sábado, 8 de noviembre de 2014

El muro de la vergüenza comunista


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Los cándidos de izquierda tienen memoria para conmemorar con titulares indignados la desaparición de un estudiante universitario a manos de la policía ocurrida hace 22 años, pero padecen de amnesia cuando se trata de recordar los 25 años de la caída del muro de Berlín, un hecho que además de figurar en los libros de historia como un hito de nuestra época, aparece por estos días en las páginas de los diarios del mundo. Seguramente que la memoria de izquierda no quiere recordar ese episodio. No obstante, es imperioso hacerlo; no solo para refrescarle los recuerdos al progresismo sino para educar a los jóvenes y advertirles adónde conducen las locuras de la izquierda con sus discursos edulcorados.

La caída del muro de Berlín, ocurrida el 9 de noviembre de 1989 fue el fin de una era de barbarie que se inició con la revolución rusa y siguió con el genocidio estalinista y maoista, entre otros muchos que se cobraron la vida de cien millones de personas, sin contar los miles de muertos de las numerosas revoluciones que la izquierda lunática generó en Latinoamérica mediante el terrorismo guerrillero. El comunismo fue una especie de virus mental que afectó a varias generaciones del siglo pasado llevándolas hacia la locura de una utopía salvaje que no tenía otra forma de mantenerse que montando un totalitarismo aterrador, dirigido por un tirano eterno. El modelo se basaba en la explotación de los ciudadanos por el Estado a cambio de servicios gratuitos que eran cada vez de peor calidad y terminaban en el racionamiento y la escasez. El último sobreviviente de los sátrapas del comunismo es Fidel Castro, el rufián que sumió a Cuba en la miseria, y el último retoño es el payaso juvenil Kim Jong-Un, dueño absoluto de la cárcel medieval llamada República Popular y Democrática de Korea.

Podría decirse que el muro empezó a caer en junio de 1989 cuando Ronald Reagan visitó Berlín occidental y pronunció un histórico y provocador discurso en la puerta de Brandembugo conminando a Gorvachov a derribar el muro con estas palabras:
"Hay una señal que los soviéticos pueden hacer que sería inequívoca, que promovería de manera espectacular la causa de la libertad y de la paz. Secretario General Gorbachov, si busca Ud. la paz, si busca Ud. la prosperidad de la Unión Soviética y de Europa Oriental, si busca Ud. la liberalización, venga aquí hasta esta puerta. Sr. Gorbachov, abra esta puerta. Sr. Gorbachov: ¡derribe este muro!"
Mijail Gorvachov trató de salvar el comunismo. La URSS se hundía en el atraso asfixiada por la falencia económica. No estaba ya en condiciones de competir con EEUU en ningún aspecto. El ambicioso proyecto lanzado por Ronald Reagan llamado "guerra de galaxias" consistente en crear un escudo antimisiles en el espacio convertía en chatarra el arsenal de misiles soviéticos. La URSS no estaba en condiciones para responder a semejante desafío. Reagan les había puesto la valla muy alta. Se retiraron derrotados de Afganistán para reducir sus costos. Un año antes, el desastre de Chernobil había mostrado los bajos estándares de calidad con que la crisis los obligaba a operar. Había que cambiar o morir. Gorvachov llamó perestroika a su proceso de cambios, pero además quiso introducir algo de libertad occidental con lo que llamó glasnot. Pero esa pequeña dosis de libertad fue la grieta que empezó a expandirse rápidamente hasta colapsar todo el sistema. El comunismo es incompatible con la libertad.

Apenas la URSS reventó como una pompa de jabón sin hacer el menor ruido en el aire, sus satélites en todo el bloque comunista empezaron a flaquear en medio del desconcierto. Los comunistas de Alemania Oriental, acostumbrados a recibir órdenes, no sabían qué hacer. La gente fue acercándose poco a poco al muro, ese temido muro que se había cobrado la vida de más de 250 personas tratando de escapar hacia la libertad. A ambos lados del muro había gente exigiendo que se abran las puertas. Hasta que la masa empujó a los guardias y empezaron a cruzar. La historia había cambiado.

En Occidente se le llamó simplemente "el muro de la vergüenza" porque representaba el fracaso de un sistema que eliminaba las libertades humanas en busca de una utopía de progreso basado en un enfoque social, pero a costa del individuo. El comunismo, a pesar de su retórica cargada de expresiones como "pueblo" y "justicia", nunca fue popular ni se asomó al ideal de justicia. Al contrario, fue un régimen totalitario y despótico que imponía su ideología con fanatismo religioso, y pretendía convertir a la sociedad en una inmensa granja colectiva controlada por una burocracia iluminada, instancia única que planificaba rigurosamente los procesos de producción y cosechaba los frutos para distribuirlos equitativamente a la sociedad. Un ejército de burócratas planificaba la producción de las fábricas y del agro completamente ajenos a las variables del mercado y hasta del clima. Y ajenos además a cualquier interés en el proceso. El resultado fue el deterioro progresivo de la economía y, por tanto, de la sociedad que se iba pauperizando. Para colmo, el comunismo hacía del país una cárcel de la que nadie podía escapar.

Cuando los países ganadores de la Segunda Guerra Mundial se repartieron Berlín, la parte que le tocó a la URSS adoptó el comunismo. Los primeros efectos de su política hicieron que la gente huyera al lado occidental. La estampida era de tal magnitud que los comunistas se vieron forzados a cercar su lado de la ciudad con un gran muro de concreto, dejando en evidencia que el comunismo era una nefasta imposición de fanáticos idiotizados con una ideología absurda. Los que se atrevieron a saltar el muro pagaron con su vida tal osadía. El gobierno comunista "explicó" a sus ciudadanos cautivos que el muro trataba de protegerlos de la invasión fascista. En todo el mundo se le llamó "el muro de la vergüenza". Tras la caída del muro y el colapso del comunismo, al año siguiente el canciller alemán llamó a Mijail Gorvachov para pedirle que retire sus blindados de Alemania. Gorvachov accedió pero le puso una sola condición: "usted pone la gasolina", le dijo. 

Tras 25 años de aquello, es necesario recordar que las ideas de izquierda ya fueron puestas en práctica con todo rigor y fueron un fracaso completo y tenebroso. Hay que pasarles la película a los jóvenes que hoy pretenden abrazar esas ideas porque están recubiertas de miel, pero son una trampa mortal como las que atrae a las moscas. Comunismo nunca más, bajo ningún disfraz.