viernes, 12 de junio de 2015

El aborto en blanco y negro


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La discusión sobre la despenalización del aborto ha caído a niveles de vergüenza en el Congreso, donde solo se escuchan prejuicios, creencias, dogmas y consignas. Incluso quienes defienden la norma carecen de recursos y pierden la perspectiva. Es el nivel de los políticos que ingresan al Congreso gracias a su perfil de ayayeros, deportistas, comentaristas o como parte de una logia de fanáticos de la fe, en lugar de mostrar cualidades intelectuales y trayectoria política.

Para empezar, considero que el proyecto está mal planteado, pues se pide despenalizar el aborto solo en casos de violación. Claro que eso parece lógico, uno puede pensar que al menos eso podría conseguirse en un país donde la cucufatería predomina hasta en las esferas del Estado. Pero no es así, dado que resulta muy difícil probar una violación y es muy fácil acusar a alguien de violación. Peor aun, en muchos casos no hay denuncia por diversos motivos, como la amenaza. De manera que hubiera sido más simple y realista plantear directamente la despenalización total del aborto, habida cuenta que en los hechos ya lo está. ¿O hay alguien condenado por ese delito?

Lo que habría que pedir es la sinceración de las leyes. No podemos tener una legislación de espaldas a la realidad, que además de no aplicarse acaba siendo contraproducente porque afecta a muchas mujeres, como es fácil comprobarlo mediante las cifras oficiales del MINSA, provocando la precarización de la vida y la degradación de la sociedad. Estas debieran ser suficientes razones para despenalizar el aborto y permitir que el Estado se haga cargo de un problema social, si la gente actuara con sentido de la realidad antes que acatando consignas sometido a dogmas y creencias.

Desde un punto de vista liberal no se puede tolerar que el Estado se arrogue el derecho de decidir por las personas, y menos cuando tal decisión afecta a la propia persona. Resulta condenable que se le obligue a la mujer a ser madre cuando no puede o no quiere por diversas razones, como el embarazo por violación, algo tan cotidiano en nuestra realidad social. No se puede traer seres al mundo por una borrachera o un acto de irresponsabilidad. Las personas no son animales para que lleguen al mundo de cualquier manera. No se trata solamente de la vida, como reclaman a gritos los fanáticos. Se trata de personas que serán parte de una familia y de una sociedad. Esa decisión solo debe depender de la mujer. El Estado no puede imponerse sobre la voluntad de las mujeres obligándolas a ser madres como sea, en medio de su adolescencia, la orfandad o la miseria, y menos empleando como pretexto la ética desde una visión meramente biologista y maniquea, disfrazada de postura científica, cuando sabemos claramente que detrás solo hay consignas de fe dictadas por la Iglesia.

Como liberales tampoco podemos defender leyes prohibicionistas, dado que la mayoría de ellas solo traen funestas consecuencias como la informalidad. Casi siempre resulta que al final la mayor parte de la vida acaba fuera de la ley, y eso es un absurdo. Es precisamente lo que ocurre con la penalización del aborto: se producen aunque sean ilegales. Las leyes prohibicionistas casi nunca funcionan. Obedecen a fundamentalismos bienintencionados basados en dogmas ya sean de izquierda o de la ultra derecha conservadora religiosa. Pretenden defender principios que los demás no comparten o imponer formas de vida como si tuvieran el poder de mandar en las decisiones de las personas. La legislación no se puede sustentar en la utopía o el dogmatismo, y menos aun cuando la realidad empieza a degradarse por culpa de esas leyes. No hay mejor ejemplo que la prohibición del alcohol en los EEUU a principios del siglo pasado.

El aspecto más ridículo de esta discusión es la referencia a la ciencia. Estamos en un país fuertemente sometido al pensamiento colonial y medieval de la iglesia católica y de otras confesiones cristianas, y muy pocos tienen acceso a una racionalidad científica. Menos aun aquellos que niegan la evolución pero invocan la ciencia para defender la vida del no nacido. Está demás que hablemos de ciencia porque esta discusión va más allá de los hechos biológicos puros. Se trata más de una perspectiva cultural donde se confrontan valores y prioridades sociales. Desde esta perspectiva no podemos conceder calidad de "persona humana" a un embrión desarrollándose en el cuerpo de una mujer para darle supremacía por sobre la propia mujer. Eso es un extremismo absolutista y dogmático. Dejemos la payasada de invocar a la ciencia para llamar "inocente niño" a un embrión.

Evidentemente la defensa cerrada de la vida por la vida no tiene nada de científico. Se trata de un dogma de fe según el cual solo Dios puede dar y quitar la vida. Es decir, la vida es sagrada y solo por eso se idolatra al no nacido. Frente a esa posición es imposible plantear razones. A los fanáticos de la fe no les entran razones. Ellos apelan a subterfugios, manipulan la ciencia, apelan a la mentira y la manipulación mostrando imágenes de fetos de 9 meses como si eso fuera lo que se aborta, o incluso fetos sangrantes; llaman asesinato y genocidio al aborto y arman todo un escándalo para defender una abstracción, ajenos totalmente a la precariedad de la vida real evidenciada en las cifras de muertes maternas del Ministerio de Salud. Es la idolatría del no nacido a cambio del desprecio de la mujer y de sus derechos como persona, y de la realidad que afrontan.

También es ridículo apelar a las leyes para oponerse a los cambios porque precisamente se trata de cambiar esas leyes que han resultado ser malas. No se puede legislar sobre huevos asumiendo que son pollos. La Constitución dice que el concebido es sujeto de derecho en todo lo que le favorece. Habría entonces que preguntar si le favorece nacer en la orfandad, sin padre ni madre y para ser donado, en el mejor de los casos, o para vivir en la indigencia y la miseria. Cuando se trata de las adopciones por parejas gays, los profamilia alegan que no se puede decidir por los niños y que estos tienen el derecho de tener un padre y una madre y una familia natural, pero luego deciden por los no nacidos sin importarles adónde terminarán, o cerrando los ojos a la cruda realidad.

Finalmente no se trata de apoyar a la mujer o al no nacido sino de resolver un problema social existente. No es un lío entre feministas y adoradores del feto, que es la caricatura en que ha terminado este lío. Se trata de dejar en libertad a la mujer, quien debería ser la única en decidir según su propia circunstancia. Hay que dejarla decidir porque sabemos que las personas deciden siempre lo mejor para si mismas y los suyos, y que la suma de buenas decisiones forma mejores sociedades. Guardemos los dogmas de batalla. Acatemos los datos de la realidad. Es inconcebible que la ley quite libertad a las mujeres y las obligue a un destino de vida que no quieren tener. Es un acto de prepotencia y abuso que solo es dable en una sociedad sometida al totalitarismo de la fe, sumergida en el fetichismo religioso y al pensamiento único que irradia la Iglesia mediante sus acólitos y soldados en cruzada permanente. Hay que hacer un esfuerzo supremo por defender al Estado laico.