jueves, 31 de marzo de 2016

Santas intromisiones de la Iglesia



Por: Dante Bobadilla Ramírez

Fuente: El Montonero

El arzobispo de Arequipa, Javier del Río, aleccionó a sus fieles diciéndoles por quién no votar, pues cometerían pecado. No, no es un chiste. Ocurrió realmente, y hay quienes dicen que es su derecho de ciudadano; pero lo dudo. Estaba ejerciendo el sacerdocio y es obvio que fue mucho más allá de su función como sacerdote. No opinó en la calle sino al interior de una iglesia y en pleno acto litúrgico. Estoy seguro de que hasta el Derecho Canónico censura eso. En buena cuenta, engañó y mintió; es decir, fue más allá de la doctrina de la fe.

Por supuesto, la respuesta no tardó en llegar por parte de la propia Iglesia Católica. Alfredo Barnechea apareció dos días más tarde paseando con el obispo emérito de Chimbote, Luis Bambarén, voz más autorizada aún, quien no tuvo reparos en mostrar su apoyo a uno de los candidatos del “pecado”. Desde luego, criticó al arzobispo de Arequipa: “El que haya señalado con nombre propio por quién no se debe votar es un exceso: eso fue una posición personal, no de la Iglesia”, dijo Bambarén. Sí claro, pero las posiciones personales no se expresan con la casulla, la mitra y el báculo dentro de un templo ni en un acto litúrgico. Eso lo sabe Bambarén, quien además dijo que jamás votaría por Keiko Fujimori. Ese si es su derecho, pues habló en términos personales.

Esto refleja que en la Iglesia Católica hay de todo, como en botica. Hay progresistas, socialistas y conservadores de cuño medieval, incapaces de consensuar con los tiempos modernos. Por desgracia, estos últimos parecen detentar mayor poder e influencia sobre nuestra cucufata sociedad.

Lo que más molesta es que con todo esto queda la impresión de que solo la izquierda defiende cuestiones tan elementales como la despenalización del aborto y el matrimonio gay, lo cual es un error. En la derecha tenemos posiciones muy sólidas respecto a estos temas y no pasan por someterse a la visión colonial y dogmática de la religión. Nos bastan los principios de la libertad individual. Desde luego, el Estado puede y debe garantizar los derechos de las parejas que se unen, sin importar su sexo. Eso en nada afecta a los demás.

Los debates se tornan imposibles cuando los sectores del ala más conservadora de la Iglesia desnaturalizan los temas, estigmatizando a quienes simplemente defendemos la libertad como premisa. Mienten, engañan, manipulan en una campaña histérica y llena de odio homofóbico, promoviendo la idolatría del “no nacido” y presentando todo eso como una “defensa de la vida y la familia”. Mentira. Desde el liberalismo jamás apoyaremos decisiones de masa que anulen la libertad del individuo a tomar sus propias decisiones.

Tampoco podemos apoyar totalitarismos iluminados que pretenden inculcar una única forma de vida para toda la sociedad. Tan nefasto es que un partido político en el poder se tome la atribución de imponer el socialismo a todo un pueblo, como lo es que una Iglesia pretenda regir la vida de todos mediante la ley hecha según sus pautas morales y sus concepciones de la vida y la familia. Eso es simplemente totalitarismo estatista puro y duro, y lo rechazamos venga de donde venga; así esté envuelto en empaques primorosos de buena voluntad.

No se puede debatir con estos sectores fanatizados, pues tergiversan el sentido de las cosas. Nos llaman “abortistas” por defender la libertad de las mujeres a decidir, y luego dicen que tienen moral. Toda esta discusión está perturbada por el activismo histérico y la manipulación de imágenes, conceptos y falsos valores. Desde la absurda pregunta “¿Usted está de acuerdo con el aborto?”, como si alguien en su sano juicio pudiera estar de acuerdo con el aborto. Esa no es la cuestión, ni es el punto. El aborto es un hecho cotidiano, nos guste o no. La cuestión es tratarlo del modo más conveniente. Las posiciones moralistas, jurídicas y hasta cientificistas para oponerse están demás. Las mujeres que quieren abortar no preguntan qué dice la ley o qué opinan el cura y los vecinos. Hay que enfrentar los hechos y ayudar a las mujeres a superar los problemas reales que enfrentan. El resto es ceguera ideológica que no ayuda absolutamente en nada.