miércoles, 24 de diciembre de 2014

¿Cuándo se jodió el empleo?


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

La primera vez que asistí a una asamblea sindical tenía 18 años y menos de dos trabajando en una de las cientos de empresas estatales que dejó el velascato y que estaba en quiebra, para variar. Se discutía acerca de su privatización o liquidación. El sindicato estaba en contra de las dos alternativas. Ellos querían luchar para que el Estado siga haciéndose cargo de la empresa quebrada y sin despedir a nadie. Yo no entendía esa posición. Cuando me dieron la palabra dije sin dudar que la mejor alternativa era la privatización. Pero enseguida me retrucaron que eso implicaría el despido de la mitad del personal. Respondí que siempre quedaría la mitad y eso es mejor que nada. Pero no me escucharon. Insistieron en que el Estado debía hacerse cargo de la empresa quebrada sin despedir a nadie. Peor aun, pedían más beneficios. El resultado fue que la empresa se liquidó, a pesar de los plantones, y todos acabaron en la calle. Yo me había ido meses antes.

Esa experiencia temprana me dejó claro el grado de imbecilidad al que pueden llegar los dirigentes sindicales persiguiendo una posición dogmática en defensa de supuestos principios. Hoy, cada vez que escucho a alguien hablando de la defensa de los ideales no puedo evitar pensar que se trata de otro idiota, de esos que son incapaces de tomar decisiones sensatas, y cuando el médico les dice que hay un problema con el parto y debe decidir entre su esposa o su hija, exige que se salven las dos siguiendo sus principios. El resultado es que las dos mueren. Y es que las posiciones que buscan la situación ideal y perfecta siempre llevan al basurero de la precariedad o a la muerte. Es todo un misterio científico entender por qué las ideas son capaces de secuestrar el pensamiento, aun cuando se trata de aberraciones. Y casi siempre lo son, especialmente cuando se divorcian de la realidad y acaban enfrentadas a ella.

Esto mismo ocurre hoy con la Ley Pulpín. Los principistas representantes de izquierda se indignan porque les están quitando derechos a los jóvenes. Es cierto que la ley busca darles empleo a costa de unos cuantos beneficios consagrados como inalienables por estos luchadores sociales. Ellos quieren los empleos y los derechos. No es solo un todo o nada, su posición es en realidad un todo y más. Nunca se cansan de pedir. La realidad dice que los jóvenes no tienen empleo, pero nadie ha salido a las calles a pedir empleo. No. Solo salen a reclamar derechos. Algunos tan absurdos como la "asignación familiar". Quisiera saber quién fue el conchudo que inventó esa aberración. Lo más probable es que la hayan copiado de algún otro país quebrado por la demagogia como Argentina.

Habría que preguntarse entonces de dónde surge la creencia de que se le puede exigir todo a las empresas y esperar que el Estado respalde esta posición con leyes y autoritarismo como si fuera el socio mayor de una banda de extorsionadores. Si mal no recuerdo, fue el general Velassco el que cebó a los sindicatos rojos como la CGTP, el SUTEP, la FEB y otros que no paraban de exigir beneficios sociales hasta llegar al delirio. No solo instituyeron la estabilidad laboral absoluta sino que en un momento la FEB consiguió incluso que el puesto laboral fuera hereditario. Frente a eso, algunas gollerías como el sueldo adicional por onomástico más día libre ya resultan minucias. Hay sindicatos que consiguieron del Estado centros vacacionales de lujo. Todo eso mientras la productividad decaía. 

Con el paso del tiempo el panorama laboral se ha llenado de beneficios sociales que carecen de sentido y hasta se repiten, como ocurre con la CTS y la compensación por despido. Ahora PPK sale a sugerir un seguro de desempleo sin decir quién correrá con el gasto. Siempre se sugiere más a pesar de que el problema es que ya hay demasiado. Lo que se necesita es quitar. Debemos volver a la razón y dejar de vivir en la fantasía de un esquema laboral repleto de beneficios gratuitos que en lugar de derechos laborales se han convertido en barreras laborales. Sin embargo, esperar algo así de nuestra clase política parece imposible. De otro lado, el parasitismo de la izquierda y el progresismo juvenil nunca arriarán sus banderas de defensa de los derechos utópicos. Mientras tanto, el gremio empresarial parece un club de eunucos que no opina y solo se deja extorsionar y esquilmar. 

Así las cosas no parece viable que el Perú alcance mejores posiciones de competitividad en el mundo y hasta me resulta irónico ir a la OCDE a solicitarle ingreso. Primero arreglemos el país y pisemos tierra. Ahora que se avecina un proceso electoral volverán a salir los demagogos a prometer más derechos y beneficios, sin duda. Dudo mucho que alguien tenga el coraje de proponer un cambio radical.