martes, 24 de junio de 2014

La falta de liderazgo y algo más


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Roberto Abusada comentaba recientemente que las reformas económicas que se implantaron en los 90 ya las tenían claras en el 80, cuando se iniciaba el segundo gobierno de Fernando Belaúnde, pero no se hicieron. Y no se hicieron por falta de carácter. Se prefirió dejar las cosas como estaban durante una década y solo cuando nos vimos con la soga al cuello reaccionamos. Esa parece ser una constante de la política peruana: esperar a que el problema estalle, que el mal asuma dimensiones de plaga bíblica para recién actuar. Así ha ocurrido con la economía heredada del velascato, el terrorismo, la delincuencia, la minería informal, etc. ¿Por qué se actúa así?

La política es un escenario que requiere personas de carácter firme, ideas claras y vocación suicida, es decir, que no esté cuidando su imagen pública, que no tema enfrentarse a los grupos de poder, las mafias y los medios. No es precisamente lo que nos sobra en la política. Acá nadie quiere crearse problemas y mientras menos hagan mejor la pasan. Para colmo están infectados con la ideología barata de la izquierda angelical y su máxima hazaña consiste en ayudar a los pobres directamente. De la política solo se ocupan de administrar los problemas conviviendo con ellos y cambiándoles de nombres a las cosas como grandes hazañas. 

Luego de los radicales cambios del velascato que trastocaron los cimientos de nuestra sociedad, la economía y hasta de la cultura, porque los comunistas no dejaron nada sin meterle la mano, el país inició su declive imparable en todos los escenarios hasta llegar al caos de los 80. La siguiente gran época de cambios radicales fueron los 90, pero básicamente fueron cambios en el terreno económico. Todo lo demás se dejó igual, incluyendo la educación. En realidad quedaron muchas otras reformas pendientes. Nunca se terminó la reforma del Estado y los gobiernos que pasaron desde el 2000 padecieron el miedo a las reformas radicales, y prefirieron disfrutar en paz la época de bonanza asegurada por el esquema trazado en los 90.

Han transcurrido ya 20 años desde las últimas grandes reformas y es ya hora de hacer otras. No se puede tener un país más de 20 años sin acometer reformas radicales. Hoy el Estado ha vuelto a crecer en demasía. Si bien ya no tenemos las docenas de empresas públicas que eran focos infecciosos de corrupción e ineficacia, sangrando la economía del país, hoy el Estado está repleto de organismos públicos que consumen presupuestos enormes y se dedican a obstruir el dinamismo de la sociedad y la actividad empresarial, gracias a una maraña de regulaciones montadas con la fantasía del control del Estado.

Ya basta de crear ministerios rimbombantes y organismos floridos. Es tiempo de podar el Estado, eliminar y/o fusionar ministerios y otros organismos, simplificar drásticamente las regulaciones, reducir impuestos y dedicar todo lo ahorrado a mejorar las actividades básicas del Estado que son la seguridad nacional, la salud y la educación. Es la época de introducir reformas radicales en estos campos. No podemos seguir construyendo parques jurásicos, refinerías de petroleo sin tener petroleo, ni haciendo leyes a favor del clima cuando los hospitales están colapsados y la delincuencia amenaza nuestra existencia todos los días. No podemos exigir a las empresas que paguen al Estado 30% de su renta cuando ellas mismas deben ocuparse de su seguridad y encima pagar extorsiones.