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viernes, 18 de mayo de 2018

La ideología del subdesarrollo


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Como ya es oficial y de público conocimiento, el Perú está de regreso a los 80. No es un temor sino una realidad. Solo hay que esperar que la crisis siga creciendo hasta cubrirnos por completo en unos años. Volvió el gran Estado interventor junto al déficit y los paquetazos. No hay otro rumbo cuando se defienden ideas ya fracasadas, como seguir apostando tercamente por la gestión estatal de los recursos y servicios públicos, y por el combate a la empresa privada, mientras se ponen trabas a las inversiones y se estigmatiza la minería que ha sido históricamente nuestra principal fuente de ingresos. La suma de todo esto es la crisis actual y el rumbo al despeñadero. Es el teorema del subdesarrollo.

Somos subdesarrollados no porque nos falten recursos sino porque nos sobran políticos con malas ideas, que solo quieren posar para la foto con discursos buenistas que no enojen a nadie. Nos encanta aplaudir ideas cursis y bienintencionadas, apoyar lo polítcamente correcto, es decir, la hipocresía de apoyar cosas malas porque suenan bien, idolatrar mitos y tótems sagrados, y dejar de lado lo prioritario por preferir lo popular. ¿Cómo hacer reformas sin tocar vacas sagradas como la estabilidad laboral y los derechos laborales? ¿Cómo lograr el desarrollo si se oponen a una carretera por idolatrar el bosque virgen? Son las malas ideas las que nos matan. Pero adoran esas malas ideas. ¿Cómo reducir el déficit sin achicar el Estado eliminando ministerios y organismos públicos ineficientes, redundantes y parásitos, con su consiguiente cuota de despidos? 

Ahora mismo veo candidatos a la alcaldía de Lima posando con lindas frases de cliché como “no al cemento” y aplicar una “una visión humana” a la gestión. ¿Otra vez Susana Villarán? No, es el genio que recortó la principal y más congestionada vía de Miraflores para colocar una absurda ciclovía, que no era necesaria ni prioritaria bajo ningún punto de vista racional, y mucho menos en esa avenida. Pero además eliminó los escasos parqueos. Y creo que es el mismo que impedía la instalación de antenas de telefonía para satisfacción de una turba de chiflados temerosos de contraer cáncer. 

Lima se ahoga en el caos del transporte y nadie tiene coraje para proponer ideas grandes, del tamaño justo de nuestros problemas, que pongan a la capital en un nivel internacional para el bicentenario. Todo lo que tienen es pose y gestión de crisis pero sin soluciones. Cornejo quiere volver a los 70 con turnos de circulación de autos, como en la era de Velasco. Lima tiene más de medio siglo de retraso en infraestructura urbana. Somos últimos en todo. A estas alturas, la ida y vuelta del aeropuerto debería darse mayormente por viaductos elevados. Tanto Faucett como Javier Prado ya debería ser vías elevadas en casi toda su extensión. Hay avenidas como Primavera que requieren al menos siete pasos a desnivel para agilizar el tráfico. Apenas se hizo el del cruce con San Luis. En todo un siglo la Av. Arequipa solo tiene un paso a desnivel cuando ya debería tener diez. Pero como acá tenemos una cofradía de iluminados, enemigos del cemento, que se opone a las obras parece que vamos a hundirnos en el caos sin ningún remedio.

Las obras tardan décadas en el Perú no solo por estos chiflados anti cemento, sino por la incompetencia del Estado y la mezquindad de los políticos. La carretera Central sigue siendo un desastre desde hace medio siglo. De niño odiaba ir al Bosque por el suplicio que era esa carretera, y hoy, medio siglo después está peor. Belaúnde inició la carretera Ricardo Palma para que vaya paralela a la Central hasta Ricardo Palma, pero no la acabó. La dejó en Huachipa y allí se quedó.  Alan García inauguró ese tramo cambiándole de nombre a “Ramiro Prialé”, un líder aprista que acababa de fallecer. Más de treinta años después la carretera básicamente sigue en el mismo punto. Reflejo de la incuria estatal y la ceguera política.

Hace tiempo debieron iniciar la construcción de otra vía que corra paralela a la carretera Central por el lado opuesto del valle, acabar el túnel trasandino, habilitar las vías paralelas de Cañete y Canta, pero nada. Hasta podrían trasladar a la FAP a los arenales de Chincha y utilizar Las Palmas como aeroparque para pequeños aviones comerciales, que ayuden a llegar al centro del país sin tener que usar la tortuosa carretera Central. Uno puede pasarse doce horas atascado allí por cualquier accidente o toma de carreteras. También hace falta habilitar aeropuertos en ciudades de la selva central para vencer su aislamiento.  Sin obras infraestructura vial, el discurso de la descentralización y del desarrollo regional solo sirve para posar. Es imposible descentralizar el país y desarrollar el interior sin vías de acceso. Es hora de que dejen de crear ministerios y se dediquen a hacer obras de verdad. Basta de floro y de poses, queremos cemento.

lunes, 8 de julio de 2013

EL IMPERIO



Por Oscar Arias

Tengo la impresión de que cada vez que los países caribeños y latinoamericanos se reúnen con el presidente de los Estados Unidos de América, es para pedirle cosas o para reclamarle cosas. Casi siempre, es para culpar a Estados Unidos de nuestros males pasados, presentes y futuros. No creo que eso sea del todo justo.

No podemos olvidar que América Latina tuvo universidades antes de que Estados Unidos creara Harvard y William & Mary, que son las primeras universidades de ese país. No podemos olvidar que en este continente, como en el mundo entero, por lo menos hasta 1750 todos los americanos eran más o menos iguales: todos eran pobres.

Cuando aparece la Revolución Industrial en Inglaterra, otros países se montan en ese vagón: Alemania, Francia, Estados Unidos, Canadá, Australia, Nueva Zelanda… y así la Revolución Industrial pasó por América Latina como un cometa, y no nos dimos cuenta. Ciertamente perdimos la oportunidad. También hay una diferencia muy grande. Leyendo la historia de América Latina, comparada con la historia de Estados Unidos, uno comprende que Latinoamérica no tuvo un John Winthrop español, ni portugués, que viniera con la Biblia en su mano dispuesto a construir “una Ciudad sobre una Colina”, una ciudad que brillara, como fue la pretensión de los peregrinos que llegaron a Estados Unidos.

Hace 50 años, México era más rico que Portugal. En 1950, un país como Brasil tenía un ingreso per cápita más elevado que el de Corea del Sur. Hace 60 años, Honduras tenía más riqueza per cápita que Singapur, y hoy Singapur –en cuestión de 35 ó 40 años– es un país con $40.000 de ingreso anual por habitante. Bueno, algo hicimos mal los latinoamericanos. ¿Qué hicimos mal? No puedo enumerar todas las cosas que hemos hecho mal. Para comenzar, tenemos una escolaridad de siete años. Esa es la escolaridad promedio de América Latina y no es el caso de la mayoría de los países asiáticos. Ciertamente no es el caso de países como Estados Unidos y Canadá, con la mejor educación del mundo, similar a la de los europeos. De cada 10 estudiantes que ingresan a la secundaria en América Latina, en algunos países solo uno termina esa secundaria. Hay países que tienen una mortalidad infantil de 50 niños por cada mil, cuando el promedio en los países asiáticos más avanzados es de 8, 9 ó 10.

Nosotros tenemos países donde la carga tributaria es del 12% del producto interno bruto, y no es responsabilidad de nadie, excepto la nuestra, que no le cobremos dinero a la gente más rica de nuestros países. Nadie tiene la culpa de eso, excepto nosotros mismos.

En 1950, cada ciudadano norteamericano era cuatro veces más rico que un ciudadano latinoamericano. Hoy en día, un ciudadano norteamericano es 10, 15 ó 20 veces más rico que un latinoamericano. Eso no es culpa de Estados Unidos, es culpa nuestra.

En mi intervención de esta mañana, me referí a un hecho que para mí es grotesco, y que lo único que demuestra es que el sistema de valores del siglo XX, que parece ser el que estamos poniendo en práctica también en el siglo XXI, es un sistema de valores equivocado. Porque no puede ser que el mundo rico dedique 100.000 millones de dólares para aliviar la pobreza del 80% de la población del mundo –en un planeta que tiene 2.500 millones de seres humanos con un ingreso de $2 por día– y que gaste 13 veces más ($1.300.000. 000.000) en armas y soldados.

Como lo dije esta mañana, no puede ser que América Latina se gaste $50.000 millones en armas y soldados. Yo me pregunto: ¿quién es el enemigo nuestro? El enemigo nuestro, presidente Correa, de esa desigualdad que usted apunta con mucha razón, es la falta de educación; es el analfabetismo; es que no gastamos en la salud de nuestro pueblo; que no creamos la infraestructura necesaria, los caminos, las carreteras, los puertos, los aeropuertos; que no estamos dedicando los recursos necesarios para detener la degradación del medio ambiente; es la desigualdad que tenemos, que realmente nos avergüenza; es producto, entre muchas cosas, por supuesto, de que no estamos educando a nuestros hijos y a nuestras hijas.

Uno va a una universidad latinoamericana y todavía parece que estamos en los sesenta, setenta u ochenta. Parece que se nos olvidó que el 9 de noviembre de 1989 pasó algo muy importante, al caer el Muro de Berlín, y que el mundo cambió. Tenemos que aceptar que este es un mundo distinto, y en eso francamente pienso que todos los académicos, que toda la gente de pensamiento, que todos los economistas, que todos los historiadores, casi que coinciden en que el siglo XXI es el siglo de los asiáticos, no de los latinoamericanos. Y yo, lamentablemente, coincido con ellos. Porque mientras nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías, seguimos discutiendo sobre todos los “ismos” (¿cuál es el mejor? capitalismo, socialismo, comunismo, liberalismo, neoliberalismo, socialcristianismo...), los asiáticos encontraron un “ismo” muy realista para el siglo XXI y el final del siglo XX, que es el pragmatismo . Para sólo citar un ejemplo, recordemos que cuando Deng Xiaoping visitó Singapur y Corea del Sur, después de haberse dado cuenta de que sus propios vecinos se estaban enriqueciendo de una manera muy acelerada, regresó a Pekín y dijo a los viejos camaradas maoístas que lo habían acompañado en la Larga Marcha: “Bueno, la verdad, queridos camaradas, es que mí no me importa si el gato es blanco o negro, lo único que me interesa es que cace ratones”. Y si hubiera estado vivo Mao, se hubiera muerto de nuevo cuando dijo que “la verdad es que enriquecerse es glorioso”. Y mientras los chinos hacen esto, y desde el 79 a hoy crecen a un 11%, 12% o 13%, y han sacado a 300 millones de habitantes de la pobreza, nosotros seguimos discutiendo sobre ideologías que tuvimos que haber enterrado hace mucho tiempo atrás.

La buena noticia es que esto lo logró Deng Xioping cuando tenía 74 años. Viendo alrededor, queridos presidentes, no veo a nadie que esté cerca de los 74 años. Por eso solo les pido que no esperemos a cumplirlos para hacer los cambios que tenemos que hacer