viernes, 20 de junio de 2014

Se impone la consigna


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La aprobación en el Congreso del informe de la megacomisión sobre los narcoindultos es algo que no debe sorprender a nadie. Se trata, una vez más, del voto por consigna. Y de una consigna que ya viene de muy atrás, incluso desde antes de que el gobierno nacionalista inicie su gestión. La meta es solo una: inhabilitar a Alan García y, si es posible, meterlo preso. Con ello el rojerío y la caviarada tendrían a sus dos mayores enemigos políticos derrotados. Y es que el segmento rojicaviar vive del odio al APRA y a Alberto Fujimori.

La consigna de perseguir a Alan García fue tan evidente que la primera acción del régimen nacionalista, coludido con el rojerío, fue formar la megacomisión que se encargaría de investigar toda la gestión del gobierno alanista bajo la premisa de que Alan García es un delincuente y solo con el propósito de hallar las pruebas incriminatorias. Para tal perverso fin todo servía. La megacomisión fue encabezada sin pudor por el propio régimen, a cargo de un perfecto incompetente como Sergio Tejada. Se le dotó con todos los elementos necesarios para llevar a cabo su patraña: millones en presupuesto, oficina equipada, computadoras y un ejército de asesores y personal auxiliar. Algo inédito en la historia de la república: una comisión parlamentaria encargada de buscar pruebas para acusar al ex presidente.

Evidentemente, luego de tres años de investigación y circo, la megacomisión tenía que cumplir con el fin para el cual había sido creado: inculpar a Alan García. Y así lo hizo. No les importó que los informes estuvieran siendo cuestionados por sus irregularidades y que el propio Poder Judicial hubiera declarado nulo todo lo actuado por haber trasgredido las formas mínimas del debido proceso, empezando por determinar desde un principio de qué se le acusa concretamente a Alan García. Pero la megapayasada de Tejada es un proceso ejemplar de la jurisprudencia rojicaviar en el Perú, ya famoso en el terreno político, pues empieza con la condena y luego va en busca del sustento de la acusación. La megacomisión es un disparate del derecho. 

Lo penoso del espectáculo que vimos es que el fujimorismo decidió no votar. De este modo le devolvían los favores al aprismo por haber apoyado la extradición y su silencio en el linchamiento de Alberto Fujimori por parte de las mismas hordas de izquierda. El fujimorismo olvida que Alberto Fujimori persiguió a Alan Gacía, pero no legalmente sino físicamente, rodeando su casa con tropas al día siguiente de dar el golpe. Fujimori le dio a Alan García el pretexto perfecto para huir, luego de pedir asilo en la embajada de Colombia. Si Alan García nunca pudo ser procesado por la justicia fue por esa torpe maniobra de Fujimori, pues Alan se quedó afuera todo lo que duró el fujimorismo, y sus posibles delitos prescribieron. 

De todos modos el rojerío y la caviarada oenegienta nunca descansaron en sus intentos de incriminar a Alan García. Se la tenían jurada por acciones como las del Frontón, donde la Marina pulverizó a un centenar de terroristas amotinados que no quisieron rendirse. En el pizarrón del rojerío pro terruco siempre estarán los rostros de Alan García y Alberto Fujimori como los enemigos a quien cobrarles la venganza a cualquier precio. El antiaprismo es una condición mental de la izquierda desde los días de Mariátegui y Haya, pues el APRA contuvo el crecimiento de la izquierda marxista y la redujo a una expresión delirante. A eso se ha sumado en el presente siglo el antifujimorismo, que es hoy la esencia de la izquierda moderna, post CVR.

El antiaprismo y el antifujimorismo definen a la izquierda pues ellos siempre se definen por condiciones anti: son antimperialistas, anti EEUU, anti liberalismo, anti empresa, anti libre mercado, anti ricos etc. En esencia no saben bien lo que son pero si saben a quiénes combaten y odian. Ahora bien, es una lástima que frente a un escenario en el que están siendo agredidos por esa izquierda delirante y rencorosa que se ha pasado la vida tratando de traerse abajo todas nuestras instituciones, los fujimoristas pretendan hacerse los ciegos. 

Todo esto demuestra la chatura de la política peruana. Los políticos carecen de una visión de país y de futuro. Andan más preocupados por revanchismos idiotas y venganzas por el pasado antes que ocuparse de conseguir alianzas duraderas mirando el futuro. Los fujimoristas prefieren concederle a la izquierda una victoria antes que ganar un aliado para luchas futuras. La política no consiste en una lid de chaveteros de partido sino en un tarea de conjunciones y alianzas. Los estúpidos de la política crean divisiones y pretenden erigirse como los únicos salvadores de la patria luchando contra todos los demás que son los enemigos. Así actúa el chavismo y la izquierda en general, así actuaba también el APRA germinal y así actúa hoy el ollantismo. 

La política consiste en construir puentes mirando el futuro y no linchando o ayudando a linchar a los únicos que quizá puedan ser los aliados democráticos del mañana. Hay que saber diferenciar a los amigos y a los enemigos no por cómo te miraron ayer sino por los valores que defienden. La política se hace en base a principios y no a vendetas. Un político es un constructor y no un chavetero. Se define por metas y valores democráticos y no por posiciones anti.

Quienes han convertido el Congreso en el callejón de las siete puñaladas son los mismos que viven combatiendo el Estado de derecho y que hacen lo posible por destruir el sistema, no solo dinamitando torres sino desprestigiando instituciones y personas. Hay que detener este deporte indigno de armar una pira con el gobernante anterior. Si hay algo de qué acusarlo, dejemos que la justicia haga su trabajo. La política es otra cosa. Y los peruanos estamos esperando hace tiempo que los políticos estén a la altura de las circunstancias. Ya estamos hartos de estos mediocres que hoy dominan el escenario.