sábado, 18 de mayo de 2013

La política como disciplina amoral y ligera





Por Felipe Cortijo Medina

¡Qué lástima me da ver las componendas a los que nos tienen acostumbrados algunos políticos!. Todo podía haber esperado de los “nacionalistas”, ya nada me sorprende de quienes se irguieron en un primer momento como adalides de la lucha contra la corrupción, gente como Otárola, Rimarachín, Espinoza, Chehade o el nuevo congresista Dammert, están cada uno inmersos en su laberinto de mezquindades y podredumbre usuales. Pero, Martin Belaunde Moreyra, no, esto va más allá de la simple audacia y habilidad de un viejo político apoyando lo que no debería apoyar, ¿qué oscuros arreglos bajo al mesa se han urdido para relajar su moral?.

Decía Federico Nietzsche, al final de su aforismo 203 en su “Más allá del bien y el mal”, hace más de 140 años, lo siguiente: “La degeneración global del hombre, hasta rebajarse a lo que hoy les parece a los cretinos y majaderos socialistas su Hombre del futuro, ¡su ideal!, esa degeneración y empequeñecimiento del hombre en completo animal de rebaño (o, como ellos dicen, en “hombre de la sociedad libre”), esa animalización del hombre hasta convertirse en animal enano dotado de igualdad de derechos y exigencias, son posibles, ¡no hay duda!. Quien ha pensado hasta el final esa posibilidad, conoce una náusea más que los demás hombres”.

Y en verdad da náuseas pensar en lo que nos estamos convirtiendo, una epidemia incontrolable del más vulgar socialismo nos agarra como una influenza tropical, ya nadie piensa en lo inconveniente que es para el país proteger a Alejandro Toledo, no sólo por su exagerada forma de vida privada, envuelto en mil y un escándalos, sino que damos señales inequívocas de que toda la política y los políticos son corruptos. Toledo representa al peor socialismo conocido hasta hoy, el caviarismo, ineficiente y torpe para gobernar, descarado y corrupto en su accionar, ¡y queremos blindarlo!.

No es esto lo que queremos heredar a nuestros hijos, acepto la pelea franca contra Humala, acepto los intentos de extender su poder más allá de su límite normal, aquí estamos con la opinión pública como oposición para estos devaneos, para eso debería estar también el Congreso, quienes nos representan, y aceptamos su inoperancia cómplice. Pero lo que nunca aceptaré es y será esa decadencia a la que llegan algunos apellidos ilustres, ¡el sobrino de un Belaúnde apañando la podredumbre!.

Terminaré citando nuevamente al viejo filósofo que en los albores del siglo XX murió dejando el legado de su lucha contra esa mediocridad de la decadencia, que ya se iniciaba, y que hoy amenaza con enterrarnos a todos en su fango: “La honestidad, suponiendo que ella sea nuestra virtud, de la cual no podemos desprendernos nosotros los espíritus libres, bien, nosotros queremos laborar en ella con toda malicia y con todo amor y no cansarnos de “perfeccionarnos” en nuestra virtud, que es la única que nos ha quedado: ¡que alguna vez su brillo se extienda, cual una dorada, azul, sarcástica luz de atardecer, sobre esta cultura envejecida y sobre su obtusa y sombría seriedad!. Y si, a pesar de todo, algún día nuestra honestidad se cansase y suspirase y estirase los miembros y nos considerase demasiado duros y quisiera ser tratada mejor, de un modo más ligero, más delicado, cual un vicio agradable: ¡permanezcamos duros, nosotros los últimos estoicos!”.