viernes, 5 de agosto de 2016

De regreso a los 80


El miedo que genera la delincuencia en estos días nos está devolviendo a situaciones que ya vivimos en los años 80, como el Estado de emergencia. Poco falta para el toque de queda. Pero se ha dado un paso en ese sentido mandando desalojar a los cambistas de las calles de San Isidro, ejemplo que parece será copiado por el de San Borja. Es decir, las víctimas son las que pagan en vez de los delincuentes. Desalojar a los cambistas y prohibirles el libre ejercicio de su ocupación es un atropello que nadie parece condenar en este país acostumbrado ya a las tropelías de autoridades incompetentes, que tratan de cubrir sus deficiencias con medidas efectistas y vistosas, que solo afectan a los ciudadanos y no a los delincuentes. 

La lógica de nuestras autoridades es el credo del subdesarrollo. En lugar de garantizar la seguridad y proteger la vida, la libertad y la propiedad de los ciudadanos, les restringen su libertad y hasta les prohíben ganarse la vida lícitamente, mientras ofrecen un servicio a la sociedad. Ya hemos visto comerciales de la Policía Nacional culpando a los ciudadanos por los robos que sufren, indicando que la gente es la que se expone, la que deja a la vista sus carteras, camina con el celular en la mano, etc. Por poco nos dicen que tenemos la culpa por salir de nuestras casas. También hemos escuchado a la policía dando concejos para que sean los propios ciudadanos los que protejan sus bienes, cuando eso es lo único que queda hace muchos años ante la inoperancia de la policía. La gente no solo ha enrejado sus casas sino sus calles. 

Un Estado que no es capaz de garantizar la seguridad a sus ciudadanos no merece existir. Esa es su principal misión y razón de ser. Pero acá tenemos un Estado haciendo de todo, fundamentalmente caridad y populismo antes que ocuparse de su principal labor. Peor aun, ahora tenemos autoridades que restringen libertades, empezando por la libertad de portar un arma o de usar lunas polarizadas en sus autos, que son medidas elementales de seguridad. Sin embargo nos prohíben ambas cosas y nos exigen a los ciudadanos decentes que hagamos engorrosos y costosos trámites para poder tener un arma y autos con lunas polarizadas, mientras los delincuentes se pasean por las calles con todo eso sin ser molestados. Este es el mundo al revés. 

Y lo peor es que la mentalidad del subdesarrollo hace que muchos apoyen esa clase de medidas absurdas y fracasadas, pues nunca han servido para nada. No se puede luchar contra la delincuencia molestando a los ciudadanos y restringiendo sus libertades. La policía debe ocuparse de los delincuentes y no de molestar a los ciudadanos ni prohibirles ejercer sus actividades. No podemos volver a los 80 cuando el Estado convirtió en delincuentes a los cambistas callejeros de dólares y la policía iba tras ellos para confiscar su dinero y arrestarlos. No podemos empezar con los Estados de emergencia y los toques de queda. La lucha tiene que ser frontal contra la delincuencia y punto. 

Hay que diferenciar las medidas efectivas de las efectistas que están dirigidas a los medios, buscando generar sensación de que hay respuesta al problema. Lo único que debe mostrar la policía es a los delincuentes capturados y presos. Si se descubre que fue liberado por un juez, pues también debe irse contra ese juez corrupto y leguleyo. Las medidas deben estar dirigidas a la delincuencia y sus redes, no a los ciudadanos. Ojalá hayan más voces de protesta contra ese tipo de medidas absurdas. Desde luego, no esperamos nada de la Defensoría del Pueblo que nunca ha sabido defender al pueblo de los abusos que comete el Estado. Es más bien una rabona del Estado. Solo quedan las voces de los ciudadanos.