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viernes, 17 de abril de 2015

Los luchadores anticorrupción del Perú


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez
Fuente: El Montonero

Uno de los especímenes más abundantes de nuestra fauna política en estos tiempos es la de los luchadores anticorrupción. Estos aparecieron en los 80 con el beligerante diputado Alan García, quien llegó a la presidencia prometiendo sentar a Fernando Belaunde en el banquillo de los acusados; luego apareció el implacable Fernando “Popy” Olivera, cuyo busto debería erguirse bajo faroles en el salón de los luchadores anticorrupción, junto al de Alejandro Toledo, Ollanta Humala y Mario Vargas Llosa, autores de memorables discursos que tendrían que leerse como lecciones de ética. Todos ellos resultaron al final expertos en el arte del reacomodo político “por la gobernabilidad”. No se hicieron problemas para abrazarse con cualquiera que les garantizara una cuota de poder o para cerrar el paso a sus enemigos. Y lo curioso es que nos mostraban sus enjuagues políticos como virtudes democráticas, actos magnánimos que debíamos agradecerles por salvar a la patria.

Donde más han abundado los luchadores anticorrupción es en la izquierda, pero con una peculiaridad muy moderna: ya no se trata de acusar a personas sino a sectores políticos enteros. Se han especializado en la estigmatización del Apra y el fujimorismo como símbolos de la corrupción. Es parte de su aniquilamiento político. Han reemplazado el debate por un cargamontón de etiquetas y mentiras, sembrando en los jóvenes la idea de que la corrupción en el Perú empezó en los 90 y que esa fue la época de mayor corrupción. Es otro mito barato de izquierda.

La corrupción es un mal endémico de la humanidad, presente en países pobres y ricos. En el Perú lamentablemente es parte de nuestra cultura y no se puede afirmar que un gobierno lo inventó. Se inicia con la misma república y los bonos de la independencia; luego siguió con el contrato Dreyfus. Hay archivos en la casa Dreyfus de París que registran el pago a los congresistas de la época. Solo faltan los videos, pero estos aparecerían en nuestra política 130 años más tarde. En ese transcurso han pasado muchas cosas, como la construcción del ferrocarril central, el más caro del mundo “para ir a ninguna parte”, como lo reseñó una crónica de la época en el New York Times.

En tiempos más recientes vimos la mega-corrupción del régimen de Velasco Alvarado, dedicado al vicio de construir enormes elefantes blancos como El Pentagonito, el Centro Cívico, la sede de Petroperú, el actual Ministerio de Cultura (que pasó por varias manos sin saber qué uso darle), entre otros megaproyectos insensatos como el Oleoducto Norperuano para una exigua despensa petrolera en dos pozos. Todo ello representó miles de millones de dólares gastados sin ningún tipo de fiscalización ni control alguno. Allí había muchísimo pan por rebanar en todo ese funesto período pero nadie hizo absolutamente nada por investigar porque los militares no se presentan a las elecciones y no son rivales políticos de nadie. Así funciona este país.

Una de las más funestas herencias del velascato (entre muchas que aun quedan) es el narcotráfico. Para nadie era un secreto que policía o militar que se iba a la selva en esos tiempos se hacía millonario, escandalosa y descaradamente millonario, sin que nadie lo cuestione ni lo investigue. La penetración del narcotráfico en nuestras instituciones empezó en esa época aciaga del velascato. Nadie ha documentado seriamente la historia de la corrupción en el Perú, y menos la izquierda. Pero si hay un sector político que representa auténticamente la corrupción a gran escala es la izquierda estatista, pues nunca ha existido mejor caldo de cultivo para la corrupción general que un Estado grande, poderoso, autoritario y controlista, rodeado de empresas públicas y millones de burócratas convertidos en militantes a sueldo del régimen, como lo que tuvimos en el velascato y en el aprismo ochentero, y hoy vemos con lástima en Venezuela, país que lidera el ranking mundial de la corrupción. Seamos claros en eso y no nos dejemos engañar.

lunes, 19 de agosto de 2013

Esbozos de una geoestrategia (1)


Por Felipe Cortijo

Me contaban algunos amigos -cercanos al antiguo circulo de los halcones chilenos- que si bien es cierto que en ese país las élites políticas disentían en cuanto a las formas de gobierno, la derecha y la izquierda una vez que dirimían quién conducía el destino de esa nación, tenían la clara conciencia de sus responsabilidades, y no se prestaba a duda, sobre lo que siempre tuvieron que hacer. Prueba de esto era que en el gobierno chileno, la remuneración por un cargo público diferia enormemente con Perú. Un congresista peruano recibe sueldo, dietas, comisiones y una serie de prebendas con dádivas que ruborizarían a un chileno, pues un congresista de ese país del sur, recibia una sola remuneración que no pasaba de los tres mil dólares. Esta diferencia es algo francamente inmoral, y no se diga de las presidencias regionales en el Perú, no hay control en ese escandaloso dispendio de las arcas públicas en las “regiones”. Modelo político administrativo heredado de Alejandro Toledo.

Esto no es más que una prueba palpable de nuestra pobre preparación -si es que hubiese alguna- para asumir con seriedad las responsabilidades de un cargo público. Pareciera que el pragmatismo es confundido con el oportunismo, lo relevante con lo improvisado y lo meritorio con el simple arribismo. Finalmente nos contentamos con una serie de requisitos minimos para poder acceder a la función pública, por increíble que parezca, en el caso de las funciones más altas y dependientes de una votación popular, ni siquiera es necesario saber escribir bien el idioma castellano.

En Chile existe una clara conciencia de lo que se quiere hacer, hay mística como país, no necesitan de un logo que diga “nacionalista” para sentirse patriotas. Ellos saben que heredaron un territorio en la peores condiciones, y en algunas partes lo han convertido casi en un paraíso natural. Cuentan con acceso por hermosas carreteras, aeropuertos o puertos, diferencia que cualquiera puede constatar visitando esa parte del mundo.

Aquí en Perú aun no cobramos conciencia de nuestros deberes, envueltos ellos en una serie de compromisos adquiridos, de una u otra forma, con negocios privados etc. Piñera renunció a la dirección de sus negocios una vez que fue elegido presidente. Aquí mezclamos los compromisos publicos con las pozas de maceración de coca, con cocaleros, y con testaferros de algún cartel que hacen las veces de “asesores” de congresistas para integrar la Comisión que maneja toda la información clasificada del país. Hasta aquí llegamos. Es necesario y urgente, redefinir nuestra actitud en el servicio del sector público, y lo primero que se debería hacer es cortar la parte podrida. Empezemos por el factor económico-laboral. La Ley de Servicio Civil debería alcanzar a las altas esferas del gobierno, empezando por el Congreso, reasignando una escala remunerativa fija de alto nivel.

Que la postulación a un puesto político no signifique nunca más un negocio particular. Sólo así nos daremos cuenta que servimos al país por amor a la patria, y empezaremos a ser concientes de lo que nos debe significar el nombre de ella, el Perú.