sábado, 1 de marzo de 2014

¿Es posible una derrota de la semántica izquierdista?


Por: Juan Carlos Vásquez Peña

Las últimas semanas de este, políticamente inquieto, verano austral nos ha traído, tanto a nivel local como en el barrio sudamericano una lección inolvidable de socialismo real, una lección que nos demuestra que, las izquierdas iberoamericanas, al ver como caía el Muro de Berlín y no poder soportarlo, decidieron actuar como aquellos soldados japoneses desperdigados en las microscópicas islas del Pacífico oriental, desconectados del mundo y la realidad, decididos a seguir peleando una lucha perdida y absurda sólo por un errado sentido del honor. Esta izquierda, al igual que aquel soldado japonés, ha decidido renunciar a la realidad y vivir en el mundo de la fantasía; y en este proceso se ha apropiado del lenguaje y lo ha retorcido a niveles inimaginables que se podría decir, sin temor a exagerar, que ha cometido un nuevo crimen, no sólo contra seres humanos, sino contra la lengua.

El ingenio socialista capaz de torcer el significado de las palabras para darle un significado totalmente opuesto al original no es nada nuevo. La “reingeniería” de la semántica del socialista de turno es tan vieja como Marx y Engels, y tuvo momentos de gran auge durante el nacimiento y expansión del imperialismo comunista soviético. Ya en esas épocas, autores como Orwell, que habían conocido al monstruo por dentro y quedaron espantados de lo que vieron, denunciaban en sus obras el ejercicio de cambiar la realidad a través de las palabras, que hacían con gran entusiasmo los comunistas y socialistas de la época. Tras unos años de confusión por la caída del Muro, los socialistas vuelven al ataque con bríos renovados para atacar a las personas y a la semántica. 

Este ataque frontal a la semántica y al sentido común, durante estas últimas semanas va desde: la alcaldesa y sus corifeos que se autocalifican de honestos e íntegros mientras esconden negociados y violentan la voluntad popular, organizaciones de DDHH que defienden la “democracia” venezolana y acusan (sin pruebas obviamente) a los manifestantes de ir armados, “Frentes Amplios” estrechos de miras y de ideas con comunicados que piden paz y a la vez acusan a los manifestantes de golpistas y fascistas, adjetivos que, por cierto, le caen como anillo al dedo a Maduro y sus esbirros. Representantes de la “cultura” que celebran un documental de la “verdad” del Baguazo, que oculta cínicamente que el 90% de muertos fueron policías desarmados y secuestrados. Un actorcillo ridículo que se dice acosado por un sacerdote pero con un argumento muy endeble en fechas y lugares; pseudoliberales “cristianos” que se dicen atacados cuando la prensa revela su poco ordenada vida personal y el nulo respeto a la ley que tienen; tiranos gobernantes que actúan como fascistas y acusan de lo mismo al pueblo que le hace frente… y así una retahíla de casos, cada uno más absurdo que el otro y siempre con los protagonistas diciendo cosas que supuestamente dicen defender pero que contradicen con su proceder.

Afortunadamente el caso venezolano ha terminado por ser un posible Waterloo a sus intentos de hacerse con el poder mediante el fracasado “Socialismo Siglo XXI”, al mostrarlos tal cual son. La reconstrucción de las palabras que usaban como fortaleza ideológica y arsenal fraseológico de ataque se está desmoronando ante una realidad que no deja indiferente a cualquiera con algo de cerebro. Es una gran noticia que la izquierda iberoamericana, se muestre ante el público mayoritario, desnuda y horrorosa como en realidad es, ante este parteaguas que es la crisis de Venezuela. Es deber de todos no olvidar estos momentos y encararlos sin miedo cuando en unos meses pidan el voto ciudadano, disfrazados una vez más y confiados en la clásica mala memoria de los pueblos.