miércoles, 25 de junio de 2014

Otro experimento en la seguridad


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

El principal problema del Perú no es por ahora la economía. Los fundamentos diseñados en los 90 funcionan muy bien todavía, pese a la maraña de regulaciones burocráticas que han ido apareciendo a lo largo de estos años. El principal problema hoy tampoco es el terrorismo de izquierdas en sus múltiples variantes, el cual fue eficazmente controlado. Nuestro principal problema hoy es la delincuencia. Para enfrentarlo hace falta lo mismo que se usó para enfrentar al terrorismo y la crisis económica: cojones. Nada más que eso, porque las soluciones las sabemos todos.

Por desgracia el gobierno de Ollanta Humala se distingue por todo menos por los cojones. Prometió de todo pero a la hora de los loros, siempre recula. Inició su gestión con el circo de la Comisión Nacional de Lucha Contra la Corrupción y la Inseguridad Ciudadana, o algo por el estilo, sentando en una mesa a varios personajes, y todo no pasó de show. Resultados cero. La delincuencia sigue imparable. Ahora un nuevo ministro aparece en escena y la plana mayor de opinólogos le ha dado la bienvenida a piñazos, sin esperar a ver su gestión. Así está la gente de aburrida.

Cambiar ministros en un sector tan complicado no es muy bueno, pero lo más curioso es que se cambien personajes tan disímiles. Acaba de salir un angelical abogado de DDHH que de seguridad no sabía ni la "A" y ahora entra un general dinamitero, lo cual hace pensar que el presidente no tiene siquiera idea de la clase de persona que requiere al frente del sector. ¿Sabrá lo que es nu perfil de puesto? Al menos el nuevo ministro Urresti ha empezado dando señales positivas: ha sacado a los policías a las calles a hacer operativos, que es lo que tienen que hacer siempre. Ojalá siga así.

Pero más que cambios de personas lo que se requiere es un cambio de mentalidad. No vamos a resolver nada con el mismo esquema burocrático de modificar leyes o hacer nuevas leyes para inventar nuevas tipificaciones y aumentar penas, crear prohibiciones y licencias absurdas. Eso nunca ha servido para nada. La gente está mal acostumbrada a creer que las cosas se arreglan con leyes, con prohibiciones y con licencias. Al hampa hay que perseguirla en las calles, ir a buscarla a sus guaridas, decomisar sus productos robados, cerrar sus mercados negros, acosarlos en cada esquina sin darles tregua, meterles bala sin miedo. No hay otra manera. 

Crear licencias estúpidas solo fastidia al ciudadano honesto que tiene que perder tiempo haciendo colas para poder tener lunas polarizadas en el auto o portar armas. Los delincuentes ni se intimidan por esas tonterías. Ellos roban las armas o se las alquilan a los propios policías, roban camionetas con las lunas polarizadas para cometer sus atracos. ¿A quién entonces fastidian con las licencias? Solo a la gente decente. Además de absurdas, las licencias crean un mercado para los policías corruptos. Y todavía están por crear una licencia para motociclistas. ¡Paren con esa estupidez! Al hampa no se le combate con tonterías burocráticas sino con acciones directas. Hay que ir a las calles a buscarlos, a detenerlos, a revisar sus autos y sus bolsillos. Eso es lo único que funciona.

Pero la lucha contra la delincuencia involucra a más de un sector. Supongamos que Urresti sea el iluminado que buscábamos en Interior. ¿Pero qué pasa en los penales? ¿Qué pasa en los juzgados, en las fiscalías? Para todo eso se necesita un liderazgo mayor. Ese es el que le corresponde al presidente. Por desgracia no parece que Ollanta Humala esté a la altura del reto.