domingo, 21 de diciembre de 2014

El progresismo pulpín


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La ley del empleo juvenil, bautizada como Ley Pulpín, ha encendido el debate sobre el maltrecho escenario laboral del país. Pero es un debate estéril porque la argumentación de izquierda adopta ribetes teológicos. A cada rato nos topamos con dogmas inamovibles como los "derechos adquiridos" y con clásicos argumentum ad verecundiam, como por ejemplo: "lo dice la OIT". Además de insistir en sus falacias ad hominem para descartar la opinión de todo un sector político por el hecho de ser "fujimorista". Frente a todo esto cualquier debate serio resulta inútil. Y no es ninguna novedad. Los debates con la izquierda carecen de sentido porque son dogmáticos y conservadores.

¿Cómo cambiar radicalmente el escenario de 80% de informalidad laboral sin tocar los dogmas sagrados de los "derechos adquiridos" causantes de esta situación? Es imposible. Para la izquierda la solución pasa por la fórmula chavista de crear un Estado policíaco, con un ejército de inspectores que marche a las empresas junto con policías y soldados para constatar que los derechos laborales estén respetándose o, en su defecto, aplicar onerosas multas, meter presos a los empresarios, cerrar empresas o estatizarlas, tal como hicieron Hugo Chávez y su heredero Nicolás Maduro en Venezuela con los funestos resultados que ahora vemos. 

La otra salida sería iniciar un debate serio acerca de los mal llamados "beneficios sociales", que hoy se defienden como dogmas de fe pero que en el fondo son una franca aberración conceptual, cercana al robo institucionalizado. ¿Qué son concretamente estos "beneficios sociales"? Para decirlo en forma sencilla son dádivas otorgadas por políticos demagogos y cargadas a la cuenta de las empresas privadas. Cada vez que un demagogo en el poder se emociona surge un derecho social. En el pasado era muy fácil que un patán trepado al poder, embebido de soberbia y arrogancia, soltara un discurso patriotero y regalara derechos al pueblo como todo un un perdonavidas. El costo de su grandeza y emoción social tenía que ser asumido por las empresas privadas o el erario público. Así fue como nos llenamos de esos estúpidos "beneficios sociales". Y no es cierto que las masas hayan luchado por esos derechos, como parlotean los progres.

Recordemos, por ejemplo, los aciagos días del primer gobierno de Alan García, cuando entre los efectos del litio decidió inventar el derecho a la gratificación. Hasta entonces la gratificación era eso: un acto libre de agradecimiento de las empresas hacia sus trabajadores, efectuado tradicionalmente en fiestas patrias y Navidad. Personalmente lo recibí en los diez años previos. Pero Alan García un día decidió que esa gratificación debía ser un "derecho" y la convirtió en una obligación legal con monto y fecha definidos y amenaza de multas. Su popularidad creció, lógicamente. Eso era todo lo que buscaba. Pero luego el efecto de su demagogia hizo de la economía un desastre y por primera vez dejé de recibir la gratificación, pese a que ya era un "derecho" y una obligación de la empresa.

Ahora escucho a jóvenes reclamando airadamente por su asignación familiar. Es decir, ellos tienen un hijo y la empresa tiene que verse afectada. ¿No es eso ridículo? ¿La empresa les sugirió que tuvieran un hijo? En todo caso, deberían ir a reclamarle derechos a su papá, pero no a la empresa. De esta clase de estupideces aberrantes está lleno el paraíso socialista de los beneficios sociales del precario ambiente laboral donde, sin duda, la perla mayor es la bendita "estabilidad laboral". ¿Qué cosa en este mundo es estable? ¡Nada! Y menos la economía. Las empresas están sujetas a mercados inestables, a climas variables, a gustos populares cambiantes y hasta a gobiernos impulsivos. ¿En razón de qué puede existir una estabilidad laboral? Es inconcebible. Las empresas están impedidas de despedir personal incluso en situación cercana a la quiebra. Ya es completamente delirante.

La situación no da para más. Es una lástima que los jóvenes turcos que marcharon por las calles reclamando derechos laborales cuando ni siquiera empleo tienen no estén a la altura de los tiempos. Los pulpines del progresismo han preferido salir a reclamar por los viejos dogmas del pasado que han provocado justamente el desastre de realidad que tienen hoy. No quieren empleo sino derechos. Son parte de las modernas generaciones formadas bajo la mentalidad del progresismo parásito que sueña con la mamadera de un empleo único y estable de por vida, bajo la comodidad de la estabilidad laboral más una larga lista de beneficios adicionales, que no tienen nada que ver con su calidad como trabajadores o su productividad personal. Es el viejo y fracasado sistema diseñado por la izquierda velasquista que eliminó la meritocracia y la competitividad para crear el paraíso de los derechos igualitarios.

Es muy cómodo ser un defensor de los derechos cuando estos tienen que ser solventados por otros. Lo que deberíamos hacer es extender esos derechos a todos, de modo que la gente sienta cuánto cuesta solventarlos. Por ejemplo, habría que aumentar un 50% la tarifa pactada con el gasfitero o el taxista para pagarle sus beneficios sociales además del servicio prestado. ¿Estarían dispuestos todos a eso? Sospecho que al día siguiente saldrán indignados en protesta a exigir que sea el Estado o las empresas los que corran con ese pago. Eso es lo que quieren los parásitos sociales de hoy en día que han crecido con la mentalidad anti empresa y pro Estado. 

El Perú necesita ideas frescas. Necesitamos desprendernos de las taras mentales del pasado. Ya no podemos seguir defendiendo ideas surgidas de la emoción irresponsable de dictadores como Velasco o de gobernantes delirantes como Alan García. Es urgente reestructurar todo el panorama laboral tirando a la basura conceptos como "beneficios sociales" o "estabilidad laboral" y concentrarnos en el libre mercado de la competencia laboral y la productividad. Las empresas deben tener total libertad de contratación y despido, deben competir abiertamente por los recursos humanos tanto en la contratación como en la capacitación, los bonos deben darse por productividad y eficiencia, el Estado debe orientar el mercado laboral mediante incentivos tributarios y no mediante cargas laborales, etc, etc. Digo, si es que queremos surgir como nación y entrar en el concierto de las naciones más desarrolladas del mundo. Si no, pues sigan llorando por la mamadera de los derechos y seguiremos en la cola del mundo.