lunes, 4 de enero de 2016

Guía básica para progres 2


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Ya dejamos en claro que achacar la responsabilidad de nuestra realidad sociocultural y económica al "sistema neoliberal", o algo similar, es una costumbre progresista por librarse de responsabilidad culpando a otros. Además es más fácil creer en un enemigo que tratar de entender por qué somos pobres realmente. Tener un enemigo les da la coartada perfecta para montar un movimiento que luche por el poder, que es lo que al final buscan. La lucha política acaba así combatiendo fantasmas en nombre del pueblo y de su liberación y patatin patatán, el viejo cuento que ya todos sabemos. 

Ahora veamos los dos argumentos más extendidos y aceptados del progresismo mundial que son los derechos y la igualdad. Son tan extendidos que ni siquiera se reconocerían como tesis progres, pero lo son. Hoy todo el mundo se mueve alrededor de estas dos tesis. Estamos hasta el cuello de derechos y cada año se inventan más, al igual que leyes y políticas públicas que pretenden imponer la igualdad en casi todos los escenarios, una igualdad a la mala, obligando cuotas y creando privilegios. Y todos estos disparates se promueven como avances sociales, grandes logros y proezas políticas. Pero no son más que la instauración del delirio mediante la prepotencia de un Estado capturado por iluminados que juegan al diseño social.

En esencia un derecho es el privilegio que tiene alguien con el poder de imponer su ley a los demás. Ese es más o menos el origen bárbaro del concepto. Un cambio radical en la visión de los derechos apareció cuando se defendieron los derechos del pueblo frente a los de la aristocracia, el clero y el poder constituido. También allí nació la idea de la igualdad, que era una igualdad ante la ley y las obligaciones tributarias. Los tributos -y no los grandes ideales- han sido el verdadero motor de todas las revoluciones. Los charlatanes del idealismo social solo se aprovechan del caos para vender su retórica. La declaración de los derechos humanos surgió luego de la revolución americana provocada por los tributos ingleses, y su único objetivo fue imponer condiciones al gobierno para ser reconocido por el pueblo. Se trataba de defenderse del abuso del poder. Hasta ahí el mundo tenía sentido.

El comunismo acabó prostituyendo el concepto de derechos durante la Guerra Fría. Para ellos los derechos son todo lo que la generosidad del gobierno (la tiranía comunista) le concede al pueblo, como por ejemplo: educación gratuita, salud gratuita, vivienda gratuita, etc. En esa linea, los derechos progresistas nunca terminan. Todo lo que le puedan sacar al Estado es un derecho. Y por supuesto siempre van por más. Hoy existen "derechos" que tienen que ser solventados incluso por las empresas privadas. Desde luego no son derechos sino simples gollerías y prebendas. El delirio ha llegado al colmo de inventar derechos para los animales y hasta para el planeta. En buena cuenta, ya no tiene ningún sentido hablar de derechos. Hemos regresado al concepto primitivo en el que los derechos son los privilegios de quienes tienen el poder para imponerlos. Y hoy tienen ese poder gracias a leyes aprobadas por irresponsables demagogos que no tienen reparos en cargarle la cuenta al Estado o a las empresas privadas, con tal de ganarse algunos votos, sin reparar en las consecuencias. Esta clase de "derechos" ha acabado por convertir al Estado en una gran beneficencia pública.

Y lo mismo pasa con el concepto de igualdad: ha sido completamente prostituido por el progresismo. Al principio se habló de la igualdad "ante los ojos de Dios" y más tarde, de la igualdad ante la ley. Hasta allí también podríamos decir que el mundo tenía sentido. Pero los grandes genios del progresismo decidieron que la igualdad tenía que ser material e impuesta a rajatabla en todos los sentidos. Un disparate que atenta contra el sentido mismo de la realidad. ¿Han visto alguna vez alguna igualdad entre los seres humanos? ¡No existe! Lo seres humanos somos la especie con mayores diferencias entre sus individuos, y es eso lo que nos ofrece la mayor ventaja evolutiva. Pero más allá de lo biológico, nuestra propia capacidad de tomar decisiones nos conduce por caminos diferentes: tenemos diferentes gustos, capacidades, voluntad, entereza, moral, constancia, etc. Nacemos en lugares con realidades diferentes y determinantes. Tampoco es lo mismo hablar de igualdad en países pequeños y homogéneos, de larga tradición cultural, como los nórdicos, que en países grandes, heterogéneos y multiculturales como los nuestros. Por muchas razones hablar de igualdad material es una de las entelequias más absurdas. 

Ya no hablamos de la igualdad ante la ley porque eso ya no existe, cada sector que el progresismo considera "desfavorecido" es ahora un sector privilegiado, con sus propias leyes que le otorgan derechos especiales y crea obligaciones para el Estado y las empresas, como cuotas obligatorias. Es decir, se pretende cambiar el mundo para que quienes son diferentes por su naturaleza sean iguales por obra de la ley. Ese es el mundo alienado y absurdo que pretende fabricar el progresismo ante la pasividad y complacencia de todos, porque todos caen rendidos ante el discurso meloso de la defensa de causas lindas y justas. El tránsito desde la igualdad ante Dios y la ley, hasta llegar a la igualdad material absoluta, económica y laboral, es como el camino que hay de la iglesia al manicomio. Pero todos lo recorren cantando felices las consignas del progresismo, sin preocuparse jamás por los resultados contraproducentes. 

Como vemos, en estos tiempos los experimentos de diseño social progresista ya no requieren que una banda armada tome el poder para crear el paraíso comunista. Las recetas sociales llegan impuestas desde los organismos internacionales que tienen el marxismo cultural como fundamento ideológico. Allí es donde se diseñan las leyes y políticas públicas para los países subdesarrollados que se han sometido a su jurisdicción.