sábado, 14 de junio de 2014

¿Qué queda de la izquierda?


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

¿Qué significa ser de izquierda hoy? Nadie lo sabe. En el pasado (hace solo 15 años) ser de izquierda significaba seguir el pensamiento Marxista-Lenninista como base, para luego bifurcarse en variantes como trotskistas, albaneses, moscovitas, maoistas, castristas y un largo etcétera. Eran un conglomerado de jóvenes delirantes infectados por el virus mental del comunismo. Soñaban con la guerra popular que, según su afiebrada teoría, debía ser emprendida por una alianza de estudiantes, campesinos y obreros que tomarían el poder para establecer la dictadura del proletariado, meta final de toda la izquierda latinoamericana. Por supuesto que esa alianza solo existía en su imaginación, pero estaban tan idiotizados por esa basura ideológica que anhelaban tomar las armas y asesinar en nombre del pueblo. Ahora parece que de esa izquierda de manicomio que provocó el apocalipsis del terrorismo y la guerrilla queda poco. Pero algo queda.

En el presente la izquierda ha logrado transformar su imagen de un modo radical. La debacle del comunismo mundial por el colapso de la URSS y la muerte de Mao, sumada a la derrota del terrorismo local, afectó a toda la izquierda, aún a esa izquierda asolapada que, sin ensuciarse las manos, atizó la hoguera criminal de SL, entorpeció la respuesta del Estado y luego encubrió a los culpables. Su obra concluyó con la gran labor de la CVR que elaboró una historia trucada donde los verdaderos responsables de la tragedia quedaron mimetizados con los efectivos policiales y militares que se excedieron en sus funciones. Expertos en montar espejismos retóricos, terminaron cargando toda la responsabilidad de la tragedia precisamente en quien la detuvo: Alberto Fujimori. 

La izquierda así se sacudió polvo y paja dejando en off side al senderismo que ya no existía y convirtiendo a Fujimori en el símbolo de las violaciones de los DDHH. La revolución del pueblo o guerra popular, según la versión original, quedó convertida en "conflicto armado interno" donde ambos frentes (SL y FFAA) eran igualmente responsables, pero más grave la culpa del Estado. Para redondear la faena, los izquierdistas autores de la felonía de la CVR emergieron como adalides de la verdad. Así fue como la izquierda lavó su imagen pública sin hacer jamás un mea culpa, ni pedir perdón, ni reconocer sus errores por sostener que el camino de la violencia política era la única vía posible y moralmente justificable. No han sido capaces de admitir que la violencia solo genera más violencia y que el responsable de la cadena de violencia es quien la inicia, no quien la concluye.

La resurrección de la izquierda en el siglo XXI va directamente de la mano de la CVR y de las ONGs de izquierda que la nutrieron, las que hoy promocionan su informe como sagradas escrituras. Con un cinismo de dimensiones históricas, la izquierda se apoderó de las banderas de los DDHH (que alzaron inicialmente para defender a sus militantes durante el terrorismo) y se disfrazaron como defensores de todas las causas nobles, desde los pobres, para variar, hasta el medio ambiente. Su estrategia parece haberse dividido en dos frentes: la militancia de trinchera fundada en ONGs de cándidos nombrecitos y fines altruistas, y los agentes políticos de discurso conciliador y populista, dispuestos a pactar con partidos de la burguesía para detentar el poder político.

Tenemos una izquierda disfrazada de democrática, jugando el juego electoral que antaño detestaban y condenaban. La estrategia es llegar al poder y no soltarlo, como ha ocurrido en Venezuela, Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Argentina. Del viejo discurso sobreviven pocas cosas, como la cantaleta contra "la prensa oligárquica" resucitada con el cuento de la "concentración de medios" generada por una corte de periodistas fracasados y rencorosos.  

Pero aun podemos encontrar izquierdistas que simpatizan con el terrorismo justiciero que aniquila a los "enemigos del pueblo". No hay que buscar en MOVADEF. Están repartidos en todos los partiduchos de izquierda como Tierra y Dignidad, y en varias ONGs. La violencia terrorista está en el ADN de la izquierda. Aun son aleccionados en la ideología de la lucha de clases desde muy jóvenes y crecen con odio social, creyendo que el camino de la justicia es matar al enemigo de clase. Me lo dicen a menudo en los debates. Siempre son jóvenes, pero admiran a viejos militantes de una izquierda radical y próxima al terrorismo como Javier Diez Canseco, promotor camuflado del MRTA, según la inteligencia norteamericana. Pero acá le han puesto una corona de flores igual que a Santa Rosa de Lima.

La izquierda que el siglo pasado se repartía el trabajo político entre el sabotaje, la huelga, las marchas y las acciones terroristas no ha desaparecido. Han guardado las armas pero han sacado los panfletos y los discursos. Hoy las acciones de sabotaje van más acorde con los fines nobles de sus fuentes externas de financiamiento. El sabotaje que la izquierda oenegienta realiza ya no es el derribo de torres de alta tensión, la matanza del ganado de una cooperativa, la voladura de maquinaria en algún campamento minero o la extorsión a ejecutivos de grandes empresas. Eso quedó en el pasado. Las ONGs realizan un sabotaje más sutil como ir por los pueblos andinos y amazónicos engañando a sus pobladores, predicando el odio al TLC, a las transnacionales y al Estado burgués. Son los misioneros del siglo XXI que, igual que los cristianos de la Colonia, van en busca de almas perdidas y abandonadas para ganarlos a la fe de izquierda y de la antiglobalización.

El resultado del sabotaje de las ONGs de izquierda lo pudimos apreciar en la matanza de Bagua, donde los nativos salieron a defender lo inexplicable debido a la prédica nefasta de las ONGs que los visitaron meses antes. También vemos el sabotaje de la izquierda en la parálisis de obras mineras de gran envergadura como Tambo Grande, Tia María y Conga, con su efecto devastador en la economía de las regiones y del país. La guerra popular de la izquierda se hace hoy usando el arma más mortífera que se ha conocido hasta ahora: la mentira. Son charlatanes consumados que hablan de bondades mientras siembran la semilla del odio y la violencia social. Tal vez ya no les interesa tomar el poder porque lo han infiltrado con asesores y tienen lobbys internacionales influyendo en la elaboración de leyes y en la prioridad de las políticas públicas.

En el Perú ya hemos conocido las dos versiones de la izquierda: el velasquismo que fue un socialismo chavista, y el terrorismo que por poco toma el poder. Ya no nos queda nada por conocer de la izquierda. Sus dos versiones son nefastas. Somos nosotros los que debemos decir "que la historia no se repita" y no ellos. El presente nos exige estar atentos. Muchos son los jóvenes marxistas del ayer que han madurado, bajado los puños y ahora visten de saco y corbata. El típico izquierdista de hoy no es el universitario delirante. Ahora son empleados públicos de alto nivel, magistrados, catedráticos y algunos se camuflan como liberales hablando del libre mercado. Se muestran como expertos polítologos o científicos sociales. No importa el disfraz que usen. Por su discurso los conocereis. Hay que señalarlos y denunciar sus mentiras y maniobras. No nos olvidemos que el camino al infierno está empedrado de muy buenas intenciones y encantadores discursos de justicia.