martes, 21 de octubre de 2014

La utopía del Estado laico


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Desde un punto de vista liberal se puede tolerar que las personas tengan las creencias religiosas que les venga en gana, y hasta que las expresen libremente de la manera que deseen, siempre que se respeten las normas previamente establecidas en resguardo de la seguridad y el orden. Incluso, en defensa del libre mercado, se puede tolerar que la gente sea libremente estafada por los gurús de la sanación y salvación del alma, profetas de la verdad bíblica, vendedores de panaceas que alivian el sufrimiento de la vida, ordenan el chakra y potencian las energías positivas mediante curas mágicas, imposición de manos, rezos, relajación, procesiones, meditación o magnesio. Las creencias y estafas místicas son parte de la sociología, la psicología y la psiquiatría pero no de la política. No en un mundo civilizado y moderno. Por eso mismo se insiste en la necesidad del Estado laico, que fue la clave del progreso para las naciones que lo adoptaron.

Un Estado laico no es antireligioso. Solo es no comprometido, neutral. No se puede admitir que el Estado esté regido por una fe ni por una ideología. Tan aberrante es un Estado católico como un Estado islámico o antimperialista. El Estado debe servir a todos y proteger a todos mediante leyes basadas en evidencias y resultados, y no en éticas iluminadas, dogmas ni textos sagrados. Por lo mismo tampoco es aceptable que representantes del Estado como el presidente, ministros, congresistas y jefes de las FFAA participen de la superchería religiosa, como la procesión del Señor de los Milagros, por más popular que esta sea. Nada más ridículo que creer que una imagen es "sagrada y milagrosa" y llevarla por las calles como si aun estuviéramos en el incanato o la Edad Media. Que la gente vaya a rendir culto a una imagen es asunto suyo, pero hacer al Estado parte del circo y del fetichismo popular es como hacer que los ministros se pongan a jugar carnavales en palacio solo por seguir la tradición. Patético realmente.

Puede que esta actuación sea solo parte del circo político-religioso que en este país parece funcionar muy bien. No en vano Alan García terminaba el te deum en la catedral y se iba luego donde los evangélicos a seguir posando. Algo que afortunadamente no ha continuado Ollanta, pero si una larga lista de candelejones de la política. Y es que en el Perú la cucufatería religiosa afecta más que un virus mental. La cultura está construida de tal manera que los niños no tienen ninguna forma ni oportunidad de salvarse de la dictadura religiosa. Desde que nacen están ya condenados a que les impongan un conjunto de creencias aberrantes para ponerlos al servicio de una religión. Pero acá no se trata de transformar la sociedad como pretenden los socialistas sino apenas de salvar al Estado y ponerlo al margen de cualquier secta por el bien de todos.

No solo está fuera de lugar colocar al Estado de rodillas ante una imagen sino que está reñido con el decoro. El presidente Ollanta Humala no quiere dar su testimonio ante una comisión del Congreso porque siente que ofende la majestad de su investidura y porque, según dice, la Constitución no lo permite. ¿No es exactamente el caso de una costumbre populachera? ¿Le permite la Constitución al presidente venerar una imagen religiosa y formar parte de la histeria colectiva, aunque se trate de una mayoría? ¿No mella eso su investidura presidencial y la del Estado que debe ser neutral y para todos? ¿Acaso no afecta la imagen del país mostrándonos como una nación primitiva? De los muchos cambios que necesita el escenario político, el laicismo es algo que se ha dejado de lado de manera sistemática en este país dominado por la superchería mística de toda clase. Pero hace falta insistir, aunque sea en solitario.

La Constitución del 93 que se considera más moderna y avanzada no lo es en materia de laicismo. En ese aspecto es exactamente igual a la del 79. No le cambió ni una coma. No se hizo ni un esfuerzo hacia la consolidación de un Estado moderno y laico. En 1979 apenas se retocó la Constitución de 1933 que tenía un título dedicado a la religión donde la Iglesia Católica era parte del Estado. En 1979 solo se atrevieron a declarar la independencia retórica del Estado pero remarcando enseguida su estrecha colaboración con la Iglesia Católica. Hasta hoy el Estado subvenciona a la Iglesia Católica y mantiene nexos muy estrechos que incluyen ceremonias protocolares y días festivos en el calendario. Y ni siquiera esto ha sido cambiado. Es ridículo tener días festivos religiosos por mero protocolo y reverencia a la Iglesia Católica, tales como el día del Papa o el de la Inmaculada Concepción, que para la población no significan nada. 

Hacer reformas para instituir un Estado laico se hace cada vez más urgente en un país que lentamente es presa de las sectas religiosas de toda clase. Ya hemos tenido candidatos presidenciales provenientes de estos sectores como Ezequiel Ataucusi, con representantes en el Congreso. Ante la debacle de los partidos, muchas de estas iglesias de todo fuste se están metiendo a la política. Ya hay una legión de iluminados montando espectáculos sectarios en el Congreso. En Colombia la secta llamada Iglesia de Dios Ministerial de Jesucristo Internacional fundó su propio partido, el "Movimiento Independiente de Renovación Absoluta" MIRA y hoy es una fuerza política. Algo a lo que aspiran acá muchas sectas.

Mientras que unos se preocupan por la llegada de antimineros, cocaleros o terroristas al poder, a nadie parece importarle la cercanía de sectas religiosas que hace rato merodean el poder político de forma directa o soterrada. Establecer con claridad las características de un Estado laico es lo único que podría evitarnos caer en el delirio de las supercherías religiosas, tanto en el poder como en la educación y la cultura.