lunes, 19 de octubre de 2015

COLÓN Y LA HIPOCRESÍA PROGRESISTA


Por: Richard O. Campos Villalobos

Hace 523 años Cristóbal Colón llegó a una solitaria isla del Caribe marcando el inicio de un vasto proceso cultural. Para entonces, España -y Europa entera- estaba asediada por el imperio otomano que les cortó las rutas comerciales entre Europa y el Extremo Oriente, por lo que trataron de solucionar el problema buscando nuevas rutas. Así, imprevistamente, hallaron un nuevo continente y la historia cambió. El resto es harto conocido.

Muchos resentidos sociales salen por estas fechas a vociferar sus odios y medias verdades, diciendo que América no fue descubierta sino invadida y saqueada. Usando el español para lanzar sus imprecaciones contra España y no una lengua aborigen, pedirán que se respeten los derechos de indígenas y pueblos originarios mientras aprovechan la invasión tecnológica que nos sigue llegando desde afuera. Ni siquiera son conscientes de su incoherencia y doble moral cuando rechazan lo español por foráneo, pero utilizan su cultura y se agachan a adorar al dios que trajeron los españoles, en lugar de seguir adorando a la pachamama.

Esa incoherencia progresista es producto de la ignorancia de la historia y del marxismo que en otros ámbitos creen profesar, porque nadie mejor que Marx para defender la violencia como la eterna partera de la historia. Siguiendo las enseñanzas de Marx, los comunistas arrasaron con pueblos enteros pisoteando su cultura y asesinando a sus clases dirigentes. Lo mismo que pasó acá con Sendero Luminoso. Pero las condenas del progresismo al imperialismo opresor y al colonialismo solo se refieren a España y a los EEUU. Nunca dirán nada de las hordas comunistas que barrieron con millones de seres humanos, ni con la invasión del comunismo en nuestra cultura, impuesta como la última moda intelectual de los ilustrados del mundo.

Sin embargo, estos nostálgicos del buen salvaje sufren como plañideras de parroquia cuando se trata de lo que llaman “pueblos originarios”. Les molesta que los españoles vinieran con la espada pero no con la cruz y la Biblia. Callan el que los incas invadieran tierras ajenas para formar su inmenso imperio con letales macanas, hablan de exterminio masivo de indígenas y se quejan de la Santa Inquisición, pero no recuerdan las exquisitas costumbres aztecas de despellejar vivos a sus víctimas en tenebrosos sacrificios humanos que culminaban con la extracción del corazón vivo del pecho. También obvian el hecho de que el 75% de las muertes de indígenas se produjo por enfermedades, algo que es completamente ajeno a la voluntad y totalmente natural en este mundo de plagas.

No voy a negar la historia ni las muertes, pero tampoco puedo negar la extraordinaria herencia que en la sangre y en la vida existen por parte de ambas culturas, el salto cualitativo que sufrió la cultura local al hacerse con conocimientos y tecnologías que de otro modo hubieran seguido ignorando por varios siglos más. Es esa falsa moral de sufrir por algo que pasó hace más de 500 años, lo que nos impide reconocer y valorar nuestro espacio cultural en el presente. Esa pose ridícula de querer buscar enfrentamientos y revanchas 500 años después, solo puede ser propia de un progresismo decadente y fariseo en busca de causas disfrazadas de justicieras. Es lo que el progresismo necesita para asegurar su agenda ideológica y seguir con la monserga del fracaso por culpa de otros. Esa es su única bandera intelectual y el veneno espiritual contra nuestra juventud, es lo que les impide reconocer que nuestros problemas se deben a nosotros mismos, a la gente que como este progresismo decadente y pretencioso, es incapaz de reconocer su propia naturaleza y anda en busca de culpables a quién linchar.