lunes, 26 de mayo de 2014

Discusiones bizantinas


Escribe: Dante Bobadilla Ramírez

Se ha dicho varias veces que el debate (si se puede llamar así al griterío histérico, el bullying, la mofa, el insulto y la ola de agravios diversos que los sectores pro familia y homofóbicos realizan a diario) sobre la ley de Unión Civil navega en un mar de mentiras, prejuicios, ignorancia y falsos valores. Eso es cierto en muchos casos pero es más cierto que nunca en este caso. Además de eso, la discusión se ha corrido hacia otros tópicos que no tienen nada que ver con el asunto, como la naturaleza de la homosexualidad. 

¿Importa acaso que la homosexualidad sea una enfermedad? ¿Acaso los enfermos están impedidos de tener derechos? ¿Acaso no gozan más bien de mayor protección y asistencia especial por parte del Estado, al punto que algunos tienen una ley especial? 

¿Importa si la homosexualidad es genética? ¿No basta con que exista? Este punto de la discusión es el más aberrante porque lleva a una necesaria revisión científica del tema que muy pocos están en condición de dar y otros, de entender. Curiosamente los predicadores bíblicos pretenden tener mayor autoridad sobre este asunto. Para colmo, muchos profesionales tienen serios problemas para explicarlo con claridad y sencillez. 

"Dios los creó hombre y mujer" nos escupen en la cara los lunáticos de la fe. Es de suponer que los homosexuales no son una creación de Dios. Tal vez de Satanás, como he leído en un cartel de estos histéricos. Los más moderados nos hablan del "orden natural", refiriéndose al macho y la hembra. Revisemos este tópico, aunque reitero que este asunto no tienen nada que ver con reconocerle sus derechos a las parejas homosexuales. 

Podemos concordar en que la organización biológica derivó en la reproducción sexual, el cual consiste en dos sexos que al complementarse forman un nuevo ser. Pero la realidad no es tan maravillosa como quieren creerlo algunos. El proceso de formación de nuevos seres es tan complejo y delicado que a menudo acaba en un problema. A veces nacen pollos con dos cabezas, por ejemplo. Pero los más frecuentes son menos perceptibles. Tanto así que pasan como normalidad dentro de la variedad. 

Pasa igual en el desarrollo humano. La cuestión del sexo no viene totalmente determinada por los cromosomas. Eso es solo una etapa. Todavía tienen que ocurrir muchas cosas en el desarrollo embrionario y fetal para que nuestra estructura sexual quede definida, no solo con un órgano sexual sino con una estructura cerebral adecuada a dicho género biológico. Pero resulta que este proceso también tiene sus desajustes, de lo cual resultan una serie de variedades en el comportamiento sexual humano. 

Además de un órgano sexual, todo el organismo debe estar configurado con una serie de cualidades que garanticen un apropiado comportamiento sexual. Por ejemplo, existen estimulantes como feromonas u otros elementos atractivos. Los senos de la mujer no sirven solo para amamantar sino -principalmente- para atraer al sexo opuesto. Pero para que esto ocurra, tiene que haber algo en el cerebro masculino que lleve a sentirse atraído por esos senos. Una mujer sin senos prominentes no es una enferma. Un hombre que no se siente atraído por los senos femeninos tampoco. Es solo que ambos carecen de unos componentes de la sexualidad en el grado adecuado y esperado. 

La homosexualidad engloba a un grupo amplio de personas caracterizadas porque sus tendencias sexuales no son las esperadas en una relación convencional de hombre a mujer y viceversa. Pero también hay los que exhiben una conducta asexuada, ya sea porque carecen de la necesaria acción hormonal o actividad cerebral específica, o porque han inhibido conscientemente sus impulsos. Sin embargo, dentro de toda esa variedad, son los homosexuales los que han sufrido los mayores estigmas de parte de la sociedad, gracias a la cultura religiosa que los condena a través de la Biblia. 

Antes de la adopción del cristianismo, en la sociedad romana la sexualidad era totalmente diferente, sin ningún tipo de condena a la homosexualidad. Se experimentaba el sexo con total libertad. A partir de la dominación del cristianismo, el sexo se convirtió en una cuestión de fe reglamentada por la Iglesia y una fuente de pecado y de condenas. En ese sentido, no hemos cambiado mucho desde la Edad Media. 

Pero al margen de la naturaleza y causas de la homosexualidad, el hecho es que los homosexuales existen. Han existido siempre. Y siempre existirán. Conforman grupos humanos y conviven en parejas. ¿Debemos cerrar los ojos, ignorarlos o, peor aun, condenarlos? No lo creo. Basta de tonterías. Lo único que se está pidiendo es que el Estado le reconozca a las parejas homosexuales estables los mismos derechos que le reconoce a las otras, en lo que le sea aplicable. 

En los hechos esta ley solo beneficiará a un segmento muy reducido de la población, sin mayores repercusiones, pero el escándalo que ha motivado es mayúsculo. Y todo el show se basa en prejuicios religiosos. Reconocerle derechos a las parejas gay no afecta en nada la sacrosanta institución del matrimonio, que anda muy venida a menos hace tiempo. No afectará en lo más mínimo ese idílico concepto de familia que han sacado a pasear y han fotografiado a colores. Ni mucho menos hará peligrar a nuestra sociedad. Toda esta histeria social se basa en el enorme simbolismo cultural que la religión le ha otorgado al sexo, algo que ya el psicoanálisis había sacado a flote a principios del siglo pasado, pero también a la ridícula pretensión de las religiones de querer reglamentar la vida en base a creencias anacrónicas.