viernes, 26 de febrero de 2016

El fin de la aventura


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez
Fuente: El Montonero

La pareja presidencial Humala-Heredia acaba su gestión arrimada contra las cuerdas. Irrumpieron en la escena política como modernos Manco Capac y Mama Ocllo, cuando en realidad eran Bonnie & Clyde. Los delirios tropicales que llevan hacia la exaltación de la propia persona, convencido de estar llamado por el destino para ser el guía del pueblo y salvador de la patria, es una patología recurrente en estas latitudes. Incluso está plasmado en la literatura en obras como Yo el supremo, El otoño del patriarca y La fiesta del Chivo. No cabe duda que los Humala-Heredia aportan material para otra novela de este corte, con un triste final señalado por el crujir de rejas cerrándose. El añadido perverso acá sería la utilización de un iluminado Ollanta por parte de una inescrupulosa Nadine. Pero más allá de estos detalles, el país necesita hacer una profunda reflexión para saber cómo fuimos timados por esta pareja de trepadores.

La parejita de marras eran inicialmente un trío, pero Ollanta y Nadine pronto se deshicieron de Antauro, quien fue la primera de sus víctimas. Luego fue Hugo Chávez, quien los mantuvo por cinco años con toda clase de maniobras para ocultar los millones que mandaba desde Venezuela, mientras Nadine los iba anotando en sus agendas. Después vendrían los brasileños, quienes le pagaron a Favre para asegurar el triunfo. Pero sin duda, la mayor cantidad de incautos engañados fueron los sectores progresistas y la izquierda caviar que apostaron todas sus fichas a Ollanta. La trampa fue montada con magistral cinismo por los embaucadores. Empezaron pergeñando el ideario del Partido Nacionalista con ideas tan delirantes que actuaron como un papel engomado para atrapar izquierdistas de toda clase. Contenía todos los ingredientes de un buen atrapabobos: condena virulenta al imperialismo yanqui, odio al capitalismo salvaje, rechazo del neoliberalismo y del TLC, con el toque infaltable de un antifujimorismo rabioso, más la exigencia de un cambio de Constitución. No faltaba nada. Era más que suficiente para hipnotizar a cualquier progresista de cafetín.

Una vez en el poder, Nadine Heredia hizo a un lado a su marido y tomó el mando supremo del gobierno y del partido. Echó por la borda a los progres pero mantuvo cerca a una casta de caviares académicos, especialistas en charlatanería sobre DDHH e inclusión social, junto a una plaga de adulones fungiendo de congresistas. La tarea de montar un imperio se sustentó en la misma receta clásica: construir un relato que convierta la payasada de Locumba en gesta heroica, predicar el odio a los rivales políticos, la condena al pasado, el manejo personalista de las instituciones, la compra de voluntades convirtiendo al Estado en una beneficencia pública, y el reparto directo de dádivas de pueblo en pueblo bajo toldos de colores. Pero los escándalos de corrupción no tardaron en aparecer junto a las malas cifras económicas.

Expertos en la confrontación, acabaron peleados con todos hasta quedarse sin respaldo, pues incluso su propia gente los abandonó. Hoy, su ex abogado es uno de sus principales acusadores y su candidato presidencial no da señas de poder pasar la valla. Será la última víctima de estos aventureros. No cabe duda de que en muy pocos meses el nacionalismo dejará de existir y pasará a la historia de la infamia política. La pregunta es adónde correrán a esconderse Nadine y Ollanta.

Como epílogo, es triste ver que Nadine Heredia acaba sus días de gloria convertida en un simple troll antifujimorista. Lejos de defenderse o apoyar a su candidato o comunicar logros de su gobierno, desciende a la categoría de palomilla web para repetir por Twitter los refritos de siempre contra Keiko Fujimori. No ha aprendido nada. Es una lástima que el Perú haya tenido que tolerar a esta categoría de personajes en los más altos cargos del país. Nadine Heredia está lejos de poder ser considerada la primera dama de la nación. Ese cargo nos recuerda a mujeres de la talla de Violeta Correa y Pilar Nores, sabias damas que a pesar de su calidad nunca pretendieron opacar a su pareja ni entrometerse en sus funciones. Nadine Heredia quedará en el recuerdo como una simple palomilla que insultaba a todos desde las ventanas de palacio de gobierno, donde jugaba a ser reina pero donde jamás debió llegar.