martes, 9 de diciembre de 2014

El gobierno de la gran corrupción


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Si el gobierno de Ollanta Humala todavía sigue en pie es porque el Perú ya se ha adaptado al hedor de la corrupción en el poder a toda escala durante los últimos diez años. Parece una cosa natural en la política peruana desde que los partidos fueron reemplazados por simples aventureros y trepadores de baja estofa, solventados por la billetera de mafiosos que los rodean como asesores durante las campañas. Esa es la génesis de las mafias que luego acaban operando en el Estado bajo la venia y complicidad del gobernante que los mantiene en su entorno íntimo.

La cruda realidad es que la corrupción política ha crecido en el Perú al punto de convertirse en el principal peligro para el Estado de derecho. Hoy ya no tenemos el terrorismo ni la inflación como amenazas. En su lugar está la corrupción, tanto en el gobierno central como en las regiones y municipios. Pero la corrupción no viene sola. Junto a la corrupción está el otro problema no menos grave que es la absoluta miseria intelectual del gobernante. Es la gente más bestia que jamás se haya visto ni imaginado en la gestión pública. La pobreza de su discurso así como sus modales los delatan. No tienen ideas y se limitan a los tradicionales clichés sobre la pobreza, la desigualdad y el antifujimorismo. Tampoco tienen reparo en insultar al adversario. Alardean de su poder pavoneándose en un estrado.

Mientras que el gobierno se hunde en la miasma de la corrupción con el escándalo de su operador político Martín Belaúnde Lossio y toda una gran red de mafiosos conectados con Ollanta Humala y Nadine Heredia, a lo único que atinan es a insultar al fujimorismo y al aprismo como si eso los hiciera santos. Ya es penoso y hasta ridículo escuchar al humalismo invocando a los años 90 cada vez que quieren zafar el cuerpo o restar autoridad al fujimorismo para investigarlos. Es una treta tan infantil que solo la desesperación puede justificarlo, para no mencionar otras limitaciones.

Hay una gran diferencia entre la corrupción que vimos a fines de los 90 y la que se ventila en estos días. Durante los últimos años del fujimorismo la corrupción era de índole política. Se compraban medios, periodistas y congresistas para mantener y controlar el poder. Lo que vemos hoy, en cambio, es una corrupción de carterista, de vulgar ladrón que solo busca medrar en el poder para llenarse los bolsillos. Es un gobierno que le abre las puertas del Estado a una plaga de ratas que corretean por todos los espacios devorando lo que encuentran a su paso. Los gobiernos comparten el poder con asesores y amigos palaciegos que más tarde aparecerán justificando los sueldos de la primera dama y las cuentas del presidente. Si es que ya no tienen los cajones de la cómoda repletos de dólares, como acabamos de ver en Chiclayo. Y eso no sería nada raro.

La corrupción y la incapacidad que hoy nos golpea desde el poder no tienen ningún parangón en toda la historia de la política nacional. Ministros como Cateriano, Figallo y Ana Jara no pasan de ser más que meros cortesanos del poder, o Daniel Urresti, mezcla de payaso y matón de barrio cuyo trabajo es entretener al público con sus acrobacias retóricas, no han hecho más que llevarnos de caída en todos los sectores. La inversión minera se ha paralizado hace dos años, una gran empresa minera acaba de dejar el país, ya no hay exploración petrolera, el crecimiento está detenido mientras nos siguen meciendo con el estúpido rollo de la inclusión social y el aumento del presupuesto cuando ni siquiera saben gastar. Ahora ya no se puede dar seguridad ni a los partidos de la final de fútbol y Urresti está invocando una serie de ridículos argumentos para justificarse. En realidad está faltando a sus funciones y ya deberían denunciarlo.

Ningún gobierno puede evitar que durante su gestión aparezcan avivatos haciendo negocios por lo bajo y que en algún nivel de la administración pública surjan escándalos de corrupción, pero de allí a que la misma pareja presidencial y su entorno más íntimo sean los implicados ya es otra cosa. Decir que fueron amigos pero que ahora no lo conocen es ridículo. Nos quieren contar el cuento de que Martín Belaunde, López Meneses, Rivera Ydrogo y otros mafiosos, los apoyaron durante dos campañas electorales donando hartas sumas de dinero y que, luego de llegar al poder, se fueron calladitos y dejaron de verse. Sin embargo, existen reportes de visitas a Palacio y al Congreso, así como diversos testimonios que desacreditan la versión oficial de Ollanta y Nadine. 

Por mucho menos de lo que ya hemos visto acá han rodado cabezas de gobernantes en otros países como Italia o Japón. Si esta parejita se sostiene es porque, como ya dije, la población se ha acostumbrado al hedor y porque el sector del progresismo y la caviarada andan mirando al cielo. Los indignados que antes salían a lavar banderas, hacer vigilias, marchitas contra el fujimorismo y a arrojar basura en la casa de Matha Chávez, entre otras exhibiciones de histeria activista progre, hoy se hacen los dementes, andan más ocupados fumando el opio del ambientalismo climático. No nos debe extrañar. La doble moral del progresismo es parte de la debacle nacional y de la decadencia política. 

Pero no dejemos que los trepadores y saltimbanquis se salgan con la suya. Ahora que Susana Villarán por fin deja sus funciones después de perder tres años en campaña (la presidencial, la revocatoria y la municipal) y dejjar Lima en la miseria, no sería mala idea que Ollanta adelantara las elecciones para evitarle al país todo un año y medio de inestabilidad y desgobierno. El deterioro de la imagen presidencial puede resultar muy peligroso pues el descontento irá en aumento. Que se vayan de una vez por las buenas.