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viernes, 13 de diciembre de 2013

Lo que Chile se juega este 15


Por: Claudio Oliva Ekelund

Entre las no pocas falsedades que, abusando de su credibilidad, ha expresadoMichelle Bachelet en el curso de la campaña que está llegando a su fin, una de las más burdas es la que se refiere al modo en que plantea lo que se juega en esta elección. Según ella, un triunfo de Evelyn Matthei significaría que el país siguiera tal como está, mientras el suyo conduciría a que se efectuaran los cambios que Chile necesita.

¿Tiene aquello algún sentido? A mi juicio, ninguno.

Tal vez Bachelet quiera decirnos que un gobierno de Matthei sería uno de estricta continuidad respecto del actual. Pero ocurre que si algo no ha hecho el Presidente Piñera es dejar que el país “siguiera tal como estaba”. Chile ha progresado mucho en estos años, de hecho, bastante más de lo que lo hizo con Bachelet.

Por mencionar algunos ejemplos, durante los primeros tres años del actual gobierno las remuneraciones del 10% más pobre aumentaron, según la Universidad de Chile, un 77% por sobre la inflación, mientras en los cuatro de Bachelet lo habían hecho un 26%, es decir, apenas la tercera parte. Si en 2009 unos 4,5 millones de chilenos salieron de veraneo, en 2013 lo hicieron aproximadamente 8,5 millones, o sea, casi el doble. Con el Crédito con Aval del Estado vigente en la época de Bachelet, un egresado de medicina que hubiera financiado sus estudios por esa vía debía destinar, en promedio, la cuarta parte de sus ingresos mensuales a pagar su deuda; con las reformas introducidas por Piñera esa cantidad se redujo a la décima parte de esos ingresos. En marzo de 2010 había una lista de espera con nada menos que 380.000 intervenciones teóricamente garantizadas por el plan AUGE retrasadas más allá del plazo establecido; para noviembre de 2011 ya no había ninguna. En el período de Bachelet el postnatal duraba tres meses; ahora se extiende por seis.

Chile tiene todavía mucho que mejorar, especialmente en ámbitos como la educación, la salud, las pensiones y la regionalización. Pero lo previsible es que con Matthei tales asuntos sean abordados con sensatez y que el país continúe avanzando al ritmo nada despreciable al que lo ha hecho en estos años simultáneamente en los planos económico, social, político y valórico.

En cambio, el programa de Bachelet está trufado de medidas electoralistas que buscan, en muchos casos, halagar a grupos de presión con capacidad de movilización o al electorado situado más a la izquierda, que ofrecen un serio riesgo de entrabar, de modo que puede ser luego muy difícil de revertir, la aptitud de nuestro país para seguir volviéndose, a la vez, más libre, próspero y justo.

El Mercurio de Valparaíso, 8 de diciembre de 2013

lunes, 24 de junio de 2013

Otra vez el cuento del socialismo


Por Mónica Mullor

He vivido tanto en Suecia como en España, y cuando escucho a ciertos candidatos presidenciales de la izquierda chilena tengo la sensación de estar viendo una película repetida. Michelle Bachelet me recuerda a los políticos suecos de la década de los 80 o a los españoles de hace no mucho, cuando todo se resolvía diciendo "más Estado" y se prometían "derechos sociales" a diestra y siniestra, inflando las expectativas de unos votantes fascinados con ese Estado todopoderoso que les hacía creer que soñar no cuesta nada. 

El carrusel de las ilusiones duró unos treinta años en Suecia gracias a unas condiciones económicas excepcionales. Entre 1960 y 1990 se duplicó el gasto fiscal, que pasó del 30 al 60% del PIB, y todo el crecimiento del empleo se dio dentro del sector público. Los derechos se multiplicaron y los subsidios se dispararon. Al final, casi daba lo mismo trabajar que no hacerlo. La mitad o más del salario de un modesto trabajador debía destinarse a pagar impuestos directos e indirectos. Muchos de ellos incluso caían bajo la línea de pobreza, dada la carga impositiva, y luego debían recurrir a los subsidios estatales para sobrevivir. Y así, muchos terminaron siendo súbditos del Estado más que ciudadanos. 

De esta manera, no sólo se terminó ahogando al sector privado y destruyendo el incentivo a trabajar, sino creando un Gran Estado que, por su tamaño, era sumamente vulnerable. El triste despertar del pueblo sueco llegó a comienzos de los 90. Bastó una coyuntura difícil para que el Gran Estado se desmoronara: aumentó la cesantía, cayó la capacidad tributaria y el déficit público llegó al 11% del PIB en 1993. Luego vinieron los años duros, el recorte de los derechos sociales, las grandes reformas del sistema de pensiones, etc. La inflación de los derechos se pagó muy cara. 

Luego viví en España y vi cómo el temperamento latino y la desvergüenza de los socialistas (incluidos los socialistas del Partido Popular) provocó en pocos años el mismo perjuicio que en Suecia tomó décadas perpetrar. Los tiempos del despilfarro y del todo gratis español dieron lugar a muchas burbujas sociales. Universidad para todos y gratuita, atención sanitaria para el mundo entero, aeropuertos sin viajeros, en fin... almuerzo gratis y café para todos. Hoy, los españoles saben que todo era un engaño, los derechos sociales sólo podían pagarse en situaciones de bonanza económica y con dinero prestado, no en tiempos de crisis. 

Ahora, estando en Chile, me entristece ver que se trata de vender aquí el mismo cuento que ha llevado a otros países a profundas crisis. Hay que contarle a los chilenos, además, que cuando un político quiere más Estado, también quiere súbditos y no ciudadanos. 

ideasyanalisis.wordpress.com