lunes, 13 de julio de 2015

El cristianismo socialista


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El extraño regalo que Evo Morales hizo la papa Francisco dio mucho que hablar, especialmente entre la cucufatería nacional que se horrorizó. Pero hay algunas cosas que sería bueno dar a conocer respecto de lo que significa este regalo, consistente en una talla en madera, donde Cristo yace crucificado sobre el símbolo del comunismo representado por la hoz y el martillo. Al parecer mucha gente ignora que una buena parte de la Iglesia Católica está infectada con el virus del marxismo desde el Concilio Vaticano II.

En efecto, este curioso tallado en madera no hace más que resaltar la alianza que hubo entre un amplio sector del clero católico y el marxismo durante los años 60 y 70, como consecuencia del terremoto doctrinal que produjo el Concilio Vaticano II, abriendo las puertas herméticas del Vaticano para cuestionar las bases ideológicas sociales de la iglesia, justo en el instante de mayor esplendor del comunismo en el mundo. El marxismo se erguía en esos días como el moderno pensamiento social que llevaría a la humanidad hacia un nuevo destino. Estaba de moda y nadie se resistía a sus encantos intelectuales. Hasta los sacerdotes católicos terminaron seducidos por la encantadora charlatanería social del marxismo. La pequeña grieta que se abrió entonces en la Iglesia Católica fue ampliándose con el correr de los días y, rápidamente aparecieron movimientos, documentos y doctrinas que vincularon la fe y misión cristiana al comunismo. Lejos de lo que muchos creen, una parte importante y creciente de la Iglesia Católica se mezcló con el marxismo y marchó junto al comunismo, incluso tomando las armas.

El marxismo cristiano tuvo su epicentro en Argentina, a partir del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo fundado en 1967, quienes interpretaron la encíclica Populorum Progressio del papa Paulo VI al mejor estilo marxista, pues condenaba la pobreza considerándola el resultado de la explotación de las grandes corporaciones y el imperialismo del dinero, propugnando una liberación de esas condiciones. No hacía falta decir más para reconocer la consonancia de ese discurso con la prédica del comunismo mundial. El siguiente paso fue consolidar este pensamiento cristiano marxista en la Conferencia Episcopal de Medellín, en 1968, que sentó las bases de lo que más tarde sería la Teología de la Liberación. La revista argentina "Cristianismo y Revolución" fue el medio que sirvió de propagación de ideas durante esos convulsionados y sangrientos años.

Con todo eso como base, el siguiente nivel de discusión fue si los sacerdotes debían apoyar -y hasta integrar- las guerrillas que ya entonces actuaban por toda Latinoamérica. Desde luego hubo de ambas posturas. El hecho es que muchos sacerdotes se sumaron a la lucha armada o dieron paso a frentes de lucha armada. En Argentina el padre Carlos Mujica era instructor de la Juventud Universitaria Católica donde adoctrinaba a los jóvenes en la fe cristiana y la lucha social del marxismo. Allí formó a Mario Firmenich, quien más tarde sería el creador y líder principal de los Montoneros, uno de los peores grupos terroristas que asoló Argentina en los 70.

En Colombia, el padre Camilo Torres Restrepo estaba convencido de que los sacerdotes debían ir a la lucha armada. Fundó el Ejército de Liberación Nacional y tomó las armas. Desgraciadamente falleció en su primera acción armada. Pero el ELN continuó en la lucha, y hoy sigue siendo todavía uno de los movimientos terroristas que mantiene en jaque la democracia en Colombia, junto a las FARC. A lo largo de su historia, varios sacerdotes católicos formaron parte del ELN.

También en el Salvador hubo una estrecha colaboración de la Iglesia Católica con la guerrilla. Según Julián Ignacio Otero, desertor de la comisión de finanzas de las Fuerzas de Liberación Popular de El Salvador, “la guerrilla salvadoreña ha estado comprando armas en el extranjero, para lo cual utilizaban frecuentemente cuentas bancarias de jesuitas promarxistas... la influencia de los curas es más fuerte a nivel del Comité Político de cada comando central terrorista”. Reveló además que la Teología de la Liberación “a través del activo trabajo en las diócesis y las parroquias, ha podido reclutar a muchos campesinos, engañándolos e incorporándolos en la lucha armada”. José Napoleón Duarte, el fallecido presidente de El Salvador, durante su visita a Roma en 1983, declaró: “Los regulares de la Compañía de Jesús son los autores intelectuales de la revolución violenta en El Salvador”. Las evidencias eran abrumadoras.

En Nicaragua dos sacerdotes católicos serían parte del Frente Sandinista de Liberación Nacional: Miguel D'Escoto y Ernesto Cardenal. En 1983, durante su visita a Nicaragua, el papa Juan Pablo II se dio tiempo para regañar públicamente a Ernesto Cardenal, quien permanecía arrodillado ante él. Esa fue la imagen de que los tiempos habían cambiado. El papa Juan Pablo II formó parte de una nueva era de la Iglesia Católica en la que se confrontó abiertamente con el comunismo, hasta derrotarlo por completo. Pero mientras eso, la semilla del cristianismo marxista había sido esparcida y germinaba dentro de los muros del Vaticano, para trepar como una hiedra venenosa por los muros de San Pedro.

Los tiempos han vuelto a cambiar. Nuevamente escuchamos el estribillo de la pobretología cristiana contra los poderes económicos, exigiendo, como en los buenos años del comunismo, "un nuevo orden económico mundial". El papa Francisco, quien es jesuita y argentino para mayores señas, se ha sumado a la causa del progresismo mundial a favor del medio ambiente, y ha sido recibido con fervor y entusiasmo por los líderes del socialismo del siglo XXI. De hecho ese grotesco tallado de Cristo sobre la hoz y el martillo hecho por un sacerdote jesuita en los años del cristianismo marxista guerrillero, no habría podido ver la luz si no se tratara de un papa que ve con buenos ojos esta tendencia política. De todo lo que Evo le regaló, Bergoglio ha confesado que es lo único que se lleva consigo a Roma. Debe ser un duro golpe para aquellos que se han hecho anticomunistas solo por defender su fe.