jueves, 5 de septiembre de 2013

El lloriqueo de la izquierda mediática


Por: Martín Santiváñez

No deja de causar gracia la histeria colectiva que experimenta nuestra argolla caviar por estos días. Resulta que los comisarios de la decencia se rasgan las vestiduras porque la oferta hostil de La República para tomar el control de EPENSA ha fracasado estrepitosamente. Es hilarante comprobar cómo la hipocresía progresista curva la realidad en función a sus objetivos. Durante décadas, la izquierda ha ejercido orientalmente el monopolio de la academia y los medios de comunicación. Pero hoy, si alguien osa desafiar su posición dominante, el dragón argollero vomita fuego y desesperación.

Así, los revolucionarios frustrados que han ejercido una tiranía sobre la opinión pública peruana aspiran a seguir cortando el bacalao contra viento y marea. Revolcándose en el contubernio con los populistas que los financian y gruñéndole a un capital que rehúsa bancar sus aquelarres, los garantes del humalismo, mujeres y hombres del juramento en San Marcos, titiriteros de la incapacidad local, regional y estatal, farfullando argumentos alambicados teñidos de moralina sin sustento jurídico, pretenden frenar la libertad de empresa apelando al sermón hipócrita de siempre: la democracia solo cunde para nosotros y los derechos humanos deben traducirse en subvención.

Celebro que EPENSA se mantenga como el referente del centro-derecha. No nos engañemos. Ante la tibieza de la mayor parte de la prensa y el falso centrismo cainita que se disfraza de tecnocracia, EPENSA se ha transformado en la fortaleza que todos ambicionan, una especie de Masada inexpugnable que la izquierda argollera quiere capturar a como dé lugar, caiga quien caiga. EPENSA, claro está, continuará incólume, resistiendo los embates de la mediocridad, mientras rechace convertirse en una fábrica de diarios grises, en otro surtidor de gelatinas políticamente correctas, primorosamente empaquetadas para fomentar la ignorancia de los gobernados. Los periódicos son esenciales para el control y la calidad de las instituciones. Si queremos un Estado eficiente, urge fomentar la supervivencia de los diarios independientes y críticos, porque ellos son activos irremplazables que prestan un servicio patriótico de incalculable valor.