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jueves, 26 de noviembre de 2015

Delirios medievales contra la mujer


Por: Richard Campos Villalobos

Dominados por no sé qué absurdo principio, la comisión de Constitución del Congreso archivó un proyecto de ley para despenalizar el aborto en casos de violación que buscaba prestar ayuda a las mujeres y niñas pobres. Ahora los tontones del silicio y los ayunos aplauden y celebran la vida. Eso no me incumbe, son manías del medioevo, lo que me preocupa en verdad es la clandestinidad médica que hace peligrar la vida de las mujeres más vulnerables, es decir las más pobres, sin que al Estado le importe un bledo, pues está capturado por fanáticos que solo se guían de dogmas y ya no ven la realidad. ¿Para eso pagamos impuestos? ¿Para mantener legisladores que defienden dogmas de fe, antes que a los ciudadanos votantes?  

Las agresiones sexuales contra niñas son un crimen común en nuestro país, especialmente en los sectores más pobres. La cifra es además dramática pues se reportan en el entorno más cercano, es decir las agresiones contra mujeres y/o niñas provienen de padrastros, tíos o incluso padres a los que a una niña le resulta imposible denunciar. La realidad de abuso y violencia en que viven las mujeres pobres, víctimas del machismo ancestral, es muy poco difundida. Esta triste realidad destruye las vidas de muchas mujeres condenándolas a la miseria segura y tiene un grave impacto en toda la sociedad. Señores congresistas ¿deben sufrir estas mujeres para satisfacer su morbo moralista? En su delirio religioso actúan como ayatolas que imponen la sharia para condenar a las mujeres en defensa de sus sagradas escrituras. Carente el Perú de un Estado laico, el proceder de estos congresistas confirma que el Perú seguirá retrasado en materia de derechos civiles, como un país anclado en la Edad Media, dominado por un implacable lobby religioso que oxida las mentes, no solo de funcionarios públicos, sino también las de jerarcas de universidades y de otras instituciones importantes. De modo que no somos tan diferentes a cualquier país dominado por la religión en el Medio Oriente o el África.

Somos el hazmerreír del continente en cuanto a derechos civiles. El mundo civilizado se reiría de nosotros al saber que un grupo de fanáticos religiosos en el Congreso dicta leyes en el sentido opuesto al mundo moderno, y dando la espalda a la realidad lacerante de su sociedad más pobre. Hasta Bolivia despenalizó el aborto para casos de violación hace varios años, para no mencionar a Argentina, Uruguay y, recientemente, Chile. ¿Todos ellos están equivocados? ¿Quién anda mal? ¿Los que desarrollan nuevos conceptos o los que se adormecen en las creencias del Medioevo? Un argumento risible para contrariar este proyecto de ley, es que se dice que aumentará el número de abortos y que hasta las mujeres “irresponsables” aducirán violación para sumarse a la práctica, que se volverá cotidiana. Esto no ha ocurrido en los países donde ya se despenalizó el aborto. Más bien han disminuido y, sobre todo, han disminuido las muertes de mujeres.

La Constitución dice garantizar los derechos del concebido en lo que le sea favorable. No creo que sea favorable nacer como un bastardo no deseado, sin padre ni madre, abandonado en la miseria para terminar como pandillero o delincuente, para quien luego los mismos próvida pedirán pena de muerte. Estos hipócritas de la vida dicen que no quieren “asesinar a un inocente” y que mejor sería darlo en adopción. ¿Cuántos de estos hipócritas de la fe han adoptado a algún niño pobre, rescatándolo de la miseria de su choza en algún cerro? ¡Ninguno! Son solo charlatanes moralistas que apenas saben golpearse el pecho y mirar al cielo. Les importa un rábano la miseria que generan con su prédica. Al igual que los fanáticos musulmanes se sienten felices porque creen que acatan la voluntad de Dios y reciben las bendiciones de Cipriani. La sharia católica obligará a la mujer a parir calladita para glorificar el don de la vida. Solo les falta sacar en procesión al feto.

En un país decente y civilizado, guiado por la razón, la maternidad tendría que ser la experiencia más maravillosa de una mujer como producto del amor. En primer lugar, debe ser voluntaria. Es lo correcto. La maternidad no puede ser un trauma o una condena de por vida, tampoco puede ser el resultado de la violencia o de un crimen, y mucho menos de la obligación del Estado. Obligar a la mujer a convertirse en madre, o siquiera a parir, es aumentar la violencia contra ella. El Estado, dominado por fanáticos de la fe, se hace cómplice de los criminales que violentan a la mujer, obligándola a convertirse en madre a la fuerza. Después de todo ¿cuándo le han importado las mujeres a la religión?

lunes, 21 de septiembre de 2015

Utopías totalitarias de izquierda y derecha


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez


Hay dictaduras de izquierda y derecha, así como hay ideologías y totalitarismos de izquierda y derecha. No hay mayor diferencia entre ellos, salvo el color de los uniformes y los lemas de campaña. Al final todos se basan en una utopía que se pretende imponer a todos por la fuerza o, en nuestros tiempos, mediante la captura del Estado o la imposición de la ley. No siempre se trata de tomar el poder. A veces basta con una ley o incluso con incluir un solo párrafo en la Constitución. Al final de lo que se trata es de imponer a todos una norma de vida, eliminando su poder individual para tomar sus propias decisiones. El poder totalitario ha decidido lo que es mejor para todas las personas. 

Probablemente haya sido Erick Fromm quien mejor explicó por qué los pueblos apoyan a los dictadores y sus proyectos totalitarios, pese a que significa perder la libertad. A lo dicho en su formidable ensayo “El miedo a la libertad”, me gustaría añadir algunos comentarios. Ya antes he mencionado el éxito de los proyectos ideológicos que liberan al ser humano del peso de su existencia y de la responsabilidad de sus actos para ofrecerles una utopía de salvación. Estos proyectos van desde la religión hasta seudociencias, como el psicoanálisis y el marxismo. Si uno los descompone en sus elementos básicos encontraremos que la fórmula del éxito es la misma. Veamos algunos de estos componentes comunes.

Todo proyecto totalitario se disfraza de una causa noble. Los totalitarios no usan el uniforme militar de los nazis, aunque cabe notar que ellos surgieron ofreciendo recuperar la dignidad de los alemanes vengando una derrota militar. Tenía pues bastante sentido ese uniforme. Los demás totalitarismos ofrecen otros tipos de glorias como la defensa de la justicia, los pobres, el ambiente, los animales, la salud o la vida. Hay muchas causas lindas que ofrecer. Casi siempre son entelequias difíciles de definir pero están adornadas por bellas y conmovedoras imágenes. En los hechos siempre significa eliminar la libertad de algunos en aras de un bien mayor, de una utopía, la cual puede incluso mostrarse como valor superior y “verdadera” libertad, que es lo que ocurre con la prensa amordazada por el socialismo. Así es como todo totalitarismo tiene seguidores posando como súper héroes sociales defensores de causas lindas y nobles.

Otro recurso efectivo del totalitarismo es el empleo engañoso del lenguaje. Sus embustes se parecen a los usados por embaucadores que venden productos inocuos con el mensaje “ayuda a prevenir”. Es decir, no hace nada, pero la gente cree que si. Mensajes abstrusos que van desde “defendamos la vida” hasta “salvemos el planeta” son joyas del embuste colectivo y de la manipulación de masas. La transmutación de la realidad mediante el abuso del lenguaje es una constante en estos sectores. De este modo los pobres se convierten en consecuencia de un sistema perverso, el empresario pasa a ser un explotador y, en el otro extremo, un embrión se convierte en “inocente niño” o incluso en persona humana de derecho pleno, mientras que la mujer que lo contiene y lo sostiene es degradada a nivel de simple incubadora sin opinión. Al final los pobres y los fetos pasan a ser objetivos de campaña dejando de lado la realidad y el contexto. La retórica se ocupará de montar el espejismo que reemplaza a la realidad. 

Paralelamente corre el trabajo de descalificar al oponente pintándolo como el monstruo y enemigo: explotador, asesino, genocida. No hay debate posible porque la causa ha sido revestida con los formatos de una verdad dogmática fuera de toda discusión y untada, además, con el crisma de la moral más elevada. Nunca faltan los "líderes de opinión" que se prestan a posar a favor de la causa noble ejerciendo su papel de "politicamente correctos". Los eslogans de campaña son fundamentales. Tienen que ser encantadores y fáciles: "Yo defiendo la vida". "Ayudemos al planeta". La cereza del pastel es siempre el empleo de las masas que marchan exultantes vivando a sus líderes salvadores y agitando las pancartas de la causa. Con todo esto tenemos configurado el accionar del totalitarismo. El puntillazo final es el empleo del Estado para perpetrar la restricción de la libertad y penalizar las conductas que se desvíen del cauce impuesto y traicionen los elevados fines de la ideología.

El resultado de estos proyectos totalitarios y utópicos son siempre los mismos: degradación social y miseria. La razón es simple: los utópicos se enamoran de una idea y dejan de lado la realidad. Las campañas totalitarias anulan la razón y apuntan a la sensiblería, buscan las emociones primarias. La gente acaba enamorada de la causa por una imagen: el "inocente niño por nacer" o los glaciares derretidos. Es mucho pedir que las masas piensen y hagas reflexiones de costo beneficio apostando por medidas que pueden parecer difíciles y duras, pero que a la larga traerán beneficios para una sociedad mejor. El facilismo mental de las masas solo mira el presente y actúa convencido por sus emociones.

Nunca será buena una causa totalitaria que toma decisiones por las personas. Nada puede reemplazar a la exitosa fórmula de la libertad individual donde cada quien decide por sí mismo, en busca de lo mejor según su propio contexto y realidad. La suma de buenas decisiones individuales siempre será muy superior a la decisión universal impuesta a todos por igual, por un puñado de totalitarios iluminados instalados en el Estado o usando sus leyes para sus fines ideológicos. Pero aunque todo esto sea muy fácil de comprobar a lo largo de la historia, nada sigue siendo más difícil de defender que la libertad. Por paradójico que parezca, la gente prefiere las utopías a la libertad. A veces creen que la pérdida de libertad no les afectará a ellos. Pero esa idea es falsa. La miseria final afectará a todos sin excepción.