viernes, 14 de julio de 2017

El fin de la aventura


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La prisión preventiva dictada a Ollanta Humala y Nadine Heredia, marca el inicio del fin de esta pareja de aventureros. Es una medida grave dictada por el juez luego de evaluar los aportes probatorios del fiscal. En opinión del juez, tales pruebas son suficientes para condenar a la pareja de esposos a una pena superior a los cuatro años, por tanto, en resguardo del debido proceso, cree prudente acceder al requerimiento de prisión preventiva por 18 meses. Esto en virtud de los antecedentes de la pareja, ya que Ollanta anteriormente ha sobornado testigos y Nadine ha tratado reiteradas veces de entorpecer el proceso negando sus agendas y falseando su letra.

Estoy del lado de quienes detestan las prisiones preventivas. Creo que se abusa de esta figura en el Perú, básicamente por presión mediática. Pero también entiendo los fundamentos del fiscal y las razones del juez. No creo que haya sido fácil tomar esa decisión tan impopular. El hecho es que ya está en efecto y tanto Ollanta Humala como Nadine Heredia han sido recluidos. Me parece que tarde o temprano iba a suceder, pues hay montañas de evidencias de sus trapacerías.

Suele suceder que los delitos de alto vuelo son muy difíciles de probar, especialmente en la política, donde las conductas pueden estar reñidas con la moral pero no estar tipificadas como delitos. En el caso de Ollanta y Nadine, tenemos una verdadera organización familiar montada para enriquecerse mediante la política. Se aprovecharon de una democracia débil y boba para crear un seudo partido y embaucar a los incautos con discursos baratos. Es como crear una iglesia y predicar el evangelio para cobrar diezmos. Son diferentes modalidades para enriquecerse, aunque la política no solo puede ser el camino más rápido a una inmensa fortuna. sino a una vida llena de lujos y poder. 

Ollanta y Nadine se asociaron para irrumpir en la escena política de la manera más estrafalaria, en un momento en que la política peruana vivía su peor época. El caos generado por la caída de Fujimori fue la ocasión perfecta para el surgimiento de una serie de mamarrachos salidos de la nada, tratando de subirse al corso de la indignación popular para liderar el odio de las masas. El más oportunista fue Alejandro Toledo, un sujeto histriónico y desgarbado, con poses de prócer incaico. Le resultó fácil llegar al poder, pero no gobernar. Además del descontento popular tuvo que soportar la ridícula asonada de los hermanos Humala tratando de darle un golpe. Ollanta quedó libre y Antauro, preso. Y es allí cuando empieza realmente la carrera meteórica de Ollanta Humala. Además, ya Toledo había probado que en el Perú cualquier idiota podía llegar a presidente aprovechando el descontento popular. Esa ha sido la fórmula del éxito político siempre. Solo hemos pasado de condenar a los "partidos y políticos tradicionales" en abstracto, a condenar al fujimorismo en particular.

Debido a sus desplantes y opiniones desaforadas, Ollanta Humala fue convertido por los medios en una mega estrella de la política. Entonces inició con su esposa la aventura del partido político propio, donde Ollanta asumió el perfil del líder radical antisistema, muy en la onda de moda impuesta por Hugo Chávez. Tanto que este decidió apadrinarlo. Ollanta se convirtió así en el peón que Chávez tenía en el Perú para su gran proyecto continental bolivariano. Eran los años de la bonanza petrolera y de las ambiciones chavistas por dominar la escena política de Latinoamérica y el Caribe con su socialismo del siglo XXI. Ollanta encajó perfectamente en esa maquinaria delirante, y esa fue la razón por la que recibió todo el apoyo venezolano.

El chorro de dinero venezolano y el nuevo estándar de vida enloqueció a los Humala-Heredia. En poco tiempo pasaron a ser el foco de atención de varios trepadores de baja estofa, de esos que andan buscando algún resquicio para ingresar a la política. Ollanta y Nadine se vieron rodeados de adulones y financistas ansiosos por formar parte de su organización. No había nada de ideales ni proyectos patrióticos. Se trataba únicamente de embaucar a la mayor cantidad de idiotas posible, repitiendo las clásicas boberías que les encanta oir, básicamente lucha contra la corrupción, antifujimorismo, justicia social, dignidad, desarrollo y otras tonterías por el estilo.

La fórmula de Ollanta fue un éxito total. Para las elecciones del 2006 aun no tenían inscrito legalmente el partido pero se dieron maña para meterse a un viejo y oxidado vientre de alquiler. El partido UPP creado por Pérez de Cuéllar para competir con Fujimori en 1995 estaba abandonado y vacío pero inscrito en el ONPE. El único que tenía la llave era José Vega, y aprovechó la popularidad de Ollanta para darle vida al partido. Así fue como Ollanta fue candidato presidencial y terminó disputando la segunda vuelta con Alan García. En menos de tres años se había convertido en un fenómeno político sin saber leer ni escribir. 

Las cosas le salieron tan bien a Ollanta que decidió perfeccionar su maquinaria política. La plata le llegaba sola por todos lados. Incluso tenía ya su grupo parlamentario que le entregaba un diezmo. Logró formalizar su propio partido con una estructura básicamente familiar, donde Nadine Heredia y sus parientes jugaban los roles principales. Mientras tanto, el escenario político del continente cambiaba. El chavismo languidecía por la baja del precio del petroleo y la enfermedad de Chávez. Por otro lado, Lula trataba de empoderar su propio imperio arrebatándole a Hugo Chávez la batuta con que dirigía Latinoamérica. Así fue que para las elecciones del 2011 Ollanta dejó de ser un peón de Hugo Chávez y se convirtió en el alfil de Lula sin ningún problema. 

Para Ollanta y Nadine la política era solo negocios. Desde el principio lo vieron así. No tenían ningún plan ideológico ni pretensiones revolucionarias ni objetivos sociales. Todo se resumía a ganar dinero a través del poder y más nada. Por eso nunca les importó con qué clase de personas se aliaban, siempre que les ofrecieran apoyo y dinero. De este modo pasaban de un coche a otro y de un clan a otro, con la facilidad con que se cambiaban de camiseta. En el Perú la izquierda se entusiasmó con Humala y lo convirtió en líder, confiando en que sería el hombre de los cambios históricos esperados por el loquerío de izquierda. Ollanta no tuvo reparos en aceptar ese apoyo y en cacarear las consignas idiotas que les gustaban oír a los delirantes del rojerío.

En las elecciones del 2011 Ollanta Humala disputó la final con Keiko Fujimori desatando las más bajas pasiones de una nueva caterva de enfermos mentales conformados por el antifujimorismo. Con el apoyo inusitado de este nuevo frente irracional encabezado por el rojerío, acompañados además por los fracasados y defenestrados del ayer, como Mario Vargas Llosa y sus amigos del Fredemo, Ollanta acabó ganando las elecciones. Coronó así su meteórica carrera de trepador sin escrúpulos. Pronto sus aliados se darían cuenta que Ollanta no estaba dispuesto a tomarse en serio el rollo de la Gran Transformación ni cosas por el estilo. A decir verdad, ni siquiera había leído el gigantesco mamotreto del plan de gobierno preparado por los rojos, así que los desembarcó en menos de tres meses. 

Durante su gobierno, Ollanta y Nadine darían muestras de que carecían de objetivos políticos. Lo suyo era ostentar el poder, llenarse de lujos y rodearse de tontos útiles para sus fines. Nunca tuvieron escrúpulos para desvincularse de la gente que le resultaba incómoda o inútil. Su partido empezó a desgranarse, sus aliados se separaron y los seguidores se desilusionaron. Al final de su mandato ya no tenían ni partido ni amigos, y no se presentaron a las elecciones del 2016 porque carecían de candidatos y de bases. Peor aun, ya tenían procesos fiscales en su contra. 

Si bien Ollanta y Nadine supieron armar la maquinaria para llegar al poder, ayudados por muchos en ese proyecto político, no fueron capaces de ir más allá de sus ambiciones personales. Una vez en el poder se encandilaron por el brillo del lujo y se dejaron seducir por el poder y la vanidad. Nadine Heredia opacó a su marido en la ostentación del poder y del lujo. Hasta se tomó la libertad de viajar en el avión presidencial. Ambos habían colmado todos sus sueños y pretensiones, y por eso mismo fueron incapaces de atisbar más allá. No sabían que había un más allá. 

Hoy a la parejita Humala-Heredia le toca pagar sus locas aventuras. Lo harán básicamente porque en su desdén se quedaron sin amigos. Al perder su organización partidaria ya ni siquiera tienen forma de capitalizar el poco caudal político que pudieran tener. Carecen de poder y son presa fácil de los enemigos que supieron ganar. No son pocos. Son ellos quienes ahora están delatándolos. De esas manos salieron las agendas de Nadine que acabaron en la justicia. Hoy todos los señalan. 

Una historia con final triste. Muchos están apenados viéndolos entrar a su presidio. Piensan en los hijos de la pareja y hasta condenan el mandato judicial tildándolo de abusivo. Pero la justicia es así de fría y ciega. Lo importante es que nos ilustre como precedente para que nunca más permitamos que una banda de aventureros se tome el país por asalto engatusando a los incautos. Acá hay más culpables que Ollanta y Nadine. También cargan con su culpa quienes los encumbraron, sea por la razón que sea. No valen excusas ahora. Siempre estuvo claro la clase de trepadores que eran.