jueves, 18 de junio de 2015

La fetolatría contra el aborto


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El fin de la política es resolver problemas y generar condiciones adecuadas para que la sociedad se desarrolle por sí sola.Toda ley debe ser evaluada en sus resultados y, si estos son malos, cambiada sin reproches. No importa si la ley se promulgó con las mejores intenciones evocando los principios más nobles; si no dio resultados debe derogarse y punto. Mantenerla solo por defender principios idílicos a costa de empobrecer la realidad es absurdo. Las leyes no son para promover principios ni ideales.

Lamentablemente el Estado suele ser capturado por sectores ideologizados que usan las leyes para imponer su doctrina y ética social. Nuestra Constitución está plagada de ideología ridícula que trata, por ejemplo, de imponer un igualitarismo ramplón en todos los aspectos, desde los sexos hasta las lenguas y culturas. Al menos han reducido en algo la insufrible charlatanería de la Constitución anterior. Lo que no se puede hacer es ideología con la vida de las personas. Lo único que corresponde es respetar su libertad, dejando que ellas tomen sus propias decisiones en busca de su bienestar y felicidad. El Estado no puede imponer estilos de vida y decidir por todos.

Hoy se discute despenalizar el aborto para enfrentar el problema de miles de mujeres que cada año abortan clandestinamente poniendo en riesgo su vida y salud. No podemos ayudarlas porque el aborto está penado, aunque eso es básicamente una mera ficción jurídica pues nunca se ha condenado a nadie por ese "delito" tan cotidiano.Hay gente ilusa creyendo que así se protege al concebido, pero es solo una tonta ilusión. Penalizar no es lo mismo que proteger. Y dado que esa ley no protege (como es obvio) y tampoco hay penalizados, no es más que una real tontería. Eliminarla permitiría al menos ayudar a esas mujeres y salvar sus vidas. ¿Por qué no se hace? Porque el Estado está capturado por el viejo totalitarismo religioso que impone un pensamiento único y una ética universal bajo un dogma de fe: la vida es sagrada y, por tanto, intocable desde la concepción. A los sectores religiosos les interesa más el dogma que la realidad, la mujer no vale nada sino la sacrosanta vida que está en su útero y pretenden obligarlas a parir como sea.

En vez de debate hay una furiosa campaña contra el aborto mediante una repulsiva especie de fetolatría recubierta de alegatos seudocientíficos, como si estuviéramos ante un tema de biología. Ni siquiera cabe un debate jurídico ya que ese marco legal está cuestionado. Han colmado con mentiras el verdadero objetivo del pedido llamando asesinos y promotores del aborto a los peticionarios.Los defensores de la vida pueden proseguir con sus marchas de adoración al feto cada semana si lo desean, convocar a los millones que dicen reunir para cargar pancartas con fetos. Pueden, sin duda, impedir que la ley se cambie. Tienen el poder para hacerlo ya que el Congreso está repleto de candelejones y soldados de la fe en cruzada permanente, y el Estado sigue siendo en gran medida un apéndice de la Iglesia.

El único problema es que no podrán cambiar la realidad. Cada año seguirán las centenas de miles de mujeres abortando clandestinamente porque no quieren ser madres como producto de una violación o de una borrachera, o no desean traer más hijos a la miseria; y muchas de ellas seguirán muriendo. Carecen de toda ayuda porque la iglesia también se opone a los métodos anticonceptivos. Las que no aborten empeorarán su situación al tener hijos con su padre o su padrastro o su hermano o sin saber de quién, incrementarán su pobreza y la sociedad seguirá degradándose con mayor delincuencia a menor edad, con sicarios adolescentes y pandillas juveniles.

El problema no es si estamos a favor o no del aborto o cuándo comienza el embrión a parecer humano. Esas son boberías que discuten para desviar el tema y asumir poses de científicos, probos y piadosos. El problema real es que hay mujeres muriendo por abortos clandestinos y la ley nos impide ayudarlas. Se trata de ayudar a estas mujeres porque ellas seguirán abortando ante la soledad y desesperación de sus vidas. Diga lo que diga la cucufatería el problema seguirá. Lo que se busca es atender una realidad social respetando la libertad individual. El Estado no puede renunciar a su responsabilidad por acatar consignas y dogmas de fe. Los fetólatras pueden proseguir con sus campañas y promover sus ideales y valores. Nadie se los impide. Pero no pueden pretender regir la vida de todas mujeres a la fuerza ni condenarlas a muerte porque no piensan igual.