miércoles, 10 de septiembre de 2014

La honestidad maquillada


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

No. Que no panda el cúnico. No es lo que usted cree. Susana Villarán no ha muerto frente a las pantallas. Así es como ha quedado luego de retocar su rostro en un vanidoso empeño por mejorar su imagen para ganar fans y likes. Lejos de lo que pretende, la alcaldesa de Lima se ha convertido más bien en la imagen de la frivolidad y el desatino. Su retoque facial no puede cambiar su imagen pública deteriorada sin remedio. No solo por su bien ganada fama de incapaz, sino porque en los últimos días no ha podido ser más insensible con toda esa gente afectada por el mamarracho de la reforma de transporte. Desgraciadamente la rigidez de su rostro no le permite ya expresar ni siquiera arrepentimiento. Como si fuera un monumento de mármol a la incuria municipal, su rostro ha plasmado para siempre la imagen de la soberbia y la insensibilidad al decirle a la gente que camine porque le hace bien bajar de peso. 

Es obvio que la señorona que regenta el corral de progres inútiles de la MML, no tiene la menor idea de lo que es caminar durante media hora por las pampas de Amancaes en la penumbra del amanecer, pisando el fango en medio de la humedad y el frío mientras recorren la distancia al paradero inicial del Corredor Azul, hasta donde tienen que llegar madres y niños humildes para poder ir a estudiar y trabajar. La alcaldesa debería estar más que agradecida a las vilipendiadas combis que salieron a recoger a esa multitud de gente varada en las laderas de los cerros gracias a la genialidad y pedantería de los costosos genios municipales. Esas combis han salvado a la alcaldesa y sus inútiles de ser linchados por la indignada población.

A pesar de sus retoques cosméticos, sus rígidos gestos de arrepentimiento y sus disculpas tardías, Susana Villarán dejó de ser la imagen de la honestidad con que tanto se publicitó y con la que fue recubierta por sus adulones y sahumadores, esa plaga de progresistas parásitos, ex figuritas mediáticas, artistas fracasados, mermeleros de la prensa y féminas de la TV que se arrimaron a su perfil de honestidad para cobijarse bajo su sombra, mientras se apartaban lo más posible del demonio de Castañeda, quien a su vez fue etiquetado gratuitamente de corrupto por esa misma pandilla. Todo fue parte de un vil juego sucio con el que pensaron tener el éxito asegurado. Pero el tiro les salió por la culata. La gente no se tragó el psicosocial de Castañeda-corrupción y Villarán-Honestidad que hoy no es más que un cliché gastado y sin efecto.

Susana Villarán se despedirá de su desastroza gestión, la peor que haya visto la municipalidad de Lima en sus 400 años, envuelta no solo en la invisibilidad de sus obras de ficción sino en diversos escándalos que por ahora no califican de delitos pero si de faltas graves a la ética y la decencia, como las contrataciones a regidores revocados y a sobrinos sin oficio ni título con sueldos de primer nivel, para no hablar de la feria de consultorías inútiles en que se convirtió su gestión desde un principio, así como la frondosa burocracia, el escandaloso presupuesto de publicidad, los malos manejos de la Caja Metropolitana y el circo de artistas manejados desde la Gerencia de Cultura, para no decir más. Tal vez la cereza del pastel sea esa gentuza de la oficina de Social Media, verdaderos trolls encargados de la guerrilla en las redes, creadores de los infames memes en que se burlaban de la gente que caminaba hacia el Corredor Azul.

La campaña del progresismo alrededor de Susana Villarán, desde su leyenda de honestidad y el circo de Comunicore hasta su tratamiento cosmético facial y las falsas disculpas por sus errores, quedarán en la historia de la infamia política, se grabarán en el muro del ridículo y la mediocridad más patética de la parásita e incapaz izquierda caviar.