miércoles, 22 de agosto de 2012

¿Por qué los programas sociales son malos?


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Los programas sociales se hacen para regalar plata del Estado. A veces en efectivo y en otras ocasiones como ayudas diversas. Se hacen por dos motivos básicos: 1) porque esa es la forma en que los demagogos aseguran votos (o al menos creen que lo hacen); y 2) porque la lógica común lleva a pensar que esas son buenas acciones, y por tanto, encuadradas en la "ética de izquierda" dedicada a favorecer a los más pobres, a los necesitados, a los excluidos, a los marginados, etc. 

Debido a la mediocridad de nuestra clase política, en el Perú la política es prácticamente sinónimo de beneficencia pública. Las campañas electorales son concursos de grandes regalones. Ollanta Humala ganó precisamente con su discurso asistencialista repleto de programas sociales, acusando al Estado de no ir hacía los pobres y que el modelo económico había fracasado porque seguían habiendo pobres. No importa que estos se hayan reducido a la mitad en 15 años. Basta que haya un pobre para que los demagogos de izquierda hablen de desigualdad y de fracaso del modelo económico. Pero es necesario examinar la política de programas sociales pues no siempre es lo que parece. Por ejemplo darle limosna a los niños en la calle solo incrementa la explotación de estos en manos de padres o parientes inescrupulosos. Como se ha comprobado, mucha gente alquila bebés para mendigar o usan a sus hijos menores como señuelos para la mendicidad. En todos estos casos la solidaridad del público produce resultados contraproducentes porque alimenta una mala conducta y hasta un delito. En la política ocurre algo todavía algo peor.

A primera vista parece que regalar plata es un tremendo acto de altruismo. Esto es lo que pretenden mostrar los políticos de izquierda, aunque ellos practican el altruismo con plata ajena. El altruismo bien entendido es una cualidad personal que implica el sacrificio propio en favor de otros. En los programas sociales no hay ningún altruismo porque lo que se regala es plata que no le pertenece al supuesto bonachón. Se regala plata ajena, recolectada para otros fines como garantizar seguridad a los ciudadanos. Regalar plata ajena no es un acto de altruismo, es malversación, ya que ese dinero le pertenece al Estado, es decir, a los contribuyentes, no al presidente. El político no puede disponer alegremente del erario para sus proyectos personalistas o partidistas. Si quiere hacer beneficencia debería hacerlo mediante su partido, su ONG, fundación o su propio dinero.

Es muy fácil pues posar como altruista y generoso cuando la plata que se regala no es de uno y, sobre todo, cuando el regalarlo nos favorece a nosotros mismos ya que ganamos imagen y cultivamos un electorado para el futuro. En este sentido, ese altruismo político es, en el fondo, un acto de inmoralidad e hipocresía. Es hacer campaña política con el dinero de los contribuyentes.

La gente no cae en cuenta de las consecuencias de lo que se llama "ayuda social". Se focalizan únicamente en la apariencia de supuesta ética política, pero no miden las consecuencias. Por ejemplo, cuando a mediados de los 80 se implementaron los comedores populares, fue notorio el efecto ya que la gente dejó de buscar empleo, preferían ir al comedor desde temprano a hacer su cola para recibir su ración. Ya no le veían sentido a trabajar si podían comer gratis. Gracias a ese programa social desapareció la mano de obra porque la gente prefería asegurar su almuerzo en la cola antes de salir a buscar empleo. Del mismo modo las constantes medidas populistas de perdonar la deuda de quienes accedieron a los créditos fáciles del Estado, solo alentó el perro muerto al Estado y la quiebra de toda la banca de fomento. Hoy se pretende nuevamente que el Banco de la Nación otorgue créditos fáciles a sectores que usualmente no son sujetos de crédito para la banca privada. Eso es pura demagogia y política mediocre de izquierdas.

La ayuda social, en general, crea dependencia, estimula la ociosidad e incluso fomenta otros vicios y delitos como las invasiones y "posesiones" de tierras, por ejemplo. Engaña a los jóvenes haciéndoles creer que serán grandes profesionales si se les paga una beca en una institución de prestigio. Eso es mentira porque esos chicos sencillamente no rinden, como es fácil comprobarlo. Además de todo esto, los programas sociales generan corrupción. 

Todo programa de ayuda social requiere contar con una administración, para lo cual se crea un organismo público. Este es el primer paso de la corrupción pues se abre la puerta para los allegados del nuevo régimen, que por lo general es gente que carece de la preparación adecuada; pero lo más grave es que invariablemente esta gente carece del espíritu altruista que se requiere en la labor. Los programas sociales están llenos de empleados que carecen de espíritu altruista. Son simples burócratas que están allí por un interés crematístico y, por lo tanto, es sumamente fácil que caigan en la tentación de usar su agencia para beneficio propio o de sus parientes o amigos, tal como ocurrió en el Banco de Materiales o en Pensión 65, para citar dos solo ejemplos.

Cumplir los propósitos de algunos programas sociales muy focalizados resulta difícil porque hay que identificar al público objetivo. Hacerlo bien implica contratar un ejército de burócratas que acaban consumiendo la mayor parte del presupuesto del programa. Entregar la gestión a las regiones no da buenos resultados, como vimos en Pensión 65, donde funcionarios del Banco de la Nación hicieron un gran fraude utilizando muertos o falsos beneficiarios, o los alcaldes que colocaron en la lista de beneficiarios a sus parientes y amigos.

Tampoco ha funcionado la idea de entregar la administración del programa a sus propios beneficiarios, pues la corrupción es aún peor, tal como viene ocurriendo en el "Vaso de Leche" usado por mucha gente que ha superado largamente el umbral de la pobreza, dejando de lado a quienes sí lo necesitan, por rivalidades o  antipatías internas. Lo contraproducente de esto es que se crean mafias alrededor del programa.

Cualquier programa social que se revise dejará al descubierto una gran cantidad de corrupción, mal empleo, burocracia excesiva, ineficiencia, desinterés para monitorear los resultados y manipulación política del mismo. Pero además genera personas dependientes que carecen de la razón para surgir por sí mismos. Hacer escaleras en los cerros parece un gran acto de altruismo pero se está condenando a la gente a vivir permanentemente en un cerro, generalmente deleznable, adonde se han metido ilegalmente y donde nadie debería vivir. Lo adecuado sería pensar en bajarlos de allí, reubicarlos en espacios más apropiados, dándoles las facilidades que requieran para pagar ese espacio y vivir con dignidad. Las escaleras no solucionan el problema. Solo sirven para engañar a los tontos de siempre y hacer publicidad electoral.

En suma, debemos empezar a cambiar esa mentalidad mediocre de creer que la política se reduce a la ayuda a los más pobres mediante el asistencialismo. Ya hemos llegado a crear todo un ministerio para dedicarse a esta absurda tarea. Nos han vendido la equivocada idea de que la inclusión social consiste en regalar plata y tiene que hacerla el Estado directamente, cuando esa es una tarea que compete a la misma sociedad. Es la sociedad la que debe incluirse en la formalidad. El Estado no incluye a nadie premiando la informalidad y la mediocridad. Por ejemplo, facilitándole los trámites a los mineros informales y dándoles plazos tan absurdamente largos, o regalando un "bono de chatarreo" a los transportistas más irresponsables e incompetentes, o regalarle un "seguro" a quien no aporta nada para tenerlo, etc. Todo eso es idiotez política disfrazada de altruismo.

La pobreza hay que erradicarla dando empleo. El empleo surge cuando creamos el clima político, jurídico y económico adecuado para las inversiones, y cuando invertimos en educación. El resto es demagogia pura. En última instancia, si se quiere ayudar a los pobres, deberían apoyar a los organismos privados realmente altruistas que existen y funcionan bien, tales como las congregaciones religiosas, fundaciones de ayuda, clubes, ONGs, etc. Esa sería la manera más eficiente de ayudar a los más necesitados sin crear burocracia, y corrupción, y sin degenerar la política a simple asistencialismo electorero.