lunes, 28 de noviembre de 2016

Los buenos tiranos de izquierda


Para nadie debe ser una sorpresa que los candelejones de la izquierda de todos los matices elogien a Fidel Castro, el tirano favorito del progresismo, una sombra moribunda de la era del hielo del comunismo salvaje, un déspota de la peor clase, un miserable que se apropió de todo un país para imponer su voluntad a sangre y fuego, un criminal que mandó matar a miles de cubanos y que dividió una nación sembrando el odio y llenando las cárceles con sus enemigos políticos. Sin ninguna duda, el peor dictador que ha existido jamás en Latinoamérica. Un típico embaucador de izquierdas que usó el discurso inflamado de odio y pasión para engatusar a los tontos clásicos del idiotismo infantil progresista. Cualquier intento de descripción de este monstruo del Caribe queda corto, porque siempre habrá una dimensión imposible de retratar completamente.

¿Cómo es entonces posible que la beatería progresista, siempre dispuesta a condenar con rigor las dictaduras "en defensa de la democracia y los derechos humanos", idolatre ahora a este monstruo caribeño que se ha mantenido en el poder por más de medio siglo encarcelando y asesinando a quién le daba la gana? Dejemos la teoría de la estupidez de lado ya que eso es consustancial a todo progresismo y porque eso, además, no basta. Conocemos de sobra la mentalidad infantil del izquierdista promedio que se traga todos los cuentos de fábula sobre un mundo feliz, hecho de chocolate, con una sociedad "igualitaria" donde reina eso que llaman "justicia social", sea lo que sea eso, algo que hoy les permite llamar "gran logro social" a la miseria absoluta del pueblo cubano. La estupidez queda al margen del análisis político pues pertenece a las esferas de la psicología clínica social, de modo que intentemos otras explicaciones.

La bipolaridad del progresismo respecto a los buenos y malos dictadores es bastante simple de explicar si uno recurre a la historia. Siempre será la historia y la realidad la que nos descubran la verdad oculta detrás de los misterios de las poses del progresismo. Si revisamos la historia de la izquierda desde sus orígenes en la revolución bolchevique a principios del siglo pasado, lo que veremos es un marcado desprecio por las instituciones y valores predominantes en el mundo civilizado, desde la vida humana hasta la religión, pasando incluso por la familia. El marxismo abominaba de todo porque todo lo veía como la representación de un sistema dominante perverso que había que destruir y sustituir por un nuevo modelo ideal comunista. La izquierda aprendió a detestar todo lo que había en el mundo y estaba dispuesta a destruirlo todo. Esa fue la ideología que siguieron los comunistas en la Unión Soviética, China, Vietnam y muchos otros lugares, incluyendo el Perú. Era lo que pretendían aplicar en Latinoamérica. Por eso mismo, a la izquierda nunca le importó la "democracia burguesa" ni las instituciones ni valores propios de nuestra civilización. Su plan era destruirlo todo y reemplazarlo por la sociedad perfecta que ellos edificarían según su modelo.

Esta ideología delirante llevó a la izquierda marxista-leninista-maoista directamente al genocidio en todos los países donde llegaron al poder, o al terrorismo antes de llegar al poder. En Latinoamérica causaron estragos en varios países pero no pudieron hacerse del poder salvo en Cuba y en Chile, cuando Salvador Allende fue elegido presidente por el Congreso tras unas maniobras políticas. La llegada al poder de Fidel Castro significó un gran aliento para toda esa izquierda delirante que soñaba con la revolución a escala mundial. El Che Guevara quiso ser el abanderado de las luchas guerrilleras en Latinoamérica. Su sueño era hacer "muchos Vietnam" donde derrotar al imperialismo yanki, obsesión infantil de todo izquierdista de la era castrista. Los partiduchos de izquierda se multiplicaron en todos los países llevados por la enfermedad infantil del izquierdismo revolucionario. Sus centros de adoctrinamiento fueron las universidades. Desde allí emprendieron la aventura terrorista y guerrillera para desafiar al Estado burgués. 

La respuesta natural a todos estos focos guerrilleros y terroristas de izquierda en toda Latinoamérica fue la misma: las fuerzas armadas se hicieron cargo del problema, ya sea en medio de un gobierno democrático o bien tomando directamente el poder. Así fue como los generales Videla y Pinochet se hicieron cargo del problema asumiendo el poder del Estado. En el Perú las cosas ocurrieron al revés: las FFAA habían dado un golpe de estado para implantar el socialismo, pero afortunadamente para el país el líder de la revolución, el general Juan Velasco Alvarado, cayó enfermo y fue reemplazado, aunque los estragos de las reformas socialistas hicieron mella del país por los siguientes veinte años. Tuvo que llegar Alberto Fujimori para rescatar al país de la debacle económica y del asedio terrorista, algo que hubiera sido imposible de lograr bajo los esquemas tradicionales de la democracia formal.

En suma, el único motivo por el que la izquierda detesta a estos dictadores es porque les patearon el trasero a sus guerrilleros y terroristas, metiéndolos presos o aniquilándolos. Más allá de eso, la izquierda idolatra a sus propios dictadores, aunque sean los peores genocidas de la historia. Así que no se dejen engañar por el candor de izquierda cuando se disfrazan de nobles defensores de la democracia y los derechos humanos. Nunca les ha importado un pepino ni la democracia ni los DDHH, salvo para reclamar por la suerte de sus terroristas. Por eso mismo se ha hecho ya clásico en toda Latinoamérica y España la hipocresía, cinismo y doble moral del progresismo. Para ellos solo son malos los dictadores que combatieron a la izquierda delirante y terrorista, pero idolatran a los dictadores de izquierda, aun cuando hayan sido bestias totalitarias y autócratas que llevaron a sus países a la más espantosa de las miserias, como es el caso de Fidel Castro. 

No hay forma de defender a Fidel Castro. Es un sátrapa que asaltó el poder junto a una banda de ladrones disfrazados de militares. La diferencia es que cuando asaltas un banco vas preso, pero cuando asaltas el poder y te adueñas de todo el Estado, son los delincuentes los que meten preso al que les da la gana. Eso es lo que hicieron Fidel Castro y su banda: tomaron el poder a balazos para luego robar a manos llenas y encarcelar a sus enemigos. Primero les robaron todas sus propiedades a los norteamericanos, incluyendo empresas, yates y residencias, para repartirse lo mejor entre los jefes de la banda. Luego les robaron a todos los cubanos al proscribir la propiedad privada. En seguida montaron el circo de la revolución pretendiendo que ellos construirían el paraíso. La banda de ignorantes creyó que bastaba con su verbo y matonería para aumentar la producción. Luego de sus fracasos, no les quedó más que prostituirse para vivir mantenidos por los rusos durante treinta años cual parásitos sin honor ni dignidad. Tras la debacle del comunismo chuparon la mamadera de las remesas que enviaban los cubanos libres desde Miami. Luego volvieron al parasitismo con Venezuela durante el mandato del bufón progresista Hugo Chávez.

No debe extrañarnos que la izquierda peruana salga a defender al criminal dictador Fidel Castro, mientras se llenan la boca de maldiciones ante otros dictadores. Marisa Glave ha dicho incluso que Fidel Castro sirvió de inspiración a la izquierda. ¿Inspiración de qué? Fidel Castro solo puede servir como ejemplo de perversión mental, pues fue un ser maligno que impuso su propia personalidad y voluntad a millones de cubanos durante 58 años. Hay dictadores que dejaron un legado de paz y desarrollo en sus países, como fue el caso de Pinochet y Fujimori. Al menos de ellos podríamos decir que mejoraron la vida de sus compatriotas de manera radical. Pero de Fidel Castro solo se puede decir que fue un sátrapa cruel que dividió una nación y la empobreció hasta la miseria más absoluta. No hay manera de defender a ese animal que fue Fidel Castro. Y es una lástima que la izquierda no tenga el coraje de reconocer sus errores y su situación vergonzosa ante la historia.