jueves, 4 de febrero de 2016

El rollo anticorrupción


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Extraño y penoso resulta que los candidatos sean convocados nuevamente para hablar sobre lo mismo: la lucha contra la corrupción. ¿Acaso esperan que digan otra cosa? Hay muchos otros temas sobre los cuales deberíamos exigir a los candidatos un pronunciamiento claro, como por ejemplo, el desmesurado crecimiento del Estado que ya bordea los dos millones de empleados públicos, la persistente informalidad del 70% de la economía que nadie soluciona, el fracaso de la educación pública que no se resuelve con mayores presupuestos, el deterioro de los servicios de salud, la creciente inseguridad ciudadana, etc. Los dos foros anticorrupción solo han servido como una competencia para ver quién es el más malo con los corruptos, quién ofrece más penas y quién es el más original para ponerle nombre a su nuevo organismo publico de lucha anticorrupción.

La corrupción debería ser un tema que la Contraloría exponga para ilustrar a los candidatos en lugar de pedirles planes a ellos. Todo lo que podemos esperar de los candidatos es demagogia e ideas extravagantes. Por ejemplo, crear nuevos monstruos burocráticos con nombres tenebrosos y, peor aún, instalados en palacio de gobierno, como ha propuesto uno. Los problemas no se resuelven con retórica, amenazas, conjuros mágicos ni con más burocracia, mucho menos.

La corrupción es bastante simple de explicar. En primer lugar se debe a la facilidad que brinda nuestro precario sistema político para que cualquier saltimbanqui ingrese a administrar el aparato público. Las puertas están abiertas para cualquiera. Gran responsabilidad tiene la cacareada ley de partidos políticos promulgada con bombos y platillos en el 2003, en plena fiebre legislativa de ilusos delirantes que creyeron que todo se resolvía con maravillosas leyes grandilocuentes, y con burocracia en organismos públicos de nombres pomposos; pero casi todas esas leyes acabaron en el tacho de basura, como la de regionalización, aunque los organismos públicos permanecen en el parasitismo. Lo peor de todo es que nadie se atreve a cambiar de mentalidad y enfrentar los problemas de otra forma. Siguen apostando por mitos ideológicos como la descentralización dirigida desde Lima y por la democratización electorera forzosa en las regiones. Cosas que no funcionan.

En segundo lugar está el enrevesado escenario regulatorio creado por el Estado, que acumula demasiado poder y recursos, permite una burocracia arrogante con el poder para administrar mucha beneficencia social, y para decidir qué iniciativas privadas marchan y cuáles se quedan archivadas, hasta que una mano bien aceitada las mueva de lugar. En tercer lugar está la idolatría por los “derechos”, que permite que una burocracia inepta y corrupta permanezca en su puesto, apañada por un Poder Judicial que exige su reposición ante cualquier castigo bien merecido. Mientras que los ociosos y los corruptos se sientan seguros en sus puestos es imposible avanzar. No hay nada que apoye más la corrupción y la ineptitud que la “estabilidad laboral”, el peor rezago del velascato que nadie se atreve a eliminar de raíz.

En pocas palabras, mucho del escenario nefasto que hoy padecemos es la consecuencia directa de nuestras malas leyes, hechas siguiendo ideologías de moda (provenientes de una izquierda fracasada) antes que atendiendo nuestra realidad. Nosotros mismos hemos creado este escenario funesto. No tenemos que criticar a Venezuela por padecer las consecuencias de sus malas leyes, pues nosotros pasamos lo mismo. Los problemas que padecemos hoy son derivados de la idolatría de totems ideológicos que nadie se atreve a derribar. Por eso seguimos padeciendo el 70% de informalidad laboral, pues nadie tiene agallas para eliminar las gollerías consagradas por los demagogos de ayer, y que hoy son mal llamados “derechos laborales”. No se puede cambiar el escenario sin un cambio de mentalidad mediante un  shock de realismo pragmático. 

La ideología de los “derechos sociales” nos está haciendo pagar facturas muy altas en varios campos como la informalidad laboral, la corrupción administrativa del aparato público y hasta en la seguridad ciudadana. Se habla demasiado de derechos pero nada de deberes y obligaciones. Es tiempo de dejar de hablar tanto de derechos y empezar a hablar de responsabilidades y competitividad. Si no se tiene el valor para desterrar mitos ideológicos nada cambiará con nuevos presidentes ni con más leyes draconianas, ni con nuevos organismos burocráticos de nombrecitos dramáticos.