domingo, 20 de julio de 2014

Perusalén en la Edad Media


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Nuevamente el cardenal Juan Luis Cipriani hace noticia con sus gestos y declaraciones políticas, encubiertas con el sambenito del "derecho a opinar". Derecho que solo él parece querer ejercer -y de hecho ejerce- de manera compulsiva y totalitaria, tratando de imponer sus ideas a toda costa a todo el mundo, y a través de toda clase de mecanismos que van desde su alocución semanal en la radio -al mejor estilo de Hugo Chávez- hasta su último gran show por la firma de un acuerdo entre diversas iglesias y partidos. Esto sin mencionar sus acostumbradas marchas multitudinarias por las avenidas de la ciudad y el uso del púlpito para enviar mensajes políticos, además de su batallón de chupacirios mediáticos que se encarga de difundir y defender sus ideas. 

Se trata pues de todo un personaje que va más allá del rol pastoral y meramente religioso que le corresponde. Cipriani ha llevado a la Iglesia al nivel de un partido político y se da el lujo de pechar al gobierno y al Estado peruano en determinados temas, convencido de que cuenta con la potestad para imponer sus ideas, tal como si estuviéramos en la Edad Media o en un Estado islámico. 

Lo lamentable es que el Perú en muchos aspectos está realmente en la Edad Media, tanto en cuestiones de credo como en ciencia. Este es un país donde no existe investigación científica, no hay publicaciones, la ciencia y la tecnología están rezagadas a niveles de finales del siglo XIX, mientras que por otro lado figuramos en el ranking de los 10 países más religiosos del planeta con el noveno lugar. Por cierto, es el único ranking donde el Perú figura en el top ten. Y no es para celebrarlo.

Una reciente encuesta confirma que el 95% de la población es creyente y el 80% es católica. Claro que este sarpullido de fe en la población no ha significado en lo absoluto que seamos un país mejor. Por el contrario, además de vivir sumergidos en la superchería religiosa, mística y mágica, padecemos de una epidemia de corrupción y delincuencia. El propio cardenal Cipriani se queja de una "crisis de valores". En lugar de quejarse debería explicarnos por qué tenemos estas crisis en un país tan ultrareligioso y cucufato. Nadie mejor que él para explicarnos las causas de esta anomia, como líder y representante de la más numerosa religión del país. ¿No es él el pastor de estas almas descarriadas? ¿Entonces de qué se queja? ¿A quién reclama?

El retraso mental que vive el país, hundido en la cucufatería religiosa más tenebrosa, es el único fundamento de nuestra mediocridad como sociedad. Para mayor desgracia, los principales partidos políticos como el PPC y el fujimorismo, han decidido jugar el papel de cortesanos de la iglesia. En lugar de garantizar la independencia del Estado y defender el laicismo, se han arrodillado ante los altares para besar el anillo del cardenal y acatar sus mandatos. Paralelamente existe una sarta de chupacirios que no se cansa de escribir laudatorios al cardenal, desperdiciando el papel de sus columnas y acusando a otros de falsos liberales. La verdad es que no hay liberal más falso que quien pretende poner al Estado de rodillas ante su Santa Madre Iglesia.

Liberal falso es quien critica al Estado pero acata los mandatos del Vaticano, quien combate a la izquierda por totalitarios, pero al mismo tiempo comulga con el totalitarismo dogmático de una Iglesia entrometida en la política fuera de sus recintos estrictamente religiosos. No hay un liberal auténtico que no defienda el laicismo y el Estado laico. La Iglesia puede predicar lo que quiera dentro de sus claustros y recomendarle a sus fieles todas las normas éticas y morales que considere, pero lo que no puede hacer es enfrentarse al Estado para imponer a los demás sus preceptos éticos exigiendo cambios en las leyes. Eso está más allá del rol de una iglesia en un país democrático que aspira a tener un Estado laico. Y lo gracioso es que existan quienes se consideran liberales y aplauden esta intromisión eclesiástica en la política. Lamentablemente nuestra política también está rebosante de chupamedias. Y el cardenal los tiene a montones.

Ni siquiera vale la pena entrar en el debate de los temas porque las expresiones del cardenal están repletas de mentiras. La manipulación ideológica a la que apela sin rubor, convencido de que la gran masa de sus seguidores esta compuesta por gente estúpida, lo lleva a jugar con los conceptos y las imágenes de una manera grosera. En tal sentido se atreve a llamar "inocente niño" al embrión, así como atribuirle a la ministra de salud la intención de industrializar el aborto, y de promover los abortos masivos e indiscriminados. Este tipo de expresiones vergonzosas solo generan pasmo y limitan o empobrecen cualquier debate serio, pues son un insulto a la inteligencia. Por otro lado revelan la verdadera naturaleza del cardenal que ha probado sus audacias en el fino arte del engaño masivo. Al final, solo ejerce el viejo oficio en el que se han especializado los sacerdotes desde la Edad de Piedra.