miércoles, 27 de febrero de 2013

El mundo caviar


Por Felipe Cortijo Medina

En “Un mundo para Julius”, Bryce cuenta con nostalgia, desde la inocente visión de un niño, cómo empieza a pudrirse todo un mundo hermoso y perfecto a su rededor. Los aromas a Yardley de Juan Lucas, los bellísimos y espontáneos gestos de Susan, junto a una dulce frase en inglés, los hermanos Santiago y Bobby, guerreros espartanos aunque inmersos en medio de la naciente decadencia a la que era arrastrada la familia, por una inadecuada formación escolar “francesa”, por un liberalismo a ultranza que se convierte en libertinaje, en una tierna edad donde eran niños o adolescentes (¡Bobby ultrajando a la sirvienta!), son suficientes razones para mostrar a Julius cuál es el mundo que él prefiere. El niño sueña con un mundo “mas justo”, menos doloroso, menos hipócrita, un mundo utópico e imposible. 

Esta novela aparentemente tan simple marcó un hito, siendo referente obligado para todo aquel que se inicia en las letras latinoamericanas. Y aun es materia de estudio por sociólogos, antropólogos, psicólogos, por ser uno de los pocos testimonios directos del inicio de la decadencia de las antiguas familias limeñas. Es un documento excepcional sobre el “mal del siglo” en Lima (como lo llamaban en los albores del siglo XX), de ese nihilismo que se apoderó del mundo ineludiblemente, implacablemente, arrasando con lo que quedaba de tradicional y noble, convirtiendo todo en un marasmo de vulgaridad del que poco o nada pudimos hacer para detener, muy por el contrario, cada intento de cambiar el rumbo terminó, como en el caso de Julius, acentuando esa maldición envuelta en “buenas intenciones”. 

Más o menos así fueron las historias de las grandes familias limeñas, sus problemas empezaron por causas irritas e insustanciales, pero provocaron verdaderos cambios en la forma de ver el mundo a sus descendientes, y fueron ellos, los que finalmente, llegados a la cabeza de las familias, quienes tuvieron el rencor y la frustración necesarios para trastocarlo todo, absolutamente todo. Del orgullo del árbol genealógico sólo quedan rezagos de algunas maneras de comportarse, el buen gusto por lo que es caro, y la afición por la buena vida, pero la mentalidad sigue siendo la de un niño rencoroso por todo lo que no le parece justo, esa rebeldía adolescente que los lleva a vestirse con saco, camisa sin corbata, jeans y zapatillas. Sólo eso, pues su manera del ver el mundo es la que tenían cuando cumplieron los 11 años, y la siguen teniendo ahora, con 40 o 50, no han crecido, no han madurado, siguen soñando con un mundo “más justo”, aunque hoy en el intento por crearlo legitimen la violencia como el único instrumento del cambio. 

Viven aún en medio de la decadencia pero también en la comodidad que les permite el saldo de la cuenta bancaria, disfrutan los honores y ventajas de un apellido glamoroso, aprovechan las amistades de la vieja argolla social, lucen sus cartones de universidades extranjeras, se dan el lujo de vivir sin trabajar o llaman trabajo a su eventual esfuerzo por escribir una columna periodística, publicar un librito de poemas o algo peor. Están a la espera de ser llamados al gabinete. Son los típicos funcionarios que se lucen en la inutilidad para hacer las cosas, saturados de “buenas intenciones” y excelentes escusas. Enfrentan a la prensa convencidos de que son honestos y que eso basta para este país. Sienten que son la casta más pura de la sociedad, y que están al margen de cualquier juicio social. No soportan una revocatoria o una crítica, acusan de mafiosos a quienes se atreven a cuestionarlos. Están dispuestos a gastar todo el dinero que sea necesario para impedir que una manga de cholos acabe por echarlos.