sábado, 15 de junio de 2013

Corruptos y traficantes de la moral


Por Dante Bobadilla Ramírez

La corrupción es parte de la política y de la propia sociedad en la mayor parte del mundo. Es un flagelo de la humanidad que siempre hay que estar combatiendo. En el Perú la corrupción política no es nueva. La República empieza con el fraude de los bonos de la independencia, sigue con el contrato Dreyfus, continua con los negociados de Henry Meigs y así una larga fila de escándalos hasta nuestros días. En el camino se hizo famosa la frase "roba pero hace obra" que se documenta desde principios del siglo pasado. Así que no podemos negar que la historia de la política peruana es, en parte, la historia de la corrupción.

Pero a estas alturas de nuestra historia hay una nueva especie de sabandijas que ha aparecido hace poco más de una década en la política peruana. Son los traficantes de la moral, sanguijuelas que usan una máscara ética y se disfrazan de luchadores contra la corrupción para hacer campaña alzando la espada de la moral. Son expertos en señalar a los corruptos, en condenarlos, acusarlos, juzgarlos una y otra vez hasta que el veredicto sea el que satisfaga a las muchedumbres histéricas. Pero mientras la atención pública está puesta en el circo de la justicia, el infame promotor del linchamiento aprovecha para cometer sus propios latrocinios sin que nadie se ocupe de él. No solo no se ocupan de él sino que, en pago por el circo y el gran negocio de la justicia, es encubierto por una casta de parásitos que medra en estas ejecuciones públicas.

Un vivo ejemplo de esta nueva especie de escoria humana es Alejandro Toledo. Vividor consuetudinario que logró treparse a la política luego de reptar por mil oficios y arrimarse a muchos personajes, hasta llegar a prestarse como agente de Vladimiro Montesinos. Su historia ya la hemos reseñado en un artículo anterior. Todos recordarán su repentina conversión de una campaña a otra cuando luego de alabar a Alberto Fujimori en el 2000 asegurando que él construiría el "segundo piso", de pronto en el 2001 se plegó al cargamontón antifujimorista. Aprovechó astutamente el momento para subirse al estrado y convertirse en el paladín de la lucha contra la corrupción. Como buen mago logró que el público se enfocara en la espada justiciera sin notar la extensa cola de rata que escondía por detrás. Así fue como Toledo llegó a Palacio.

Sus actos de gobierno lo pintaron de cuerpo entero pues nunca mostró ni decoro ni vergüenza. Para empezar se subió el sueldo astronómicamente convirtiéndose en el presidente mejor pagado de Latinoamérica. Iniciaba su trabajo a las 10:30 de la mañana, llegaba dos horas tarde a todas las reuniones, viajaba ostentosamente y vacacionaba en Punta Sal con demasiada frecuencia. Convirtió el avión presidencial en "avión parrandero". El escándalo de sus francachelas y líos de faldas atravesó las paredes de Palacio de Gobierno causando las iras constantes de su esposa, quien en una ocasión fugó histérica a las Islas de Pascua. Después de la reconciliación telefónica, el borrachín presidencial se llevó a todo su gabinete al aeropuerto para recibir a su histérica primera dama.

Mientras tanto, la imagen de Toledo como "luchador anticorrupción" se concentró en la vil tarea de perseguir a todos los funcionarios que trabajaron para el Estado peruano en el régimen de Fujimori, muchos de ellos inocentes y probos. Empezó con el montaje de la Comisión de la Verdad y Reconciliación entregada por completo a la izquierda. Al final la CVR nunca sirvió para ninguna verdad ni para la reconciliación, sino tan solo para el enriquecimiento de la caviarada. Fue un burdo intento de la izquierda para cubrir sus culpas y despretigiar a las FFAA colocándolas al mismo nivel de SL, además de asegurar la labor de las ONGs de DDHH. Más allá de eso Toledo no hizo nada bueno salvo buscar el TLC con EEUU. Tuvo suerte de que el precio de nuestros minerales empezara a subir astronómicamente en el mercado mundial, lo que le permitió mostrar cifras de crecimiento, pero gracias a las inversiones mineras que se hicieron en los 90.

Lo que nadie sospechaba era que el campeón de la lucha anticorrupción abría cuentas en el exterior, asesorado por la "cosa nostra" judía que lo rodeaba y protegía. Hoy se descubre que el movimiento de cuentas ligadas a Toledo se inicia en tales fechas. El escándalo de corrupción lo salpica directamente en el cacharro. Pero ¡oh sorpresa! La casta de "luchadores contra la corrupción" que hoy gobierna ¡le brinda protección! Ollanta Humala es otro de esos paladines de la lucha anticorrupción que salió de la nada y llegó a Palacio protegido por la caviarada y empujado por la izquierda. Los escándalos de Ollanta se ocultaron hábilmente, empezando por la mágica desaparición de su expediente militar y la compra descarada de los testigos de Madre Mía. Luego se minimizó el viaje de su hermanito a Rusia para negociar por cuenta del Estado. Estamos en un punto muerto sobre toda esa inmundicia porque los dos paladines anticorrupción se protegen mutuamente, mientras los traficantes de la moral que engordan en las ONGs caviares se ocupan solo de quienes odian.

Los peruanos debemos ser conscientes del nuevo panorama: los corruptos han asumido el rol de luchadores anticorrupción. Son como el carteristas que corren gritando "al ladrón, al ladrón". Estamos dominados por una casta caviar que ha monopolizado el rol de la lucha anticorrupción y convertido la justicia un gran negociado, además de instrumento político. Son expertos en resucitar casos de los años 80 cuando se les antoja y les conviene, alargar los procesos judiciales el tiempo que les viene en gana, montar psicosociales, formar comisiones, nombrar fiscales, elaborar expedientes, acusaciones y calumnias, siempre en una sola dirección. La caviarada ha convertido al fujimorismo (y ahora al aprismo) en símbolos de la corrupción para que nadie se fije en los demás ni en ellos mismos. Resulta que tanto Ollanta como Toledo están protegidos por un santo manto caviar. Y no digamos nada de la santísima alcaldesa de Lima. La caviarada no se cansa de gritar "¡al ladrón, al ladrón!".