sábado, 18 de abril de 2015

La peña regalona de Ollanta


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Ya es un hecho que este gobierno logró reducir el crecimiento económico del Perú y no solo por factores externos, sino también por incapacidad, falta de liderazgo y pérdida de objetivos. El discurso barato de Ollanta durante su campaña, centrado en el clientelismo repartidor de riqueza, resultó ser más que solo un discurso electorero: en realidad era todo lo que tenía. Y ciertamente no ha hecho más que eso: repartir y repartir, turnándose con su mujercita o ambos a la vez. La cantaleta de la inclusión social con la que irritó el oído de los peruanos nunca cesó, ni  siquiera cuando lo convirtió en un ministerio, para éxtasis de su delirio repartidor. Un ministerio del bienestar social es lo más parecido a un Estado de Bienestar. 

Una vez descartado el mamarracho rojo de la Gran Transformación, Ollanta se quedó sin nada. La famosa "hoja de ruta" no era más que el corsé antichavista impuesto por la derecha como condición para apoyarlo, pero nunca fue una propuesta de gobierno. A lo sumo significaba mantener el piloto automático. Ollanta estaba dispuesto a todo para llegar a la presidencia, incluso a traicionar sus "ideales" y patearle el trasero a sus amigos, aquellos que lo llevaron ingenuamente en la delirante combi de izquierda. Humala tampoco dudó en abrazarse con Toledo, a quien trató de darle un golpe acusándolo de todo. Mucho menos dudó en arrodillarse agachando la cabeza para recibir la bendición de Mario Vargas Llosa, aceptando además a todo su séquito, y eso pese a que MVLL había dicho y escrito pestes sobre Ollanta y la familia Humala. La única ideología que Ollanta mostró fue el "todo vale" para ser presidente, incluso saltar de un barco a otro. 

Estaba claro que Ollanta Humala era un simple tonto útil que todos querían utilizar. La pregunta era quién lo haría. La izquierda lo llevó hasta la segunda vuelta, allí Ollanta comprendió que sin el apoyo de la derecha jamás lograría su sueño de ser presidente. Entonces inició su propia gran transformación como un veloz mutante ideológico. El extremófilo de izquierda que surgió en el velasquismo chavistoide pasó a ser el "guardián socrático" del modelo neoliberal. Si en un principio Ollanta pensó dar rienda suelta a sus delirios chavistoides, una debilidad de todo limítrofe, después del show ridículo de su juramentación "por el espíritu de la Constitución del 79" y el acomodo de sus principales asesores de izquierda en el poder, se produjo otro cambio en Palacio de Gobierno: quien tomó el poder realmente fue Nadine Heredia, seducida ya por la corte vargallosiana. Sin que nadie se diera cuenta, Nadine dio el golpe más silencioso de la historia, en menos de tres meses cambió el escenario del ejecutivo y asumió la conducción del gabinete. 

Finalmente ni la izquierda ni la derecha pudieron utilizar como querían al tonto con la banda presidencial. Fue la primera dama quien se hizo con el mando supremo y, a través de ella, el marqués garante. La imagen de Nadine saltó a las portadas de las revistas, sus giras y amistades se hicieron internacionales. Fue convocada por la ONU como embajadora. Pero la verdad no tardó en hacerse pública: quien gobernaba era Nadine. Su poder creció al punto en que el premier César Villanueva fue retirado en tiempo récord por contradecir a la primera dama. Al final acabó designando a sus franeleras predilectas en los cargos de mayor poder: la PCM y el Congreso. La imprevista caída de Ana Jara fue rápidamente cubierta con el representante de MVLL. Todo queda dentro del clan de poder.

Mientras tanto, Ollanta Humala vive entregado a su labor de asistencia social. Viaja por todo el Perú en permanente campaña política, aprovechando los recursos del Estado para seguir con su discurso en contra de la clase política y del pasado histórico. Completamente ajeno a los trajines de la política en Palacio de Gobierno, Ollanta continua despotricando contra el Apra y el fujimorismo mientras regala becas, inaugura colegios y hasta primeras piedras. A falta de obras y logros solo puede defender sus programas sociales, insultando a cualquiera que ose cuestionar su pasión asistencial. Ha dicho que será recordado por sus programas sociales que "ningún gobierno se atreverá a eliminar".

Habría que meditar realmente hasta dónde resulta ético emplear al Estado para hacer beneficencia. El altruismo es digno de aplauso cuando el filántropo emplea sus propios recursos en la tarea noble de ayudar a los demás, pero es denigrante cuando se hace a costa del erario público. Algunos programas sociales son básicamente organizaciones burocráticas muy costosas, cuyo beneficio real para la gente resulta mínimo, como es el caso de Pensión 65. Más es el gasto burocrático que el beneficio social, pero sin duda el mayor rédito es político pues catapulta la imagen del Gran Benefactor. No cabe ninguna duda que estamos frente al gobierno más patético de la historia del Perú, a cargo de alguien que fue visto inicialmente como un tonto útil, pero que acabó siendo solo un tonto inútil.