domingo, 5 de abril de 2015

Otro 5 de abril


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Hoy es un día en que toda la cucufatería institucionalista saldrá a llorar por la democracia quebrantada hace 23 años, cuando Alberto Fujimori decidió cerrar el Congreso. En el colmo de la desfachatez son los sectores de izquierda los que más se lamentan y hacen drama, como si alguna vez les hubiera importado la democracia y el Estado de derecho. Porque hay que ser claros en los conceptos: la democracia es una forma de vida institucionalizada de la sociedad y del Estado, no es solo la pantomima de entidades disfuncionales. No confundamos instituciones con entidades ni democracia con Congreso. Es perfectamente posible que toda la parafernalia de entidades constitucionales esté funcionando a plenitud y aun así vivir en un régimen antidemocrático y dictatorial, como ocurre hoy en Venezuela.

Estos sectores que se rasgan las vestiduras por el autogolpe del 5 de abril de 1992, llorando por la "democracia y el Estado de derecho" tienen los conceptos enredados y la mente en meros idealismos baratos. Paradójicamente son en su mayoría sectores de izquierda, acostumbrados a combatir el Estado de derecho con sus tomas de carreteras y paros regionales, donde exigen que el Estado claudique de sus leyes y resoluciones, y donde las autoridades legítimas son desplazadas por una chusma de revoltosos agitadores irresponsables e ignorantes, que ponen en grave riesgo el futuro del país. Es mucho menos grave cerrar el Congreso temporalmente (algo que hasta está previsto en la Constitución) que andar petardeando al Estado de derecho con la permanente agitación antiminera y llevando al Estado ante cortes internacionales para defender terroristas. Por todo ello resulta inaudito, ridículo y gracioso ver que la izquierda salga a defender la "democracia y el Estado de derecho". No son nadie para hablar de democracia.

Muchos jóvenes han sido engañados por estos falsos profetas de la democracia que tienen su propia versión de la historia. Antes del 5 de abril de 1992 los peruanos estábamos al borde de la extinción, nadie tenía libertad, vivíamos con miedo de morir en cualquier calle, en una ciudad bloqueada por tranqueras que impedían el paso de los autos, donde los coches bomba se oían a kilómetros, los apagones y torres de alta tensión derribadas eran noticia cotidiana, cuando los negocios tenían que tener sus propios generadores de electricidad en la vereda, en un país donde las carreteras habían desaparecido y viajar era una aventura de alto riesgo no solo por la falta de vías seguras sino por la presencia del terrorismo, donde la gente prefería largarse del país, donde ya todos habíamos llorado a parientes y amigos asesinados por los terroristas de izquierda que actuaban impunemente porque el Poder Judicial era incapaz de juzgarlos, donde el Congreso era un circo de payasos sin gracia dedicados al juego eterno de petardear al gobierno y obstaculizar sus medidas. Esa era, señores, la famosa "institucionalidad democrática" que vivíamos en el Perú y por la cual ahora lloran los farsantes. Llorar por el apocalipsis que padecíamos en medio de una inservible democracia de juguete, es francamente la cosa más estúpida que puede hacer un peruano. Es pura ignorancia y cinismo.

En lo personal me llega altamente un Congreso que no le servía de nada al Perú, y solo estaba de adorno para dar la apariencia de "institucionalidad democrática" mientras el país se desangraba y destruía. Yo no aplaudí el autogolpe de Fujimori pero cuando vi los resultados un año después, no me quedó más que admitir que realmente fue una gran medida. El Perú se restableció como nación y emprendimos el camino del desarrollo que hasta hoy caminamos. Fue una medida extrema pero la situación que se vivía entonces también lo era. La realidad peruana ya estaba por sí misma fuera del marco constitucional, había superado ampliamente todos los supuestos en que se basaron los constitucionalistas de 1979. Enfrentábamos un escenario distinto que jamás habíamos sufrido, la Constitución era un instrumento desfasado que no permitía actuar con la celeridad que la situación lo exigía, y, para colmo, los políticos en el Congreso jugaban, como siempre, su mismo jueguito de poder, ajenos totalmente a la gravedad del problema. Deberíamos dar gracias de que Alberto Fujimori haya tenido el coraje de actuar como lo hizo y resolver los problemas que nos agobiaban por más de una década.

No se puede ser tan ignorante, mezquino, hipócrita y ciego para juzgar el autogolpe de Fujimori sin considerar la gravísima situación que enfrentaba el país. Una cosa llevó a la otra. Tampoco es muy honesto llorar por una democracia que no existía en los hechos porque teníamos libertades recortadas por el terror diario y donde gran parte del país era zona de emergencia. Además tras un año ya había un nuevo Congreso instalado, con todas las fuerzas políticas representadas, incluyendo a los llorones de izquierda. Las elecciones se convocaron en los tiempos previstos y la nación entera recuperó su vida normal y sus libertades que por más de una década había dejado de lado, el país fue reconstruido y colocado en la senda del desarrollo. ¿Hay motivos para llorar por un Congreso cerrado? Francamente me parece una cojudez y un exceso de lirismo. Tenemos motivos para celebrar. Hoy es una fecha en que el Perú se salvó.