domingo, 21 de abril de 2013

Venezuela es un desastre bolivariano


Ricardo Uceda/INFOS
Caracas.
En septiembre del 2011, cuando Hugo Chávez anunció que había culminado su tratamiento con radiaciones después de que en Cuba le extrajeran un tumor canceroso, un anciano se encadenó en la puerta del Hospital Ruiz y Páez de Ciudad Bolívar. Llevaba diecinueve días esperando radioterapia.
El cáncer que derrotó a Hugo Chávez es la segunda causa de muerte en Venezuela. La enfermedad estuvo en la boca de todos durante cerca de dos años, mientras el líder era  tratado en Cuba. Al mismo tiempo, en los hospitales públicos del país los equipos de radioterapia presentaban problemas insolubles en el corto plazo. Los contratos de mantenimiento habían vencido.
El diario El Nacional publicó un informe extenso sobre  la insolvencia de los equipos de radioterapia de los hospitales nacionales  en septiembre del 2012, cuando Chávez estaba en plena campaña electoral. Enfermos de cáncer hacían diversas manifestaciones de protesta. En teoría, el sistema de atención debía funcionar sobre ruedas, porque una empresa estatal argentina había instalado diecinueve centros con equipos de alta tecnología para radioterapia oncológica en todo el país. A cambio, PDVSA entregó petróleo venezolano.
En 2006 el propio Chávez presentó el primer aparato importado, un acelerador lineal. “¿Creen que regalamos nuestro petróleo? ¡No, no, no!”, dijo, mientras lo exhibía.
El mismo aparato estaba malogrado en 2012. El Nacional entrevistó a Aleydis Fontalbo, de 57 años, que no podía tratarse un tumor maligno en el seno derecho. El diario publicó un mapa con el detalle de los equipos averiados en cada hospital público. Impresionado por el reportaje, un jurado internacional lo declaró ganador del premio nacional de periodismo de investigación. David González, uno de los autores, los otros fueron Fabiola Zerpa y Adriana Rivera, dijo para esta nota que el problema ha subsistido después de la publicación. En enero de este año un foro de oncólogos reconoció que solo se halla operativo uno de los cuatro centros de radioterapia en Caracas.
LOS DESCONTENTOS
Estas paradojas explican, en parte, el descontento de la mitad de la población venezolana con el chavismo, expresado en las últimas elecciones. Paradojas porque la gran inversión social del régimen representa un 37% del presupuesto del 2013, y en muchos aspectos  mejoró la situación de los más pobres. Pero el sistema hace agua por varios lados, como puede apreciarse en el desabastecimiento alimenticio. En febrero y marzo pasados llegó al 20%, algo aceptable es menos de 5% de acuerdo con el Banco Central de Venezuela. Es el más alto de los últimos años, aunque el discurso oficial lo niega.
La insuficiencia se produce pese a los altísimos niveles de importación de alimentos, que llegó a sesenta mil millones de dólares en 2012. Los precios están controlados desde el 2003, así como la compra de divisas. El Estado ha asumido sin éxito parte del negocio agroalimentario. Lo que se encuentra en los almacenes Mercal y Pdval, a cargo del Ministerio del Poder Popular para la Alimentación,  suele ser de muy mala calidad.
Otro reportaje investigativo, esta vez de Lisseth Boon, del diario El Mundo, documentó lo que ocurre con la leche, cuya producción nacional es ínfima. Venezuela la importa principalmente de Nueva Zelanda y la distribuye a través de una empresa estatal, la Corporación de Alimentos y Servicios Agrícolas, CASA. Boon registró contundentes manifestaciones de autoridades de Colombia demostrativas de un intenso contrabando del producto hacia dicho país. Había compañías sancionadas, contratos de compra-venta interceptados y evidencias de una red de crimen organizado dedicada al intercambio ilícito en la frontera.
En un siguiente paso,  la periodista confeccionó una base de datos con las cifras oficiales de las importaciones de leche en polvo de los últimos diez años, cruzadas con los cargamentos llegados a Puerto Cabello y con las estadísticas obtenidas en Colombia. Los números de Nueva Zelanda no cuadraban con los de Venezuela. Faltaban treinta y tres mil toneladas, que es lo que El Mundo estima que se fue de contrabando a Colombia.
“Esta cantidad representa dos meses del consumo de leche de los venezolanos”, dice Boon, a quien la incompatibilidad de las cifras produjo una demora de varios meses en la confección de su base de datos.
COMER EN VENEZUELA
Una de las reformas emblemáticas del socialismo venezolano fue la conversión del Estado en actor principal de la agroindustria. A través de la Corporación Venezolana de Alimentos, CVAL, controla la producción y comercialización de los principales comestibles, luego de haber desplazado o expropiado a las principales empresas privadas del rubro. Aparecieron Pollo El Soberano, Arroz Venezuela Socialista,  Lácteos del ALBA, Porcinos del ALBA, Leguminosas del ALBA, etcétera. El experimento es un fracaso y  solo es necesario visitar un supermercado estatal para comprobarlo. Contra la idea original de que se autoabastecería, Venezuela sigue comprando en el exterior casi el 70% de los alimentos que consume.
El café, que antes se exportaba, se compra de Colombia. La carne, que tampoco faltaba, viene de Brasil. El arroz, otra nueva importación, lo vende Sudáfrica. Los problemas más comunes reportados por los agricultores en crisis son la dificultad de importar insumos “derivada del férreo control de divisas”, precios controlados que no cubren la inversión, e  ineficacia de la cadena estatal de asistencia. Atarantados por la inflación, los pequeños comercios que venden alimentos al público lo hacen por encima del precio oficial, discretamente.  
El complejo CVAL, que comprende unas cuarenta compañías estatales y mixtas, administra diez centrales azucareras estatizadas, el 65% de la infraestructura de la industria, pero que solo produce el 20% del azúcar venezolano. Los trabajadores ya no esperan que estas plantas sean reactivadas. Al comienzo de la experiencia estatista en la agricultura, en 2007, Hugo Chávez hablaba eufóricamente de los beneficios que produciría, pero con los años, en sus presentaciones públicas, no ocultó algunos de los problemas. En un hato de CVAL, en 2011, cuando le pidieron dinero para la planilla de los trabajadores, Chávez pidió una auditoría en las cuentas. Tratábase del Centro Técnico Socialista Florentino, una unidad emblemática del proyecto de la seguridad alimentaria bolivariano.  
“¿Cómo? ¿Dónde está la plata? ¿Cuántas vacas se han vendido?”, preguntó Chávez.
Dos años después, los problemas allí continúan. Cuando Nicolás Maduro visitó el centro en la última campaña electoral, encontró una huelga de hambre por reivindicaciones laborales. La parte de CVAL denominada Agropatria ha sido el fracaso más ruidoso. Agropatria fue la nueva denominación de Agroisleña, una cadena española de 64 agencias de venta de insumos para la industria alimentaria que fue nacionalizada en 2010. La medida era indispensable, dijo Chávez, para que Venezuela se convirtiera en una potencia alimentaria, y su primer efecto debería ser la reducción de precios de los alimentos. Según el gobierno, Agroisleña era oligopólica, vendía productos tóxicos, facturaba con sobreprecios, maltrataba a sus trabajadores. Pero ahora solo suscita buenos recuerdos entre los consumidores.

González y Serpa, de El Nacional, hicieron una radiografía del fallido experimento, comenzando por revelar las deficiencias que el propio Ministerio de Agricultura y Tierras (MAT) encontró en la responsable de administrar Agropatria, la Empresa Comercializadora de Insumos Agrícolas, ECISA. Era patéticamente amateur. Las administraciones no estaban  interconectadas y el jefe de una tienda tenía que salir para enviar un mail a la central desde una cabina de comunicaciones. Agropatria fue de mal en peor.
Los periodistas descubrieron que el MAT estableció que en 2011 Agropatria atendió a sesenta y cinco mil  productores, lo que representaba quince mil menos que la antigua Agroisleña. Ese año Agropatria cerró con pérdidas a causa de los subsidios y el gobierno tuvo que inyectarle trescientos millones de dólares para reflotarla. Los reportajes mostraron tiendas vacías, con anaqueles sin productos.  Por eso los consumidores ocasionalmente se refieren a la empresa con otro nombre: Agroestante.