miércoles, 28 de enero de 2015

Los falsos derechos de izquierda


Eascribe: Dante Bobadilla Ramírez 

Las ideas de izquierda gobiernan el mundo. Por lo menos el mundo de las ideas. Ellos nos ponen la agenda y definen los conceptos de nuestro vocabulario. Para ello cuentan con un ejército de militantes activos formados por profesionales de letras y ciencias sociales. La izquierda es pródiga en sociólogos, lingüistas, literatos, artistas, abogados, antropólogos y todo lo que se sustente en el uso intensivo de la palabra, por lo que son expertos consumados en charlatanería. 

Ellos han inventado esta feria curiosa de derechos de toda clase que hoy nos inundan, introducida sagazmente por los charlatanes de izquierda como "derechos de segundo piso" (y hasta de tercer piso porque ahora ya llegaron a los derechos del planeta). Es de nunca acabar. Y como son los dueños del discurso se han apoderado del contenido formal de los documentos oficiales de todos los organismos internacionales, donde abundan esta clase de charlatanes que viven para edificar su paraíso social a base de palabra sobre palabra. El sustento de su charlatanería sobre derechos parte de la tesis de que son estos organismos los que han ordenado los derechos y prescriben el desarrollo articulado (así hablan estos chiflados) de los derechos para su amplitud y plenitud. En suma, se trata de un círculo vicioso. Ellos lo inventan, lo prescriben y se fundamentan en si mismos.

Por ahora me interesa revisar el relamido "derecho a la protesta" que tanto repiten los agitadores de izquierda y sus organizaciones, desde el ejército de abogados del rojerío concentrados en IDL hasta los supuestos defensores de los DDHH que parasitan en la CNDDHH. ¿Existe realmente este "derecho a la protesta" con que los charlatanes de izquierda defienden sus marchas en contra de la minería, la privatización, la empresa privada, las leyes laborales y todo cuanto no les gusta? Desde luego que no. No existe. Es una burda manipulacón de los derechos. 

Es una lástima que muchos referentes de derecha liberal sean llevados de las narices a comulgar con estos ridículos conceptos de izquierda y defiendan los absurdos seudo derechos que proclaman. Leo asombrado a articulistas que se declaran liberales pontificando a favor de las protestas, en un país donde existe plena vigencia de la ley y donde las instituciones formales del Estado de Derecho funcionan libre y plenamente. Nadie puede decir que en el Perú las instituciones democráticas del Estado son controladas por el poder de turno mediante su militancia partidaria, como ocurre en Cuba o la Venezuela chavista. Tenemos otra clase de dificultades en el funcionamiento de las instituciones pero estas existen y funcionan, y mientras estén allí nadie puede defender las protestas callejeras como un mecanismo válido para resolver nuestras diferencias. La Constitución garantiza el derecho a reunirse pacíficamente sin armas, y nada más. Eso no es el sustento para ningún "derecho de protesta". Y menos cuando nunca son pacíficas pues siempre acaban en vandalismo, y cuando salen armados con palos y bombas caseras. Así que no deben manipular la Constitución para apañar sus marchas callejeras.

Admito que un pueblo puede llegar a protestar con todo derecho frente a un gobierno tirano, como el de Venezuela o Cuba. Este es un derecho señalado claramente en la Declaración de Derechos del Pueblo que selló la independencia de los EEUU, y en el nuestro. Todo pueblo tiene el derecho a insurgir contra un gobierno que no lo representa, tal como ocurre en Venezuela. Pero nadie tiene el derecho a protestar contra un gobierno legítimo que no ha atropellado las instituciones, ni contra el Estado de Derecho que funciona bajo el marco de la Constitución vigente. Si no les gusta una ley, la democracia provee muchos mecanismos lícitos para recusarla, y las marchas callejeras no son una de ellas. Hay que entenderlo.

La izquierda se ha malacostumbrado a depender de las protestas callejeras para hacer sentir su presencia y, sobre todo, para imponer su opinión por la fuerza debido a que electoralmente casi no existen, su representación parlamentaria es exigua y, para colmo, son tan delirantes que ya nadie los toma en cuenta. En el pasado, su exclusión de la política por falta de apoyo electoral los llevó a tomar las armas argumentando mil falacias para justificarse, que no es el caso recordar. Ahora la izquierda ha optado por remediar su falta de peso electoral a través de las marchas callejeras, las cuales han sido idealizadas por los farsantes izquierdistas de las letras en cada columna de los medios. No solo han montado la farsa del "derecho a la protesta" sino que han impedido sistemáticamente que este supuesto derecho sea adecuadamente normado por la ley, como lo están casi todos los derechos. Cada vez que se intenta reglamentar las protestas callejeras, los payasos de la palabra progresista se apresuran a ejecutar sus piruetas retóricas señalando que se pretende criminalizar la protesta social. 

La izquierda se ha acostumbrado a tener las manos libres. Desde que aprendieron a manipular el sistema a su favor son los dueños de la palabra, los conceptos y la ley. Tienen un discurso apropiado para cada ocasión. Cuando les conviene, sustentan maravillosamente la necesidad de reglamentar, por ejemplo, la libertad de expresión y de medios. Y es que los medios más populares son de derecha. Y como los medios de izquierda no logran calar en el gusto de la gente, solo les queda apelar a la manipulación grosera de la ley para luchar contra los medios de derecha con la relamida excusa de la igualdad. Por supuesto que los limítrofes de siempre que abundan se tragan el anzuelo de la izquierda y montan campañas contra la supuesta "concentración de medios". 

Esta es la vieja historia de la izquierda: manipulación. Expertos en charlatanería, arquitectos de utopías, falsos profetas de la moral, hacen y deshacen con la ley para socavar los cimientos de la democracia, tal como lo hacían con las armas el siglo pasado. Cuando su discurso no surte efectos mágicos en las masas y no logran un triunfo electoral, tienen dos opciones: salir a las calles a crear el caos para presionar a las instituciones del Estado y hacer prevalecer sus políticas, y manipular las leyes introduciendo conceptos disfrazados de "avances en el derecho" o impidiendo que se hagan leyes que no se inscriban en los lineamientos de su ideología. Para esto cuentan con ONGs donde se entrena un ejército de abogados que luego saldrán como asesores y consultores sagrados para los medios. 

La izquierda ha cambiado simplemente los campos ocultos en la selva, donde entrenaban a sus guerrillas en el uso de armas letales para asesinar a los "enemigos del pueblo" y tomar el Estado a través de la lucha armada, y los ha cambiado por modernas ONGs donde entrenan sus abogados en la mejor forma de pervertir el Estado de derecho y socavar los cimientos de la democracia para llegar a tomar el poder y montar una dictadura socialista seudo democrática, tal como viene ocurriendo en Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Argentina, etc. Los combatientes de izquierda ya no necesitan armas. Al igual que los delincuentes de saco y corbata solo necesitan manipular la ley. Montan novedosos conceptos que son presentados como avances en el desarrollo del derecho, tales como la "justicia transicional" que permitirá que los terroristas de las FARC dejen las armas y se incorporen a la política legal, disfrutando de la impunidad que la nueva y maravillosa forma de justicia progresista acaba de inventar. 

Para terminar, solo resta decir que hoy debemos tener los ojos más abiertos que antes. La izquierda nos ha infiltrado con sus conceptos y mucha gente anda repitiendo falacias con el cuento de los derechos. La izquierda promete beneficios sociales a cuenta del Estado o la empresa privada y solo necesita llamarla "derecho" para pasarla de contrabando. Y hay una larga fila de tontos útiles dispuestos a defender los disparates retóricos de la izquierda solo porque suenan bonito. Si ayer era imperativo enfrentar con armas a los guerrilleros y terroristas de izquierda, hoy es indispensable enfrentarlos en el terreno de la retórica jurídica y, como siempre, en la lucha ideológica.