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miércoles, 18 de diciembre de 2013

Cantaleta progre contra la universidad privada


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Realmente cansa este cargamotón progresista contra las universidades privadas, porque, como siempre, se trata solo de enjuiciar y condenar la actividad privada, los negocios, el lucro, etc. Crítica demoledora a la que se suman incluso exitosos empresarios progresistas, siempre que no toquen su rubro, claro está. Lo que se quiere es dar la idea de que todo lo que hace la actividad privada es mala porque se basa en el lucro. Allí está el mismo congresista Daniel Mora condenando al neoliberalismo como el causante de todos los males, el presidente Ollanta Humala criticando las universidades que se abren como negocio. ¿Es realista toda esta campaña histérica contra la actividad privada en las universidades? Desde luego que no. Veamos.

Que hay malas universidades lo sabemos, pero no de ahora sino de hace tiempo. Empezaré por donde tengo memoria. En los años 70 había que ser muy misio para meterse a la UNMSM sabiendo que ibas a terminar la carrera en más de diez años por los paros, huelgas, marchas, pleitos, escaramuzas, tomas de local, balaceras y demás problemas que había en esos tiempos. Las universidades públicas eran antros de comunistas donde se enseñaba marxismo en todas las carreras, en salones de lunas rotas y paredes pintarrajeadas con lemas subversivos. Cuando viví todo eso me largué de allí en menos de un año.

Afortunadamente ya habían algunas universidades privadas y eran una gran alternativa. Gracias a una ley de los 60 surgieron las universidades de Lima, San Martín de Porres, Inca Garcilaso, del Pacífico y Ricardo Palma. Todas ellas empezaron funcionando en viejas casonas y con pocas carreras. El campus de la USMP y la URP quedaba fuera de la ciudad y eran una pampa con aulas de triplay. Así empezaron. La mayoría de sus docentes provenían de San Marcos o la PUCP. Medio siglo después la mayoría de ellas se halla consolidada, con la sola excepción de la Garcilaso que cayó en manos de una mafia corrupta. Pero no cabe duda que tales universidades privadas fueron un gran alivio en una época en que la subversión comunista se había apoderado de las universidades públicas, y estaban muy venidas a menos.

La situación no fue muy diferente hasta los años 90. Recién entonces se logró imponer el orden en las universidades públicas eliminando los focos infecciosos comunistas y recuperándolas para la misión que deben tener, que es formar profesionales y no subversivos. Dado que la oferta universitaria no había crecido en 30 años el gobierno dio una ley que propició la inversión privada en la educación. Pero es a partir del año 2002 que empieza la creación de universidades, que en muchos casos es solo la conversión de viejas instituciones al formato de universidad, como fue el caso de la prestigiosa Escuela de Periodismo Jamie Bausate y Meza. Lo mismo pasó con IDAT. O sea, no es que surgieron de la nada.

Si se ha producido un boom en la creación de universidades en los últimos diez años deberíamos alegrarnos. Lógicamente no se puede esperar que en menos de diez años, estas universidades se conviertan en las instituciones prestigiosas que hoy son las que ya han cumplido medio siglo. Toma mucho tiempo crear la institución universitaria. No es solamente un edificio. Hay mucho que hacer y se hace a lo largo del tiempo, al igual que cualquier organismo que crece y desarrolla. Por eso es que toda esta cantaleta estúpida en contra de las universidades privadas no tiene ningún sentido. 

Sin duda que hay malas universidades en este momento. Pero son públicas y privadas. Y ese problema no se resuelve con una ley que pretende instaurar un régimen estatista para poner las universidades bajo la dirección del Estado y normando lo que los privados deben hacer con su dinero y sus autoridades. Es lo que se está planteando con esa nueva ley entrometida. Es decir, la misma mil veces fracasada tesis de que la dirección centralizada de un ente estatal repleto de burócratas es la gran solución a cualquier problema de la existencia humana. Idea relamida, gastada y absurda que da vueltas en el cerebro de todo progresista.

Si algo se debe hacer por parte del Estado es reestructurar el escenario de la educación superior para que los egresados del colegio tengan una gran variedad de opciones formativas, y no como ahora que ya no hay nada más que universidades. Y esto es culpa del propio Estado que en cada ley exige "formación universitaria" como requisito, desplazando a tanta gente bien formada en institutos. Antiguamente muchas profesiones como contabilidad, administración, economía, entre otras, se aprendían en institutos y no hacía falta más que 3 años de formación básica para empezar a trabajar. De pronto empezó a idealizarse la formación universitaria y muchas universidades ofrecieron estas carreras pero en 5 años. En realidad era solo pérdida de tiempo y de dinero. El resultado fue que los institutos empezaron a desaparecer. Todos querían ser universidad para cobrar más y por más tiempo. Incluyendo el Instituto de Bellas Artes.

Es imposible seguir en el esquema actual en que los egresados del colegio prácticamente no tienen ninguna otra opción que ingresar a una universidad. Y generalmente para formarse en una profesión de mando medio. Eso no tiene ningún sentido. Las universidades se han degradado al nivel de escuelas ocupacionales y se han olvidado, con razón, de hacer ciencia e investigación, pues en su nuevo rol no cabe ni hace falta. Lo que se requiere es diseñar el esquema general de la formación ocupacional en la educación superior, que debería realizarse en institutos, separándola de la función de formación e investigación científica que debe primar en la universidad. En este momento la confusión es tal que ya nadie sabe qué es ciencia.

En resumidas cuentas, la cantaleta progre contra las universidades privadas carece de sentido. La nueva Ley Mora es un mamarracho que no soluciona absolutamente nada. Al contrario, solo uniformizará la mediocridad.  


martes, 17 de diciembre de 2013

La ley universitaria entre el limbo y el cliché


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

A decir verdad tengo pocas ganas de comentar el mamarracho de la nueva ley universitaria. Ni siquiera hace falta leerla. Basta con escuchar los argumentos de quienes la sustentan, empezando por el congresista Daniel Mora y terminando por el propio presidente Ollanta Humala. Ambos se han expresado como si fueran gemelos, dejando en evidencia que Mora cocina un encargo del gobierno, con un claro tufillo militarista y velasquista basada en el intervencionismo iluminado estatal y el afán regulador progresista. Es la pose del típico salvador que llega a hacer justicia donde solo hay abuso y a poner orden donde solo hay caos. Pero resulta que todo el escenario de caos y mediocridad que se critica en el ambiente universitario proviene en primer lugar del propio Estado.

Indigna oír a Mora criticando solo a las universidades privadas sin empezar por las públicas, que es la responsabilidad del Estado. También el Estado ingresó a la feria de creación de universidades de medio pelo a diestra y siniestra, sin cálculo de mercado. Por ejemplo, acaban de crear la Universidad Nacional de Cañete cuyos estudiantes tienen varias universidades en Chincha, a solo 20 minutos. ¿Cuál es el criterio con que se crean las universidades públicas? Ninguno. Solo la demagogia política. Pero claro que esto no merece ningún comentario crítico al general Mora, quien solo condena a las universidades privadas que se han abierto como negocio. Y como en este país hay harto progre con el chip de que no se puede lucrar con la educación, señalan esto como un pecado y van con todo al rescate del pueblo.

Como vemos, las motivaciones que llevan al general Mora no pasan de ser más que burdos prejuicios progresistas. Primero en el hecho de cuestionar la actividad privada y, segundo, en el hecho de proponer el estatismo como solución. Ambas visiones son equivocadas de plano. Y la verdad es que cualquier idiota tiene a la mano como primera solución que el Estado se haga cargo del asunto. ¿Y cómo? Pues inventando una oficina estatal que se ocupe de dar licencias. ¿Se puede pedir mayor muestra de simplismo y estupidez burocrática? Hay gente que parece haber comprado un cerebro hecho en serie en una fábrica progresista de los 70.

No se necesita pues ser un genio para proponer como gran solución una oficina pública -con el nombre que sea- dedicada a otorgar licencias de funcionamiento. Realmente no hay que ser un genio sino un perfecto imbécil para insistir en esa clase de ideas, pues se trata de "soluciones" que vienen fracasando desde hace décadas. Es por eso que cada vez que se anuncia una nueva ley tenemos que ponernos en guardia, porque al final no hacen más que darle vueltas a la misma cosa y todo termina igual o peor. Y esto ocurre porque antes de hacer una ley primero se debe cambiar de mentalidad. No se puede seguir razonando a base de los mismos viejos clichés de toda la vida y pretender cambiar las cosas.

El Estado debe ocuparse de sus universidades. Ya con eso tiene bastante. Si las universidades públicas fuesen de calidad y el Estado invirtiera para ampliar su cobertura racionalmente, sería un perfecto freno natural para la proliferación de universidades privadas. Si hay universidades privadas es porque existe mercado. Y la cuestión es atender ese mercado. Si al Estado le preocupa la calidad de la educación pues bastaría que las evalúe oficiosamente y emita un informe anual señalando cuáles son buenas, regulares y malas, para que los padres de familia y las empresas estén informados y advertidos, y puedan actuar en consecuencia. También podría exigirles como condición a admitir su título a nombre de la nación, certificaciones internacionales de calidad. Y con esto basta. No se necesita montar ningún adefesio burocrático.

El verdadero problema del país es el escenario de la educación superior. No podemos seguir en esta absurda estructura mental de creer que después del colegio hay que pasar a la universidad. Esto es lo que ha creado el mercado para el boom de las universidades privadas. No es la "ley neoliberal" que señala Mora con arrogancia progresista. Hay un problema cultural que no se está atacando en ningún momento. Más importante que una nueva ley universitaria es rediseñar todo el escenario de la educación superior, abriendo mayores opciones a los estudiantes que salen del colegio. No es posible que todo el mundo quiera entrar a una universidad. Así no es la cosa. Eso es absurdo y es insostenible. De hecho, degrada el sistema porque todas las instituciones educativas también quieren convertirse en universidades. 

Sin entender el problema de la educación superior atendiendo a la formación de opciones técnicas, artísticas, deportivas, culturales, científicas y ocupacionales, meterse en el lío de las universidades carece de sentido. Hoy las universidades se han convertido en meras escuelas ocupacionales. Ya hasta gastronomía enseñan. Y encima se les pide que investiguen. ¿Qué coño van a investigar si solo forman empleados de mando medio? El sentido de la universidad como centro de investigación científica se ha perdido en el Perú hace tiempo. Y es ridículo que se le exija investigación si antes no la regresan a su formato original de centro de ciencias.

También las universidades han contribuido al engaño cultural porque ellas mismas han estado llamando "ciencia" a cualquier burda ocupación como el periodismo. Así ha surgido toda una feria de carreras "científicas". Nombrecitos como "ciencias políticas" o "ciencia de la comunicación" han engatusado a varias generaciones que hoy ya no saben qué cosa es ciencia. Para colmo, hay universidades que hasta han decidido llamarse "científicas" y solo enseñan oficios menores como contabilidad, a la que también llaman "ciencia contable". Y ahora ya se ofrece la "ciencia de la gastronomía". Es decir, nos están engañando a todos con el cuentito de la ciencia. Y en medio de todo este engaño cientificista obviamente no hay manera de investigar nada ni tiene sentido hacerlo. Las tesis son burdas falsificaciones estandarizadas donde solo hay estadística, en el mejor de los casos.

De manera que el problema de la universidad peruana es solo una parte del gran problema de toda la educación superior, y esto no es ni por asomo lo que la comisión Mora está mirando con sus clásicas y obsoletas anteojeras progresistas. Lo que hay que reformar es toda la estructura de educación superior donde la universidad debería ocupar la cima, pero como verdadero centro de ciencias (ciencias de verdad) y para una élite calificada, y no como escuelitas de oficios menores que es lo que son ahora. Solo entonces tendría sentido exigirles investigación. Lamentablemente parece que la ley Mora saldrá al caballazo y seguiremos perdiendo el tren del futuro.