No olvidemos que Bachelet y Piñera están en total competencia, pero alejados de esa etapa infantil de la política, la que perjudique su país, aquella que les impediría buscar juntos una normal y justificada alternancia en el poder.