viernes, 21 de diciembre de 2012

Congresistas desubicados


La situación del actual Congreso no podría ser peor, luego del anunciado aumento de sus gastos operativos que es una forma de enmascarar el sueldo. Además de esta muestra evidente de ambición subalterna, cuya celeridad para la aprobación no ha merecido el más mínimo debate, contrastando con la letargia que sufren otros temas fundamentales que el país espera, hay muchas otras razones que indignan con sobrada razón a los ciudadanos. Pasemos por alto el lamentable nivel cultural de la gran mayoría de estos congresistas que parecen recogidos de las calles en plena fiesta popular. Lo que no se puede pasar por alto el es el nivel ético que muchos ostentan y que paulatinamente se va revelando de pura casualidad. Algunos incluso llegan a la estupidez de mentir en sus hojas de vida agregándose niveles académicos falsos, cuando nadie les pide siquiera que sepan leer. Pero sin duda lo peor son los delincuentes, que también los hay.

A todo lo dicho debemos añadir que una aplastante mayoría de congresistas llega al Congreso sin tener una idea cabal de cuál será su función en el Congreso. La Constitución no es muy clara a este respecto. Solo dice que los congresistas representan a la nación, pero en ningún lado se explica como se ejerce este papel. Entonces cada quién lo entiende a su manera. Algunos, como Javier Diez Canseco, asumen que su función es servir de tramitadores. Afirma que al mes hace unos 5 mil trámites de ciudadanos ante diversas instancias del Ejecutivo. Otros sostienen que su misión es visitar sus provincias no se sabe bien para qué, pero nos consta que lo que hacen es su propia campaña política. 

No faltan los congresistas que asumen su función como agentes de caridad. Cecilia Tait ha sustentado el aumento asegurando que no le alcanza la plata para sus obras de caridad. A otros simplemente no les interesa nada sino cobrar. Se pasan los 5 años como parásitos para salir como dueños de negocios propios que nunca tuvieron. A algunos se les ha dado por ser dueños de hostales al paso. Y todavía nos falta mencionar a los pirañitas del Congreso, que ingresan a cometer fechorías cojudas como nombrar a su amante o a su empleada o su chofer como asesores para quitarles medio sueldo. Y claro, debemos recordar que cada congresista cuenta con cinco asesores más secretaria. No uno sino cinco asesores. Está bien que todo congresista sea una muestra de ignorancia supina pero dotarlo de tantos asesores es incomprensible. Si se presenta a una función siendo un perfecto ignorante al menos debería tener la decencia de contratar a sus asesores con su propio dinero y no con el de todos los peruanos. Al final nadie sabe exactamente cuánto nos cuesta cada congresista si sumamos todas las gollerías de que disponen para su ignota función. 

De acuerdo a las recientes declaraciones de los congresistas más mediáticos, como Yehude Simons, ellos cumplen con discutir sus proyectos y si el Ejecutivo los observa no es culpa suya. ¿De quién será la culpa de no coordinar adecuadamente un proyecto con el Ejecutivo? Muchos congresistas proponen proyectos sin la menor idea de sus proyecciones en el gasto público, sin preocuparse por su financiación y sin tener ideas claras sobre sus efectos en el ámbito general de la vida nacional. Todavía viven bajo la mentalidad de que el Estado es el gran dios que todo lo soluciona con una ley. Y cada congresista duerme con el sueño de la ley propia. Algunos son fanáticos de las mociones de saludo, otros de las celebraciones de los días de algo y otros más, de las premiaciones a cuanto artista o deportista destacado se les ocurra. 

El patético Congreso peruano merece ser reformulado desde sus orígenes. Debemos volver a las dos cámaras señalando con precisión las funciones que cada una cumple en la democracia. Hay que imponer requisitos más elevados para aspirar a congresista, incluyendo un examen de política pública, historia y Constitución. Si bien no se les puede exigir grados académicos al menos esto debería ser compensado con participación en la vida económica del país, mediante actividades empresariales o profesionales formales y de larga data. No se puede permitir el ingreso al Congreso de informales, parásitos ni ignorantes. Y algunos son todo eso. En suma ya es hora de poner en la agenda la discusión de la reforma de la Constitución para conformar un Congreso decente, que vaya acorde con el progreso que está experimentando el país. Basta de saltimbanquis. ¿Será necesario cerrar este Congreso para hacer eso?